No soy una sombra.

Hace algunos años, tuve un amigo que afirmaba que la razón por la cual la mayoría de las mujeres terminaban solas era por ser feministas. El día que me lo dijo, sabía que de una manera sutil me ‘recomendaba’ no serlo. En ese momento, no me di cuenta de todo el trasfondo de este comentario y mi reacción fue, como siempre, pasivo agresiva.

No planeo dar toda una explicación sobre el feminismo y el machismo en culturas como la nuestra, tampoco hablaré de todas aquellas cosas que hoy no deberían existir pero que existen. Creo que ya hay demasiados artículos y comentarios al respecto como para que los llene de uno más. Por el contrario, hoy les quiero contar lo que me sucedió el primer día que tuve una reunión con mis compañeras de maestría y que me puse un Al-Amira (o como la mayoría de las personas lo conocen: Burka). Ese día cambió por completo mi percepción de feminismo.

Durante mi universidad, tomé algunos cursos que me acercaron un poco a Medio Oriente y un poco a las distintas religiones que existen en nuestro planeta. En México, jamás me encontré con alguna mujer que cubriera su cabello y en realidad podía delimitar- tristemente- dos tipos de Burka, la que cubre el cuerpo completo y la que no. Así de malo era mi conocimiento sobre todo este mundo tan lejano al mío. Sabiendo que no era toda una erudita en el tema, me dediqué a investigar un poco antes de cometer algún error todavía más vergonzoso.

Al llegar a Alemania, tuve la oportunidad de conocer a muchísimas personas de todas partes del mundo. Durante mi curso de alemán conviví con hombres y mujeres musulmanes y budistas que en las conversaciones del día a día, me daban un vistazo de su perspectiva. En algún momento, me topé con una persona de un país de África, la cual, al contar su historia de vida no pude más que pensar ‘qué sociedad tan machista’.

Nunca lo dije en voz alta y quizá me hubiera podido quedar con esa imagen de por vida, si no fuera porque unos días después conversé con un mexicano que conocí en un parque y, para mi sorpresa, la visión era un poco similar a la de esta persona africana. La concepción que podemos tener sobre un término  está ligado a nuestras experiencias, a nuestra historia y religión y a nuestra cultura. Eso no había más que aclararlo.

Los meses pasaron rápidamente y yo aún inmersa en mi perspectiva occidental, comencé mi maestría. En este momento, creo que es pertinente aclarar que de mi grupo de maestría yo era la única persona del continente americano y me contaba entre las 4 personas no musulmanas o budistas del grupo. Las pocas materias en las que mi grupo coincidía con otro grupo de alemanes trascendían sin mayor detalle. Y por el contrario, en las clases en las que sólo estábamos nosotros me parecían fascinantes.

Las conversaciones dentro del salón de clases eran tan distintas a las que estaba acostumbrada. Me sorprendía escuchar sus relatos de guerra, refugiados, pobreza y educación. Todos siempre hablaban de sus países con un amor desmedido y contaban las historias a detalle, como si jamás nadie las hubiera contado. En más de una ocasión lo que más me sorprendió fue el hecho de que aún dentro de tantas cosas negativas, aún conservaban la fuerza para ser positivos y decir comentarios buenos con una sonrisa en los labios y lo más importante, sin sarcasmo. Más de una vez tuve que pensar lo que debía decir, porque mi costumbre mexicana me metía el pie cada que alguien preguntaba por el gobierno o por la delincuencia. Aprendí a no ser sarcástica y por el contrario, buscar lo positivo y negativo del problema.

No voy a mentir, me costaba mucho trabajo juntarme con ellos y raramente lo hacía. No porque me aburriera o porque no quisiera escuchar lo que podrían contarme, sino porque muchas veces me costaba trabajo acostumbrarme a salir solo niñas a hablar sobre cuestiones culinarias y hogareñas. Los que me conocen bien saben que ese no es mi fuerte, y para mi lado ‘feminista occidental’ eso hacía corto circuito. Sin embargo, lo hice y no me arrepentí de cambiar noches de cerveza, por tardes de té y henna.

Llegó el Ramadán y con ello, una soledad anunciada en las clases y reuniones fuera de la escuela. Las conversaciones se limitaban a un mensaje al celular o en el muro de Facebook. El calor y los días tan largos suponían una amenaza a mis compañeros que debían pasar desde las 3 de la mañana hasta las 10 de la noche sin comer ni beber. Sin embargo, un buen día me llegó una invitación a casa de una de mis compañeras, ¡me invitaban a un ‘Iftar’!, lo cual se refiere al momento en el que los musulmanes rompen su ayuno al caer el sol.

Aprendí tantas cosas esa noche entre niñas como antes nunca lo había hecho ni imaginado. Probé comida deliciosa y aprendí también que les encanta el agua de jamaica para después de comer y antes del café o del té. Por primera vez en muchos meses vi el cabello largo y oscuro de mi amiga, el cual siempre lo oculta debajo de bellos pedazos de tela que combina a la perfección con su ropa día a día.

Esperamos un tiempo hasta que su aplicación le indicaba la hora exacta en la que podía romper el ayuno. La alarma de la aplicación sonaba como el típico llamado a rezo que se escucha en las ciudades musulmanas, para mí, por supuesto, todo era nuevo. Pasaron una a una a la habitación de mi amiga a rezar de manera individual; fue entonces cuando una chica alemana preguntó si podía entrar para ver cómo rezaban.

En lo personal, me dio mucha curiosidad, pero no dije nada, pues asumí que era un momento personal y que en realidad esas cosas no son como acostumbramos al ser turistas, para ir y tomar cuanta foto podamos. La respuesta no se hizo esperar, y aunque no fue directa, se daba a entender que ese no sería el lugar para hablar de eso o referirnos a temas religiosos.

Mientras comíamos hablábamos sobre todo y sobre nada, se hacían chistes sobre la escuela y sobre la temida tesis, la cual nos comenzaba a atormentar. De pronto, una de las chicas contaba cómo había viajado unas semanas de vacaciones a Egipto y se ‘había enfrentado’ a un chico que la miraba desde el otro lado de la calle. Ella al notarlo, se había acercado y le había dicho ‘¿te debo algo?’ y entre risas se había ido.

El comentario causó revuelo entre las demás asistentes de la cena. Comentarios como ‘qué valentía’ y ‘¿te regresaste a disculpar?’ no se hicieron esperar, mientras yo pregunté sobre la reacción del chico en cuestión.Por un momento no sabía qué había dicho mal, todas me miraron sorprendidas, salvo la chica alemana quién a la vez me miraba a mí confundida.

Tardamos unos cuantos minutos en entender que en realidad no nos debía de importar la respuesta del chico, pues la importancia radicaba en la valentía no permitida de una mujer de dirigirse de esa manera hacia un hombre desconocido. Una de ellas me dijo textual: ‘si yo hubiera hecho eso, seguro me cortan la mano, bueno… quizá no, pero sí me encierran unos días. Mi hermano, hubiera tenido que ir a disculparse y yo, bueno, sería la desgracia de la familia.’

Para no hacerles el cuento largo, la conversación derivó a la manera en la que ellas, como mujeres musulmanas, debían dirigirse en su día a día hacia la sociedad. Cómo vivían, sus costumbres y sus perspectivas al respecto. La noción de ser mujer es lo más importante dentro de sus culturas, ya que ellas son las dadoras de vida,por lo cual los hombres deben de protegerlas. Aunque en teoría los hombres y las mujeres son iguales ante los ojos del Corán, en la realidad las cosas son muy distintas, pues los hombres son los proveedores de bienestar y dada su condición de superioridad las deben de proteger. Todo esto se debe entender que sucede en lugares como Afganistán, Pakistán, Palestina o Egipto, pues es completamente diferente en Arabia Saudita, por ejemplo.

Me contaron, por ejemplo, cómo al regreso a sus países estarían esperando la lista de pretendientes que sus padres han armado en este período para que ellas comiencen su ronda de presentaciones para al final casarse. Para todas es algo normal, algo que les ilusiona y que esperan ansiosas para poder cocinarle algo rico después del trabajo. No les parece malo pues como me dijeron ‘¿Quién te conoce mejor en este mundo que tus padres? Confiamos en que ellos decidan a alguien que nos merecemos.’En realidad les preocupa que no funcione su matrimonio pues ‘a los hombres no les gusta tener competencia en la casa’, me dijeron refiriéndose a tener una mujer con una carrera exitosa ¿qué eso no podría pasarnos a nosotras también? Lo que les asusta es que al final no puedan quererse ¿pero que eso no nos pasa hasta a las que no nos arreglan el matrimonio?

Me cuentan cómo sus hermanos mayores, primos o dado el caso el esposo (y si no tienen, el papá es el elegido) son las que deben protegerlas, ellas no pueden enfrentarse o contestarle de la manera en la que estamos acostumbradas en México a un hombre que decide decir un piropo mal intencionado en la calle. Pese a que yo hubiera pensado distinto, ellas están cómodas con ello porque así han crecido y de todos modos ‘no les interesa contestarles’ (Y aún así, todas se emocionaron cuando la chica le contestó al otro chico en Egipto…).

Antes de terminar, les pregunté cómo se sentían con el hecho de tener que cubrir su cuerpo, pues es algo que ha llamado mucho mi atención. En algunos países musulmanes es obligatorio que las mujeres cubran su cabello, su cuerpo y su rostro. Ello depende de cada país, de la edad de cada mujer y si se encuentra casada, de la decisión de su esposo. La primera vez que yo vi personalmente a un grupo de mujeres utilizando una Burka, fue durante mi visita a Bonn, la antigua capital alemana. Cuando las vi pasar fue un gran shock para mí, aunque había visto fotos, definitivamente en vivo es otra experiencia. En ese momento llegué a pensar fue ‘es que quieren que sean unas sombras, que no existen’. Les comenté incluso de esa imagen que se alguna vez me encontré en las redes sociales:

Ellas entre risas me comentan lo evidente, todo depende de cómo lo veas. Para ellas les parece innecesario tener que encuerarse para sentirse libres y en realidad hay mujeres que se sienten libres aún a pesar de estar cubiertas totalmente, todo depende de su situación. Pero no se trata de estigmatizar a la religión o a la cultura, cuando muchas veces es la decisión de una mujer a traer una prenda que la cubra por completo.

Para mi compañera afgana, fue muy fácil llegar a Alemania y dejar de utilizar su Shayla, pero a la vez muy complicado explicar a sus conocidos en Facebook porqué en las fotos aparecía sin ella. Me explicó que su familia en realidad no es muy conservadora, sin embargo al salir de casa y de la oficina, ella debía cubrir su cabello, pero para las demás personas más religiosas es complicado explicar por qué fuera de Afganistán ella decide no utilizarla.

Mi compañera de Egipto me comentó que en su país es todo distinto, es el ‘desmadroso’ de la zona y en realidad no te obligan a usarlo. Solamente al entrar a templos o lugares con mucha gente, pues aún hay gente muy extremista a la que no les gusta tanta libertad. Ella lo hace de vez en cuando, pues le parece un accesorio lindo y femenino.

Mi compañera Palestina, por ejemplo, decide utilizar su Al-Almira todos los días desde que cumplió 15 años aún sin estar en su país. A ella no le causa un problema y por el contrario, lo ve como una muestra de respeto hacia su cuerpo y su persona. Me dijo: ‘la primera vez que te ves con uno puesto, en realidad te comienzas a ver a ti misma, más allá del maquillaje o de la ropa o de cómo decidas peinarte, porque el valor de una mujer va más allá de eso’.

Sin más, se levantó y volvió con unos pedazos de tela. Me enseñó a recogerme el cabello para que no me estorbara en el momento de usarlo, me enseñó a ponerme cada una de las partes de su Al-Almira, (para cuando vaya a visitarla) y finalmente, me enseñó a mirarme distinta en el espejo. Es una sensación extraña y a la vez tranquilizante, es mirarte más allá de lo que estás acostumbrada. Tu autoconfianza sale a relucir en esos momentos en los que nada más importa, de pronto, el peso de tus reacciones son mucho más grandes que cualquier otra prenda o estilo de maquillaje. Definitivamente, no eres una sombra aunque cubras tu cabello, sino todo lo contrario, buscas la manera de lucir más.

No podría decir que entiendo a la perfección su religión o su cultura. Tampoco si es correcto o no cubrir tu cuerpo entero y permanecer como tantas mujeres permanecen sumisas detrás de su esposo. La realidad es que entre el tiempo pasó y pude conversar más con ellas, me di cuenta que los problemas de género que podemos tener en occidente también los tienen en oriente.

¿Es que acaso no somos encasilladas a no vestir vestidos cortos para no parecer mujeres ‘fáciles’? O peor ¿tener que utilizar uno para conseguir cosas? Quizá no llegamos a que nos arreglen el matrimonio pero finalmente aún hay partes conservadoras en las que sino te casas o formas una familia en realidad no existes como mujer. También hay violencia de género en donde la mujer no puede levantar su voz contra el hombre que la maltrata psicológica o verbalmente, pues es menospreciada o maltratada. ¿En qué medida en nuestra sociedad también tratamos a las mujeres como si solo fueran una sombra?

Aquí les dejo una guía para entender un poco más los distintos tipos de cubierta utilizadas por mujeres musulmanas.

Espero sus comentarios y opiniones respecto al tema.

@labruja_cosmica