Preguntas sin respuesta.

Acabo de cumplir 27 años. Quisiera decir que no tuve una de esas tan famosas crisis, pero ¿para qué negar la realidad? Tuve y tengo una crisis. Pero ésta no tiene nada que ver con cumplir años y acercarme a los ‘temidos’ 30 años. En realidad, eso es lo que menos me preocupa. Siempre he creído que la edad es un número más…

Cumplí 27 en un ambiente distinto al que estoy acostumbrada, aunque no es la primera vez que festejo mi cumpleaños lejos de casa y lejos de mi familia y amigos, es la primera vez que lo sentí completamente distinto. Basta con decir que ahora en mi momento estelar cuando perdí los cinco sentidos que normalmente me acompañan, me sale más fácil hablar alemán que ser cómica en español. Así de distinta es la cosa.

Como es mi mala costumbre, festejé desde el primer día del mes de julio hasta el último momento del mes. Esto solo me trajo una bancarrota anunciada, pocas energías de querer hacer algo más (prueba de que la edad no sólo es un número, ya sé…), muchas dudas, muchas más preocupaciones y millones de ganas de correr hacia otro lado para que el tiempo no me alcance.

En fin, ayer, después de un largo período de meditación, llegué a la conclusión de que tengo un síndrome al que denominé: el síndrome del metro en hora pico. Mientras todos empujan porque quieren entrar, yo me muero por salir. Ahora lo trataré de explicar para ver si ustedes, queridos lectores, también lo han sentido o lo sienten en este momento.

Lo cierto es que entrar al fabuloso grupo rockero de los 27 años me trajo un poco más que una recuperación dolorosa de más de un día por una cruda endemoniada. Me trajo saldo rojo en mis tarjetas, ojeras que ya no se pueden difuminar y una presión enorme por terminar lo que irresponsablemente dejé al final. El día de hoy, dos semanas después de mi cumpleaños, me encuentro a poco menos de dos meses de terminar mi maestría, con tesis y todo incluido (¿quién dijo miedo?). En ese período tengo planes, muchos. Quiero hacer mil cosas porque ahora lo siento como una bomba de tiempo que está a punto de estallar en mis manos ¿por qué? Porque quiero regresar a México. Probablemente sea la única persona que sí quiere regresar a su país después de probar los vicios y beneficios de la cultura europea, no lo sé, quizá exagero también.

No sólo estoy presionada por hacer una tesis que más allá de emocionarme, me quita el sueño. Apenas llevaba tres meses de vuelta en la escuela cuando decidí que lo mío no es estudiar y que realmente no lo quiero hacer más. Pero bueno, ya estaba aquí, así que mejor acabar bien lo que ya había empezado… Por lo menos eso sé que se acaba ya y podré continuar con mi vida sin más tesis o ensayos que hacer.

Me encuentro, además, entre la maldita y odiosa pregunta que nos acosa desde que tenemos, creo, doce o trece años. Esa pregunta que cuando ves a tus tíos y te dicen ‘ay mijita, qué grande estás.. ¿ya sabes qué vas a estudiar?’ Lo bueno que nuestro sistema educativo no nos hace prepararnos desde que tenemos 7 con esa decisión, como algunos otros europeos que he conocido. Lo cierto es que ya estoy en el punto en el que ‘ya soy grande’ y de todos modos sigo sin saber qué voy a hacer de mi vida.

Cuando era niña pequeña pensaba que a los 20 ya sería una embajadora súper exitosa que habría viajado por todo el mundo y hablaría mil idiomas. Pues estoy 7 años tarde y ni embajadora rica ni mil idiomas. Ya no puedo pensar ‘¿qué quiero ser de grande?’ Porque ¡oh sorpresa, ya soy grande! Estoy segura que no necesité venir hasta el otro lado del océano para darme cuenta de eso, simplemente la situación y circunstancia lo agravó.

A sólo unos meses de terminar el proyecto que inicié hace un poco más de dos años. Me encuentro en mi departamento compartido, lleno de fotos de lugares y personas que he tenido oportunidad de conocer y algunos otros rostros que me esperan ansiosos en México. Estoy rodeada de libros en un idioma que adoro pero que es tan lejano al mío que a veces me pregunto si ese accidente en las escaleras cuando tenía 6 años en realidad logró que perdiera la poca cordura que me quedaba. Veo ropa y zapatos que se multiplicaron y que no sé cómo haré para devolver. Probablemente meta todo en una bolsa y los aviente por ahí… (ok, quizá los regale eso es lo políticamente correcto, pero entendieron la gravedad de la situación).

Sí, muero de ganas de volver a México. Sentarme a comer un platote de pozole, ir por unos tacos a las tres de la mañana y escuchar mariachi de vez en cuando sin que me cuelguen un estereotipo que los obligue a preguntar por mi sombrero. También es cierto que muero de miedo de volver. No, no voy a hablar de la inseguridad del país y esas cosas tristes. Me da miedo volver y enfrentarme a ese monstruo que conocemos como Ciudad de México. Entiéndanme, llevo viviendo exiliada en un pueblo bicicletero desde hace más de un año, siento que a la primera de cambio un taxista me va a aplastar porque olvidé que ahí no hay preferencia por el peatón.

Pero más allá de eso, siento miedo terrible porque regreso endeudada sin trabajo. Sin ninguna idea de lo que quiero hacer y sin ningún trazo de dónde es que debo buscar primero por esa misma razón. No sé a quién preguntar ni a quién dirigirme. Regreso a México un poco más sabia pero mucho más pobre que cuando me fui. En números rojos, con deudas, pero eso sí, con mucha emoción de tragar toda la deliciosa comida prometida.

Reviso mis redes sociales a diario, para encontrarme con la sorpresa que más de la mitad de mis conocidos están viniendo a Europa a estudiar, con vistas de quedarse quizá. Todos me mandan mails preguntando cómo le hice, qué se siente, qué quiero hacer, qué consejos les doy (también hay otros chismosos que les interesa saber por qué no he conseguido marido…) y lo más importante ¡¿por qué te quieres regresar?!

Así es, mientras yo, a mis 27 no tengo idea de qué quiero hacer de mi vida, ni cómo hacerle para saber. Desempleada, con un título, otro idioma más a la lista y sin dinero en la bolsa, empujo contra toda esa presión social que insiste en empujarme al lado contrario. Quizá, como de costumbre, sea yo la loca que quiere hacer exactamente lo contrario a lo que todo mundo dice que debe de ser, quizá no, quizá haya más por el mundo como yo y pocos lo expresan.

Al final, mi crisis ya no sé si es por tener 27 o no, voy a pretender que no es así y que simplemente es porque me enfrento a esa maldita pregunta ‘¿y ahora, qué hago?

@labruja_cosmica

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2 comentarios en “Preguntas sin respuesta.

  1. Me vi reflejada en tu post. No eres la única, creo que eres sincera y ya. Alguna vez un amigo me dijo algo muy sabio: al ir sin rumbo, paradójicamente vas trazando tu propio rumbo. Al final estas crisis nos hacen crecen y encontrar nuestra verdadera meta y si nos equivocamos, se vale volver a empezar. Recuerda que a pesar de los número rojos, aún no tenemos una responsabilidad mayor como hijos o pagar una casa. Disfrutemos del proceso y creo que las cosas llegan y mira que sigo desempleada pero con mucha esperanza en que todo saldrá bien!!! Un abrazo y feliz regreso.

    PD: entiendo lo de la comida, una semana y ya subí como dos kilos jaja

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  2. ¡Muchas gracias por leer y comentar Mariana! Efectivamente, he recibido comentarios de otras personas que están en el mismo dilema existencial en el que nos encontramos. Creo que, efectivamente, vamos trazando camino aún sin saber hacia dónde nos dirigimos, porque al final ¿no es así la vida? No saber hacia dónde vamos es parte del encanto, supongo. Simplemente me parece que a veces no lo vemos así y nos quedamos con ese sentimiento de incertidumbre. Todo depende de perspectiva, creo.
    Y sí, aún no hay TANTA responsabilidad, eso me tranquiliza un poco jaja Espero que te vaya muy bien ahora que estás en nuestro querido país.
    ¡Gracias de nuevo por tu comentario!
    P.D ya sé, yo también siento que rodaré cuando regrese de tanto que quiero comer allá jajaja

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