Viajar me cambia

Quien dice que la gente nunca cambia, miente. Si bien es cierto que a través del tiempo nuestra esencia puede permanecer intacta, los seres humanos somos producto de una evolución, un aprendizaje continuo y una recolección de experiencias que nos ayudan a modelar nuestra persona. Quien no evoluciona está muerto. En mi caso personal, cada vez que viajo y visito un nuevo lugar, experimento estos cambios en forma más intensa y radical y a mi regreso, siempre intento adaptarlos a mi vida diaria.

Antes de continuar debo hacer una confesión: nunca he viajado sola. Me he subido sola al avión pero al llegar siempre ha habido alguien esperando. Dicen que viajar solo es algo que hay que hacer al menos una vez en la vida y estoy esperando mi oportunidad, sin embargo creo que soy el tipo de persona que disfruta mucho compartiendo momentos y descubrimientos con alguien más y hasta el momento me ha funcionado muy bien.

Recuerdo desde chica los viajes que hacía con mi mamá y mis tías que no desperdiciaban vacaciones para llevarme a Disneylandia, Nueva York, San Francisco, Canadá… Desde que tengo memoria, cada verano era un lugar diferente. A veces, como en Disneylandia, la diversión no paraba hasta el momento en que terminaban los fuegos artificiales del parque y yo colapsaba automáticamente en los brazos de alguna de ellas. A veces era más cultural, como en Nueva York, ciudad en la cual aprendí a amar los museos y de donde nunca olvidaré a Gus, el oso polar con OCD del zoológico de Central Park (que en paz descanse). Nunca olvidaré la primera vez que vi un Pollock en persona en el MOMA de San Francisco ni los increíbles dioramas de animales en el Smithsonian. O la vez que mi primo nos llevó de sorpresa a ver un partido de basquetbol o la primera vez que vi un musical de Broadway (Le Mis y me quedé dormida). En fin, ustedes entienden la idea: imposible no cambiar mi visión de la vida creciendo de esta manera. Imposible permanecer inmutable. Cada viaje es un aprendizaje y cada vez que regresaba a casa siempre quería más.

A los 20 años hice el que quizás sea el viaje más importante de mi vida hasta ahora, cuando decidí hacer un semestre de intercambio en Italia. Era la primera vez que salía del continente americano, la primera vez que no hablaba el idioma y la primera vez que viviría sola y sería responsable de mi propia supervivencia. Vivir en un lugar en el que las reglas cambian, las porciones de comida son más pequeñas y el sistema de transporte público funciona bien, es una experiencia que aunque no quieras, te saca de tu zona de confort y te enfrenta a una situación completamente nueva y desconocida. Tuve que aprender a vivir en estas nuevas condiciones y en esos meses adquirí nuevas costumbres y procesos de vida que hasta hoy forman parte de mi rutina. Obtuve una nueva perspectiva sobre muchas cosas que nunca me había cuestionado (¿por qué los mexicanos decimos ‘salud’ cada vez que alguien estornuda? ¿Acaso la vida del estornudador se verá afectada si no lo hacemos?) o que me parecían simplemente normales (uno no puede emitir los mismos juicios después de sentarse a fumar una shisha junto a dos mujeres cubiertas por burkas).

Pero lo cierto es que al final, siempre regreso a casa. Pero regreso siempre un poco distinta. Los primeros días es más obvio: no acepto un café que no esté preparado en la moka o me rehuso a tomar una cerveza que no esté en la lista preparada por mis amigas en el viaje a Alemania y aunque poco a poco con el tiempo empiezo a ser más flexible con estas condiciones superficiales, siempre hay un cambio intrínseco que va mucho más allá en mi forma de pensar y de vivir la vida. Pequeños destellos que me recuerdan que viajé, conocí y aprendí.

Y ustedes, ¿alguna vez han hecho un viaje que les haya cambiado la vida?

 

Su servidora, en pleno cambio.

Su servidora, en pleno cambio.

@pichikamonster

¿Destinada a la desgracia?

Recuerdo perfecto que por ahí de la primera semana de clases en la universidad, uno de los profesores nos preguntó si estábamos seguros de querer estudiar esta carrera, ya que de acuerdo a las estadísticas era una de las profesiones con mayor porcentaje de divorcios o de solteros en México. La explicación vino después acompañada de un tono condescendiente: “porque claro, cuando uno se decide por el camino de la diplomacia, se requiere viajar mucho o estar lejos de su país de nacimiento y no hay persona, más bien dicho mujer, que aguante eso, finalmente la familia es lo más importante.”

No recuerdo que nadie hiciera algún comentario sobre el argumento recién descrito, lo que sí recuerdo es que en la generación éramos mayoría mujeres y me da tristeza el pensar que nadie de nosotras pudiéramos decir algo al respecto. De todos los que nos graduamos hace un tiempo, somos realmente pocos los que nos dedicamos a trabajar o a estudiar algo en el campo de relaciones internacionales, ciencia política o diplomacia. Creo, hasta donde sé, que solo 2 personas se han casado y también trabajan en algo relacionado con nuestra carrera y no, las mujeres no tienen ningún problema con ello. En realidad ellas son muy exitosas y una de ella ya es mamá de dos bellos niños.

Hace una semana platicaba con una amiga alemana que también terminará su maestría este año, le conté sobre este incidente ya que salió el tema de género en alguna clase (ya escribiré después de ese tema también) y después de reír un poco me contestó: “Aquí en Alemania, también nos dicen eso, y no sólo eso, sino que estamos predestinados a ser alcohólicos o al suicidio”.

La verdad es que aunque el futuro no es alentador (y dudo mucho que ésta sea la única profesión en la que las estadísticas nos cuentan el camino a la perdición al que podemos llegar) lo que me sorprendió fue que me hiciera la pregunta que nosotras debimos de haber hecho el día que nos sucedió “¿Qué tiene que ver el género en todo esto? ¿Por qué decir que no hay mujer que aguante eso?” La respuesta, aparentemente, puede ser muy sencilla, porque la mujer es la que se encarga de llevar a los hijos en su vientre por 9 meses, cuidarlos y darles de comer hasta un tiempo considerable y .. ¿y luego qué?

Es evidente, que la línea de pensamiento entonces nos lleva a decir, claro porque entonces si el esposo o pareja trabaja en el medio diplomático, político o algo similar, nunca va a estar en la casa para estar con la mujer y su hijo recién nacido y eso no lo aguantaría ella ¿y… es así? ¿realmente no lo aguantaría? ¿qué pasaría si fuera al revés y la mujer es la diplomática? ¿no es capaz de formar una familia porque no tiene tiempo para ello? ¿está entonces destinada a la soledad y ahora resulta hasta al alcoholismo?

Nos encontramos ahora en una sociedad que aboga por la igualdad de géneros, que entonces me hace pensar que me puedo dedicar libremente a ejercer mi profesión, que aunque esté maldecida por las peores desgracias de la humanidad, me encanta. Además puedo estar segura de tener el apoyo de un hombre que pueda entender que quizá tenga que viajar y dedicar mucho tiempo a proyectos y reuniones laborales. También que en el momento en el que decidiéramos tener hijos, él también tendría que contribuir y no sería enteramente yo la encargada de su cuidado, en otras palabras, yo no tendría por qué abandonarlo todo, y para esos efectos, él tampoco. ¿Verdad que es así? ¿¡Verdad que sí!?

Como yo lo veo, tenemos unos conceptos de libertad e igualdad distorsionados, y tristemente sé de más casos de mujeres que tienen que ‘sacrificar’ sus objetivos porque a su pareja no les pareció (sí, sí pasa, aún en pleno 2014). No es cuestión de qué profesión ejerzas, tampoco es cuestión del trabajo que tengas o de la personalidad que tengas (porque ya los escuché diciendo que eso pasa por ser ‘workaholic’). Tampoco se trata de decir que pobres de nosotras mujeres porque siempre somos las víctimas y ahora los hombres deben estar todo el día en la casa. No, no va por ahí.

Es más simple que eso y a la vez resulta muy complicado de llevar a cabo. Es tener el simple entendimiento que tanto hombres como mujeres podemos seguir con nuestros sueños y objetivos, que ambos podemos hacer sacrificios y ambos podemos trabajar porque las cosas sucedan como debieran de ser. Es ir un poco más allá de decir que debemos dejar de ver que las labores del hogar son solo para las mujeres y que los hombres son los que deben de trabajar más. Por fortuna, creo que eso ya lo estamos entendiendo.

Quizá yo esté destinada a divorciarme de mi primer esposo porque no entiendo cómo funciona la situación con las profesiones y los géneros. Es más, quizá ni llegue a casarme porque ‘estoy tan ocupada con mi trabajo que no tengo tiempo para nada más’ (ya me la han aplicado, no se crean). Aunque lo quisiera, no sé leer el futuro y no sé cómo vaya a ser mi vida a detalle. Lo que sí sé es qué es lo que quiero, y quisiera eso que decía arriba, una vida en pareja en la que nadie tenga que sacrificar más de la cuenta, porque estoy consciente que sacrificios tiene que haber, solo que no sea por cuestión de género.

¿O estoy mal yo?

@labruja_cosmica