Reflexiones de una nómada.

Han pasado cinco meses desde que volví a suelo Azteca y aún hay un montón de cosas a las que mi mente no se acostumbra o al menos pelea para no acostumbrarse. Me dicen que es normal.

Lo cierto, es que estos días me ha dado por pensar qué tenemos en común todas aquellas personas que decidimos dejar nuestra zona de confort y que buscamos salir de nuestra casa por más de seis meses y establecernos en otro país. Aún no encontré una respuesta clara pero les quiero compartir mis pensamientos. Y como en la mayoría de las cosas, las generalizaciones están a la orden del día y no me gustaría caer en ellas. Hablaré desde mi trinchera, desde mi propia experiencia y sobre lo que conozco y sé. Sobra decir que están más que invitados a compartirme su propio sentir y pensar al tema.

Hace unos días, platicaba con un chico que conocí en un bar en la Ciudad de México. Él vivió en Ucrania más de 5 años, después se mudó a Alemania y de ahí a no sé dónde. El caso es que ha estado más tiempo en el extranjero que en México. Me contaba sobre sus aventuras con el hielo, con los idiomas, con la nieve, con la gente, con las barreras culturales. Y al final, me dijo algo que creo que fue lo que me hizo pensar en este tema: “En este año que llevo en México, no he dejado algunas costumbres que he traído de otro lado y eso me ha hecho chocar con la gente a mi alrededor. He entendido y recordado las costumbres mexicanas, pero lo más importante es que me he percatado que tan difícil es reintegrarte a la vida que dejaste, según tú, en pausa.”

Es cierto, la vida nunca se queda en pausa, la vida no espera por nadie.

Le contaba cómo antes yo no usaba Facebook para muchas cosas, y a raíz de que me fui, era la manera en la que yo compartía mis vivencias con mi familia (que los demás en la lista se vieran afectados, fue un efecto colateral). Y al mismo tiempo, cree una barrera con personas con las que hablaba algunas veces, otras con las que los primeros días hablaba muchísimo y de pronto, algo pasó y eso terminó. Al regresar, la inercia sigue y entonces es al revés, tus amigos que se han quedado lejos, los tienes al lado por esa- u otra- red social. Pero, y ¿los que estaban aquí que abandonaste o te abandonaron? Al final, eso pasa, la gente y tú siguen su curso, con algunos aún conversas y la relación se mantiene, la distancia es canija y pone una traba que a veces tú no estás dispuesto a traspasar. Pero, al final, sobrevives… ¿será que nosotros nómadas somos más solitarios? o ¿nos acostumbramos a ser solitarios?

Recuerdo haber llegado a un pueblito perdido cerca de la frontera con Holanda, después de haber pasado un periodo prolongado con personas muy afines a mí y que ahora estaban lejos. La primera semana, entre climas otoñales, la depresión me invadió y sentía nostalgia de lugares y personas que no sé si volveré a ver. Eso fue lo que me motivó a buscar mexicanos, porque sabía que un pedacito de mi hogar me ayudaría a tener pilas para lo que viniera. Mi sorpresa (digo sorpresa porque siempre había asumido que los mexicanos estamos en todos lados) fue encontrar solo a un mexicano, además de mí,en aquel pueblo. No dudé y lo contacté,al poco tiempo se volvió mi mejor amigo y en épocas de soledad y nostalgia nos buscábamos para escuchar banda y hablar de México. Lo curioso es que con el tiempo, descubrimos cuánto teníamos de México en nuestra forma de llevar las cosas en la organización de la casa. Ser nómada te ayuda a afirmar y a no dejar ir tus costumbres familiares (aunque a veces no te guste darte cuenta de ello). Y si no son familiares, quizá sí patrióticas, al menos en la cocina eso sale a relucir primero.

En mis andares he conocido gente de todos lados del mundo, de religiones diversas, con idiomas distantes al mío y que a veces sólo compartíamos el poco o mucho alemán que pudiéramos entender, o bien del poco español que se aventuraran a balbucear en un país latinoamericano. Viajar es eso, un reto y una ventana a todo ese mundo que creemos conocer, pero que distamos de hacerlo. Pero creo que en su mayoría y sin importar qué tan diferentes seamos, la realidad es que los que decidimos vivir fuera somos curiosos, buscamos aprender, comparar, contar lo que es distinto a nuestra rutina, a lo conocido, sobre todo en un principio. Ya después eres un mar de experiencia en los pequeños trucos de supervivencia.

Me encontré con gente con diversos motivos para vivir fuera. Algunos como los que viajan por el placer de decir ‘Viví en París y ya me siento y creo todo/a un/a parisino/a, creo que nací en el lugar equivocado’, o sus opuestos aquel que te recomienda lo que no es turístico. Aquellos que buscan el arte, la música, los libros y la cultura. Encontré a más de cinco que buscaban enseñar su país por medio de sus manos, de sus cantos e historias. Conocí también aquellos que huyeron de una dictadura, a aquellos que huyen de la violencia y la inseguridad, de los que aún están refugiados porque sus países están en guerra, pero no han tenido la suerte de poder traer a toda su familia con ellos. Conozco los que viajan para estar con alguien que quieren y también los descarados que solo están con alguien por un papel. He visto a los que, como yo, viajan con una cámara y un cuaderno en la mano, porque no quieren perderse nada; porque a lo mejor, como yo, tienen miedo de olvidar lo grandioso que es vivir y viajar.

Quizá tengamos razones distintas para aventurarnos a vivir en un país en el que no entendemos ni J de su idioma o de su cultura, pero al final creo que hay algo que tenemos en común y es saciar la curiosidad y la sensación de que tenemos la posibilidad de tener al mundo en nuestras manos.

Me declaro una víctima de los viajes largos en el extranjero. Todo el tiempo es un juego de integración y adaptación. Depende mucho de que tu capacidad de adaptarte y de dejar ir recuerdos, personas y lugares. A veces, es precisamente esto último lo que no te deja volver a integrarte tan rápido como quisieras al nuevo lugar al que llegaste.

¿Será que dentro de todo, somos rebeldes o incapaces de seguir las reglas que dicen que hay que dejar ir y adaptarte lo más rápido posible?

Lo que sí creo, es que hay una cierta adicción al sentimiento de incertidumbre, de saber que todos los días hay algo nuevo, algo distinto y lejano a una rutina. Alguna vez, alguien me dijo que esto no era adicción a la adrenalina, como yo lo había sugerido, era más bien una ruta de escape a ‘sentar cabeza’ ¿será que también tenemos eso en común los viajeros nómadas irremediables?

Quizá sí. Quizá sea el pavor a enfrentarnos a algo estático.

Yo por lo pronto, me dedico a preguntarle a la gente que sé que ha vivido fuera, cómo fue su experiencia y su sentir (Prefiero eso a la eterna pregunta odiosa de ‘¿por qué te regresaste?’). En todo caso, a veces creo que somos más lobos solitarios, coleccionistas y recolectores de recuerdos y lugares. Aunque eso implique tener más vacíos emocionales que anaqueles llenos de recuerditos.

Ustedes ¿qué opinan?

@labruja_cosmica

No soy una sombra.

Hace algunos años, tuve un amigo que afirmaba que la razón por la cual la mayoría de las mujeres terminaban solas era por ser feministas. El día que me lo dijo, sabía que de una manera sutil me ‘recomendaba’ no serlo. En ese momento, no me di cuenta de todo el trasfondo de este comentario y mi reacción fue, como siempre, pasivo agresiva.

No planeo dar toda una explicación sobre el feminismo y el machismo en culturas como la nuestra, tampoco hablaré de todas aquellas cosas que hoy no deberían existir pero que existen. Creo que ya hay demasiados artículos y comentarios al respecto como para que los llene de uno más. Por el contrario, hoy les quiero contar lo que me sucedió el primer día que tuve una reunión con mis compañeras de maestría y que me puse un Al-Amira (o como la mayoría de las personas lo conocen: Burka). Ese día cambió por completo mi percepción de feminismo.

Durante mi universidad, tomé algunos cursos que me acercaron un poco a Medio Oriente y un poco a las distintas religiones que existen en nuestro planeta. En México, jamás me encontré con alguna mujer que cubriera su cabello y en realidad podía delimitar- tristemente- dos tipos de Burka, la que cubre el cuerpo completo y la que no. Así de malo era mi conocimiento sobre todo este mundo tan lejano al mío. Sabiendo que no era toda una erudita en el tema, me dediqué a investigar un poco antes de cometer algún error todavía más vergonzoso.

Al llegar a Alemania, tuve la oportunidad de conocer a muchísimas personas de todas partes del mundo. Durante mi curso de alemán conviví con hombres y mujeres musulmanes y budistas que en las conversaciones del día a día, me daban un vistazo de su perspectiva. En algún momento, me topé con una persona de un país de África, la cual, al contar su historia de vida no pude más que pensar ‘qué sociedad tan machista’.

Nunca lo dije en voz alta y quizá me hubiera podido quedar con esa imagen de por vida, si no fuera porque unos días después conversé con un mexicano que conocí en un parque y, para mi sorpresa, la visión era un poco similar a la de esta persona africana. La concepción que podemos tener sobre un término  está ligado a nuestras experiencias, a nuestra historia y religión y a nuestra cultura. Eso no había más que aclararlo.

Los meses pasaron rápidamente y yo aún inmersa en mi perspectiva occidental, comencé mi maestría. En este momento, creo que es pertinente aclarar que de mi grupo de maestría yo era la única persona del continente americano y me contaba entre las 4 personas no musulmanas o budistas del grupo. Las pocas materias en las que mi grupo coincidía con otro grupo de alemanes trascendían sin mayor detalle. Y por el contrario, en las clases en las que sólo estábamos nosotros me parecían fascinantes.

Las conversaciones dentro del salón de clases eran tan distintas a las que estaba acostumbrada. Me sorprendía escuchar sus relatos de guerra, refugiados, pobreza y educación. Todos siempre hablaban de sus países con un amor desmedido y contaban las historias a detalle, como si jamás nadie las hubiera contado. En más de una ocasión lo que más me sorprendió fue el hecho de que aún dentro de tantas cosas negativas, aún conservaban la fuerza para ser positivos y decir comentarios buenos con una sonrisa en los labios y lo más importante, sin sarcasmo. Más de una vez tuve que pensar lo que debía decir, porque mi costumbre mexicana me metía el pie cada que alguien preguntaba por el gobierno o por la delincuencia. Aprendí a no ser sarcástica y por el contrario, buscar lo positivo y negativo del problema.

No voy a mentir, me costaba mucho trabajo juntarme con ellos y raramente lo hacía. No porque me aburriera o porque no quisiera escuchar lo que podrían contarme, sino porque muchas veces me costaba trabajo acostumbrarme a salir solo niñas a hablar sobre cuestiones culinarias y hogareñas. Los que me conocen bien saben que ese no es mi fuerte, y para mi lado ‘feminista occidental’ eso hacía corto circuito. Sin embargo, lo hice y no me arrepentí de cambiar noches de cerveza, por tardes de té y henna.

Llegó el Ramadán y con ello, una soledad anunciada en las clases y reuniones fuera de la escuela. Las conversaciones se limitaban a un mensaje al celular o en el muro de Facebook. El calor y los días tan largos suponían una amenaza a mis compañeros que debían pasar desde las 3 de la mañana hasta las 10 de la noche sin comer ni beber. Sin embargo, un buen día me llegó una invitación a casa de una de mis compañeras, ¡me invitaban a un ‘Iftar’!, lo cual se refiere al momento en el que los musulmanes rompen su ayuno al caer el sol.

Aprendí tantas cosas esa noche entre niñas como antes nunca lo había hecho ni imaginado. Probé comida deliciosa y aprendí también que les encanta el agua de jamaica para después de comer y antes del café o del té. Por primera vez en muchos meses vi el cabello largo y oscuro de mi amiga, el cual siempre lo oculta debajo de bellos pedazos de tela que combina a la perfección con su ropa día a día.

Esperamos un tiempo hasta que su aplicación le indicaba la hora exacta en la que podía romper el ayuno. La alarma de la aplicación sonaba como el típico llamado a rezo que se escucha en las ciudades musulmanas, para mí, por supuesto, todo era nuevo. Pasaron una a una a la habitación de mi amiga a rezar de manera individual; fue entonces cuando una chica alemana preguntó si podía entrar para ver cómo rezaban.

En lo personal, me dio mucha curiosidad, pero no dije nada, pues asumí que era un momento personal y que en realidad esas cosas no son como acostumbramos al ser turistas, para ir y tomar cuanta foto podamos. La respuesta no se hizo esperar, y aunque no fue directa, se daba a entender que ese no sería el lugar para hablar de eso o referirnos a temas religiosos.

Mientras comíamos hablábamos sobre todo y sobre nada, se hacían chistes sobre la escuela y sobre la temida tesis, la cual nos comenzaba a atormentar. De pronto, una de las chicas contaba cómo había viajado unas semanas de vacaciones a Egipto y se ‘había enfrentado’ a un chico que la miraba desde el otro lado de la calle. Ella al notarlo, se había acercado y le había dicho ‘¿te debo algo?’ y entre risas se había ido.

El comentario causó revuelo entre las demás asistentes de la cena. Comentarios como ‘qué valentía’ y ‘¿te regresaste a disculpar?’ no se hicieron esperar, mientras yo pregunté sobre la reacción del chico en cuestión.Por un momento no sabía qué había dicho mal, todas me miraron sorprendidas, salvo la chica alemana quién a la vez me miraba a mí confundida.

Tardamos unos cuantos minutos en entender que en realidad no nos debía de importar la respuesta del chico, pues la importancia radicaba en la valentía no permitida de una mujer de dirigirse de esa manera hacia un hombre desconocido. Una de ellas me dijo textual: ‘si yo hubiera hecho eso, seguro me cortan la mano, bueno… quizá no, pero sí me encierran unos días. Mi hermano, hubiera tenido que ir a disculparse y yo, bueno, sería la desgracia de la familia.’

Para no hacerles el cuento largo, la conversación derivó a la manera en la que ellas, como mujeres musulmanas, debían dirigirse en su día a día hacia la sociedad. Cómo vivían, sus costumbres y sus perspectivas al respecto. La noción de ser mujer es lo más importante dentro de sus culturas, ya que ellas son las dadoras de vida,por lo cual los hombres deben de protegerlas. Aunque en teoría los hombres y las mujeres son iguales ante los ojos del Corán, en la realidad las cosas son muy distintas, pues los hombres son los proveedores de bienestar y dada su condición de superioridad las deben de proteger. Todo esto se debe entender que sucede en lugares como Afganistán, Pakistán, Palestina o Egipto, pues es completamente diferente en Arabia Saudita, por ejemplo.

Me contaron, por ejemplo, cómo al regreso a sus países estarían esperando la lista de pretendientes que sus padres han armado en este período para que ellas comiencen su ronda de presentaciones para al final casarse. Para todas es algo normal, algo que les ilusiona y que esperan ansiosas para poder cocinarle algo rico después del trabajo. No les parece malo pues como me dijeron ‘¿Quién te conoce mejor en este mundo que tus padres? Confiamos en que ellos decidan a alguien que nos merecemos.’En realidad les preocupa que no funcione su matrimonio pues ‘a los hombres no les gusta tener competencia en la casa’, me dijeron refiriéndose a tener una mujer con una carrera exitosa ¿qué eso no podría pasarnos a nosotras también? Lo que les asusta es que al final no puedan quererse ¿pero que eso no nos pasa hasta a las que no nos arreglan el matrimonio?

Me cuentan cómo sus hermanos mayores, primos o dado el caso el esposo (y si no tienen, el papá es el elegido) son las que deben protegerlas, ellas no pueden enfrentarse o contestarle de la manera en la que estamos acostumbradas en México a un hombre que decide decir un piropo mal intencionado en la calle. Pese a que yo hubiera pensado distinto, ellas están cómodas con ello porque así han crecido y de todos modos ‘no les interesa contestarles’ (Y aún así, todas se emocionaron cuando la chica le contestó al otro chico en Egipto…).

Antes de terminar, les pregunté cómo se sentían con el hecho de tener que cubrir su cuerpo, pues es algo que ha llamado mucho mi atención. En algunos países musulmanes es obligatorio que las mujeres cubran su cabello, su cuerpo y su rostro. Ello depende de cada país, de la edad de cada mujer y si se encuentra casada, de la decisión de su esposo. La primera vez que yo vi personalmente a un grupo de mujeres utilizando una Burka, fue durante mi visita a Bonn, la antigua capital alemana. Cuando las vi pasar fue un gran shock para mí, aunque había visto fotos, definitivamente en vivo es otra experiencia. En ese momento llegué a pensar fue ‘es que quieren que sean unas sombras, que no existen’. Les comenté incluso de esa imagen que se alguna vez me encontré en las redes sociales:

Ellas entre risas me comentan lo evidente, todo depende de cómo lo veas. Para ellas les parece innecesario tener que encuerarse para sentirse libres y en realidad hay mujeres que se sienten libres aún a pesar de estar cubiertas totalmente, todo depende de su situación. Pero no se trata de estigmatizar a la religión o a la cultura, cuando muchas veces es la decisión de una mujer a traer una prenda que la cubra por completo.

Para mi compañera afgana, fue muy fácil llegar a Alemania y dejar de utilizar su Shayla, pero a la vez muy complicado explicar a sus conocidos en Facebook porqué en las fotos aparecía sin ella. Me explicó que su familia en realidad no es muy conservadora, sin embargo al salir de casa y de la oficina, ella debía cubrir su cabello, pero para las demás personas más religiosas es complicado explicar por qué fuera de Afganistán ella decide no utilizarla.

Mi compañera de Egipto me comentó que en su país es todo distinto, es el ‘desmadroso’ de la zona y en realidad no te obligan a usarlo. Solamente al entrar a templos o lugares con mucha gente, pues aún hay gente muy extremista a la que no les gusta tanta libertad. Ella lo hace de vez en cuando, pues le parece un accesorio lindo y femenino.

Mi compañera Palestina, por ejemplo, decide utilizar su Al-Almira todos los días desde que cumplió 15 años aún sin estar en su país. A ella no le causa un problema y por el contrario, lo ve como una muestra de respeto hacia su cuerpo y su persona. Me dijo: ‘la primera vez que te ves con uno puesto, en realidad te comienzas a ver a ti misma, más allá del maquillaje o de la ropa o de cómo decidas peinarte, porque el valor de una mujer va más allá de eso’.

Sin más, se levantó y volvió con unos pedazos de tela. Me enseñó a recogerme el cabello para que no me estorbara en el momento de usarlo, me enseñó a ponerme cada una de las partes de su Al-Almira, (para cuando vaya a visitarla) y finalmente, me enseñó a mirarme distinta en el espejo. Es una sensación extraña y a la vez tranquilizante, es mirarte más allá de lo que estás acostumbrada. Tu autoconfianza sale a relucir en esos momentos en los que nada más importa, de pronto, el peso de tus reacciones son mucho más grandes que cualquier otra prenda o estilo de maquillaje. Definitivamente, no eres una sombra aunque cubras tu cabello, sino todo lo contrario, buscas la manera de lucir más.

No podría decir que entiendo a la perfección su religión o su cultura. Tampoco si es correcto o no cubrir tu cuerpo entero y permanecer como tantas mujeres permanecen sumisas detrás de su esposo. La realidad es que entre el tiempo pasó y pude conversar más con ellas, me di cuenta que los problemas de género que podemos tener en occidente también los tienen en oriente.

¿Es que acaso no somos encasilladas a no vestir vestidos cortos para no parecer mujeres ‘fáciles’? O peor ¿tener que utilizar uno para conseguir cosas? Quizá no llegamos a que nos arreglen el matrimonio pero finalmente aún hay partes conservadoras en las que sino te casas o formas una familia en realidad no existes como mujer. También hay violencia de género en donde la mujer no puede levantar su voz contra el hombre que la maltrata psicológica o verbalmente, pues es menospreciada o maltratada. ¿En qué medida en nuestra sociedad también tratamos a las mujeres como si solo fueran una sombra?

Aquí les dejo una guía para entender un poco más los distintos tipos de cubierta utilizadas por mujeres musulmanas.

Espero sus comentarios y opiniones respecto al tema.

@labruja_cosmica

Preguntas sin respuesta.

Acabo de cumplir 27 años. Quisiera decir que no tuve una de esas tan famosas crisis, pero ¿para qué negar la realidad? Tuve y tengo una crisis. Pero ésta no tiene nada que ver con cumplir años y acercarme a los ‘temidos’ 30 años. En realidad, eso es lo que menos me preocupa. Siempre he creído que la edad es un número más…

Cumplí 27 en un ambiente distinto al que estoy acostumbrada, aunque no es la primera vez que festejo mi cumpleaños lejos de casa y lejos de mi familia y amigos, es la primera vez que lo sentí completamente distinto. Basta con decir que ahora en mi momento estelar cuando perdí los cinco sentidos que normalmente me acompañan, me sale más fácil hablar alemán que ser cómica en español. Así de distinta es la cosa.

Como es mi mala costumbre, festejé desde el primer día del mes de julio hasta el último momento del mes. Esto solo me trajo una bancarrota anunciada, pocas energías de querer hacer algo más (prueba de que la edad no sólo es un número, ya sé…), muchas dudas, muchas más preocupaciones y millones de ganas de correr hacia otro lado para que el tiempo no me alcance.

En fin, ayer, después de un largo período de meditación, llegué a la conclusión de que tengo un síndrome al que denominé: el síndrome del metro en hora pico. Mientras todos empujan porque quieren entrar, yo me muero por salir. Ahora lo trataré de explicar para ver si ustedes, queridos lectores, también lo han sentido o lo sienten en este momento.

Lo cierto es que entrar al fabuloso grupo rockero de los 27 años me trajo un poco más que una recuperación dolorosa de más de un día por una cruda endemoniada. Me trajo saldo rojo en mis tarjetas, ojeras que ya no se pueden difuminar y una presión enorme por terminar lo que irresponsablemente dejé al final. El día de hoy, dos semanas después de mi cumpleaños, me encuentro a poco menos de dos meses de terminar mi maestría, con tesis y todo incluido (¿quién dijo miedo?). En ese período tengo planes, muchos. Quiero hacer mil cosas porque ahora lo siento como una bomba de tiempo que está a punto de estallar en mis manos ¿por qué? Porque quiero regresar a México. Probablemente sea la única persona que sí quiere regresar a su país después de probar los vicios y beneficios de la cultura europea, no lo sé, quizá exagero también.

No sólo estoy presionada por hacer una tesis que más allá de emocionarme, me quita el sueño. Apenas llevaba tres meses de vuelta en la escuela cuando decidí que lo mío no es estudiar y que realmente no lo quiero hacer más. Pero bueno, ya estaba aquí, así que mejor acabar bien lo que ya había empezado… Por lo menos eso sé que se acaba ya y podré continuar con mi vida sin más tesis o ensayos que hacer.

Me encuentro, además, entre la maldita y odiosa pregunta que nos acosa desde que tenemos, creo, doce o trece años. Esa pregunta que cuando ves a tus tíos y te dicen ‘ay mijita, qué grande estás.. ¿ya sabes qué vas a estudiar?’ Lo bueno que nuestro sistema educativo no nos hace prepararnos desde que tenemos 7 con esa decisión, como algunos otros europeos que he conocido. Lo cierto es que ya estoy en el punto en el que ‘ya soy grande’ y de todos modos sigo sin saber qué voy a hacer de mi vida.

Cuando era niña pequeña pensaba que a los 20 ya sería una embajadora súper exitosa que habría viajado por todo el mundo y hablaría mil idiomas. Pues estoy 7 años tarde y ni embajadora rica ni mil idiomas. Ya no puedo pensar ‘¿qué quiero ser de grande?’ Porque ¡oh sorpresa, ya soy grande! Estoy segura que no necesité venir hasta el otro lado del océano para darme cuenta de eso, simplemente la situación y circunstancia lo agravó.

A sólo unos meses de terminar el proyecto que inicié hace un poco más de dos años. Me encuentro en mi departamento compartido, lleno de fotos de lugares y personas que he tenido oportunidad de conocer y algunos otros rostros que me esperan ansiosos en México. Estoy rodeada de libros en un idioma que adoro pero que es tan lejano al mío que a veces me pregunto si ese accidente en las escaleras cuando tenía 6 años en realidad logró que perdiera la poca cordura que me quedaba. Veo ropa y zapatos que se multiplicaron y que no sé cómo haré para devolver. Probablemente meta todo en una bolsa y los aviente por ahí… (ok, quizá los regale eso es lo políticamente correcto, pero entendieron la gravedad de la situación).

Sí, muero de ganas de volver a México. Sentarme a comer un platote de pozole, ir por unos tacos a las tres de la mañana y escuchar mariachi de vez en cuando sin que me cuelguen un estereotipo que los obligue a preguntar por mi sombrero. También es cierto que muero de miedo de volver. No, no voy a hablar de la inseguridad del país y esas cosas tristes. Me da miedo volver y enfrentarme a ese monstruo que conocemos como Ciudad de México. Entiéndanme, llevo viviendo exiliada en un pueblo bicicletero desde hace más de un año, siento que a la primera de cambio un taxista me va a aplastar porque olvidé que ahí no hay preferencia por el peatón.

Pero más allá de eso, siento miedo terrible porque regreso endeudada sin trabajo. Sin ninguna idea de lo que quiero hacer y sin ningún trazo de dónde es que debo buscar primero por esa misma razón. No sé a quién preguntar ni a quién dirigirme. Regreso a México un poco más sabia pero mucho más pobre que cuando me fui. En números rojos, con deudas, pero eso sí, con mucha emoción de tragar toda la deliciosa comida prometida.

Reviso mis redes sociales a diario, para encontrarme con la sorpresa que más de la mitad de mis conocidos están viniendo a Europa a estudiar, con vistas de quedarse quizá. Todos me mandan mails preguntando cómo le hice, qué se siente, qué quiero hacer, qué consejos les doy (también hay otros chismosos que les interesa saber por qué no he conseguido marido…) y lo más importante ¡¿por qué te quieres regresar?!

Así es, mientras yo, a mis 27 no tengo idea de qué quiero hacer de mi vida, ni cómo hacerle para saber. Desempleada, con un título, otro idioma más a la lista y sin dinero en la bolsa, empujo contra toda esa presión social que insiste en empujarme al lado contrario. Quizá, como de costumbre, sea yo la loca que quiere hacer exactamente lo contrario a lo que todo mundo dice que debe de ser, quizá no, quizá haya más por el mundo como yo y pocos lo expresan.

Al final, mi crisis ya no sé si es por tener 27 o no, voy a pretender que no es así y que simplemente es porque me enfrento a esa maldita pregunta ‘¿y ahora, qué hago?

@labruja_cosmica

Canta y no llores..

El mundial, como las olimpiadas, nos enamora, nos conquista poco a poco. Vivimos inmersos en colores, ritmos y en la belleza y magia que surge en cada momento que pasa. Es único.

Antes de que empezara el mundial, yo estaba enojada con nuestra selección. No me gustó la manera en la que calificaron y pensaba que no merecían estar ahí. Pensaba incluso que llegarían con trabajos a la segunda ronda y que no traerían nada con qué competir. Sin embargo, al comienzo y como ya lo decía Argen estando lejos de casa, todo se exacerba. Todo huele y sabe a Tu país. En este caso mi México.

Con desconfianza miré el primer partido, grité, me emocioné por cada jugada, patada y canté como muchas otras veces lo hice en el estadio. Con cada jugada que pasó recordé por qué es tan bella esta temporada que llega cada 4 años. La selección hizo su trabajo y lo hizo cada vez mejor. Verlos jugar de maravilla contra Brasil y callar bocas de más de un ingenuo, que como yo, habían preferido ser pesimistas a creer.

Creí una vez más en mi selección. Grité cada falta, cada gol, cada tarjeta. Pedí perdón a mi nacionalismo herido por no haber creído desde el principio. Aún cuando en otros ámbitos soy la primera en defender y creer en que México puede ser más, y lo va a ser.

Estaba asustada, pero creía en el México que se para digno en la cancha sin importar si se enfrenta contra un campeón del mundo o no. El nerviosismo se sentía desde las 10 de la mañana en nuestra casa. Los colores y sabores de México aparecieron insistentes y hasta hoy, en la tristeza y en la cruda, siguen aquí. Y seguirán.
Ayer resonó en mi mente una vez más esa odiada frase ‘jugamos como nunca, perdimos como siempre’. La odio porque representa justo el punto pesimista que me inundó en un principio. La odio porque ayer México se paró y demostró tener presencia del nivel al que el mundial nos acostumbra y nos hace esperarlo con ansias cada 4 años. Jugó como nunca, nos hizo vibrar. Nos hizo creer, la sentimos cerca, muy cerca. Pero no, no perdieron como siempre. Perdieron peleando hasta el último momento; perdieron, por errores que no fueron los de siempre y que hasta al más hábil le sucede. Perdieron con la frente en alto.

Traigo un nudo en mí. Me dolieron esos últimos 5 minutos. Esos minutos que nos separaban de romper con el maldito fantasma que nos acecha desde hace 20 años.. Esta vez no fue Argentina o Estados Unidos, esta vez fue Holanda. Se une a la lista que reafirma nuestro fantasma.

Quizá sea mala mexicana por no creer desde el principio y de todos modos festejar la victoria,  quizá sea el doble de mala por empezar sin creer y después llorar amargamente la derrota de ayer. Quizá, me dirán villamelona y creerán que soy de las que dicen ganamos pero se amarga diciendo que perdieron, aún cuando está muy lejos de ser así.

Pero hoy, aún en la tristeza y la desazón, aún apoyo a mi México que me hizo vibrar, me hizo creer de nuevo, me hizo cantar y me hizo recordar qué bonito es ser mexicana.

Gracias selección por dar todo y darme una lección de vida.

El nuevo activismo.

Hace unos días revisaba las actualizaciones de mi página de Facebook y después de ver cientos de fotos de bodas e hijos de mis conocidos (¡paren, ya!), me topé con una imagen peculiar. Mostraban una fotografía de los caudillos de la Revolución mexicana y sobre ella se lee lo siguiente: ‘Nosotros no teniamos internet. Teniamos huevos!!!’ Me quedé unos minutos reflexionando al respecto, más allá de las faltas de ortografía y gramática que siempre me hacen pensar que esa es una de las razones de por qué estamos como estamos, comencé a pensar en lo que implicaba esta imagen.

La persona que compartió la foto, escribía sencillamente: ‘una más de ciberactivismo’. Tuvo muchos ‘likes’ pero ningún comentario. Fui a la fuente de la foto y me espantó ver los comentarios que encontré ahí. Muchas, muchas, alarmantemente, muchas mujeres haciendo comentarios sobre cuestiones de género ‘porque ya no se encuentran hombres con huevos’ o ‘antes eran caballeros ahora solo juegan con el celular’. Creo que alguien no entendió el mensaje de la fotografía, en lo más mínimo. No voy a opinar sobre esas cuestiones de género una vez más, sin embargo si creo que el mensaje, al menos para mí, está clarísimo.

Sí, es un problema que nos la vivamos pegados al aparato y dejemos de ver a nuestro alrededor como antes o de socializar como antes. Pero también es cierto que las sociedades cambian y el mundo no se deja de mover, no nos queda más que subirnos al barco de los cambios y vivir con lo nuevo que nos vaya trayendo la tecnología y en lugar de cambiar enteramente con ellos, se trata de también adaptar los cambios a nuestra vida, ¿no?

Sin embargo, creo que está claro que algo nos está haciendo falta. ¿Involucrarnos más? ¿Informarnos más? ¿Involucrar a los que no tienen acceso a estas tecnologías?

Creo que todas tienen un algo de cierto. No sólo se trata de crear HT* en Twitter para presionar que Peña Nieto renuncie o para detener la violencia en nuestro país, o únicamente juntar firmas electrónicas para ayudar a resolver un caso de injusticia (que por cierto he trabajado en el medio y he sido testigo de qué cosas se pueden cambiar por cosas así de ‘pequeñas’) o dar likes hasta llegar a un millón para que alguien done un dólar**.

Creo que cosas maravillosas podrían suceder si pudiéramos involucrarnos más con una causa de cambio, así como pasaron grandes cosas en los países árabes en donde las redes sociales jugaron un papel importante. Porque, en realidad, la mayor ventaja de estas redes sociales son el alcance que tienen, la rapidez y la fuerza con la que pueden involucrar a tanta gente.

Pero ¿qué pasa si en lugar de involucrarnos más lo dejamos ahí? Mandamos nuestra aportación de tuits al día y ya, en la vida real seguimos siendo apáticos, seguimos dando mordida al poli porque sí, seguramente aunque yo no le dé dinero eso no se va a acabar, aún tiramos basura en las calles e imploramos porque no nos inundemos. No sé, tiendo a ser demasiado idealista (aún cuando estoy en proceso de convertirme en politóloga jaja), y pienso que podemos aprovechar muchísimo lo que ahora lo conocemos como ciberactivismo (y vaya que se los dice alguien que es grinch tecnológica).

Quizá la imagen sea cierta y los caudillos de la revolución puedan juzgarnos porque ahora es muy fácil estar en tu casa en pijama dando likes y haciendo comentarios ofensivos detrás de un pseudónimo. Nada tiene de malo escribir tu opinión, debatir y presionar al gobierno desde tu casa, no me malinterpreten. Porque además me hace pensar ¿quién dice que ahora no tenemos huevos /ovarios para hacerlo?

Creo que los tenemos sólo no hemos encontrado el coraje suficiente para hacerlo y que nos distraemos fácilmente en las redes sociales en lugar de usarlas para bien.

Acá les dejo a los caudillos … ¿Ustedes que opinan?

Caudillos

@labruja_cosmica

*HT: Hashtag es un término que se utiliza en varias redes sociales y en el cual se utiliza un signo de gato (#) seguido por el tema a tratar, por ejemplo #ciberactivismo. De esta manera, se agrupan todos los comentarios que se hayan hecho en referencia al tema.

**A propósito de ello, hace unos días, llegó a mis manos esta noticia en alemán sobre cómo UNICEF está cambiando la manera de hacer publicidad y pide no sólo hacer like, aquí pueden ver un post al respecto en inglés. 

 

¿Destinada a la desgracia?

Recuerdo perfecto que por ahí de la primera semana de clases en la universidad, uno de los profesores nos preguntó si estábamos seguros de querer estudiar esta carrera, ya que de acuerdo a las estadísticas era una de las profesiones con mayor porcentaje de divorcios o de solteros en México. La explicación vino después acompañada de un tono condescendiente: “porque claro, cuando uno se decide por el camino de la diplomacia, se requiere viajar mucho o estar lejos de su país de nacimiento y no hay persona, más bien dicho mujer, que aguante eso, finalmente la familia es lo más importante.”

No recuerdo que nadie hiciera algún comentario sobre el argumento recién descrito, lo que sí recuerdo es que en la generación éramos mayoría mujeres y me da tristeza el pensar que nadie de nosotras pudiéramos decir algo al respecto. De todos los que nos graduamos hace un tiempo, somos realmente pocos los que nos dedicamos a trabajar o a estudiar algo en el campo de relaciones internacionales, ciencia política o diplomacia. Creo, hasta donde sé, que solo 2 personas se han casado y también trabajan en algo relacionado con nuestra carrera y no, las mujeres no tienen ningún problema con ello. En realidad ellas son muy exitosas y una de ella ya es mamá de dos bellos niños.

Hace una semana platicaba con una amiga alemana que también terminará su maestría este año, le conté sobre este incidente ya que salió el tema de género en alguna clase (ya escribiré después de ese tema también) y después de reír un poco me contestó: “Aquí en Alemania, también nos dicen eso, y no sólo eso, sino que estamos predestinados a ser alcohólicos o al suicidio”.

La verdad es que aunque el futuro no es alentador (y dudo mucho que ésta sea la única profesión en la que las estadísticas nos cuentan el camino a la perdición al que podemos llegar) lo que me sorprendió fue que me hiciera la pregunta que nosotras debimos de haber hecho el día que nos sucedió “¿Qué tiene que ver el género en todo esto? ¿Por qué decir que no hay mujer que aguante eso?” La respuesta, aparentemente, puede ser muy sencilla, porque la mujer es la que se encarga de llevar a los hijos en su vientre por 9 meses, cuidarlos y darles de comer hasta un tiempo considerable y .. ¿y luego qué?

Es evidente, que la línea de pensamiento entonces nos lleva a decir, claro porque entonces si el esposo o pareja trabaja en el medio diplomático, político o algo similar, nunca va a estar en la casa para estar con la mujer y su hijo recién nacido y eso no lo aguantaría ella ¿y… es así? ¿realmente no lo aguantaría? ¿qué pasaría si fuera al revés y la mujer es la diplomática? ¿no es capaz de formar una familia porque no tiene tiempo para ello? ¿está entonces destinada a la soledad y ahora resulta hasta al alcoholismo?

Nos encontramos ahora en una sociedad que aboga por la igualdad de géneros, que entonces me hace pensar que me puedo dedicar libremente a ejercer mi profesión, que aunque esté maldecida por las peores desgracias de la humanidad, me encanta. Además puedo estar segura de tener el apoyo de un hombre que pueda entender que quizá tenga que viajar y dedicar mucho tiempo a proyectos y reuniones laborales. También que en el momento en el que decidiéramos tener hijos, él también tendría que contribuir y no sería enteramente yo la encargada de su cuidado, en otras palabras, yo no tendría por qué abandonarlo todo, y para esos efectos, él tampoco. ¿Verdad que es así? ¿¡Verdad que sí!?

Como yo lo veo, tenemos unos conceptos de libertad e igualdad distorsionados, y tristemente sé de más casos de mujeres que tienen que ‘sacrificar’ sus objetivos porque a su pareja no les pareció (sí, sí pasa, aún en pleno 2014). No es cuestión de qué profesión ejerzas, tampoco es cuestión del trabajo que tengas o de la personalidad que tengas (porque ya los escuché diciendo que eso pasa por ser ‘workaholic’). Tampoco se trata de decir que pobres de nosotras mujeres porque siempre somos las víctimas y ahora los hombres deben estar todo el día en la casa. No, no va por ahí.

Es más simple que eso y a la vez resulta muy complicado de llevar a cabo. Es tener el simple entendimiento que tanto hombres como mujeres podemos seguir con nuestros sueños y objetivos, que ambos podemos hacer sacrificios y ambos podemos trabajar porque las cosas sucedan como debieran de ser. Es ir un poco más allá de decir que debemos dejar de ver que las labores del hogar son solo para las mujeres y que los hombres son los que deben de trabajar más. Por fortuna, creo que eso ya lo estamos entendiendo.

Quizá yo esté destinada a divorciarme de mi primer esposo porque no entiendo cómo funciona la situación con las profesiones y los géneros. Es más, quizá ni llegue a casarme porque ‘estoy tan ocupada con mi trabajo que no tengo tiempo para nada más’ (ya me la han aplicado, no se crean). Aunque lo quisiera, no sé leer el futuro y no sé cómo vaya a ser mi vida a detalle. Lo que sí sé es qué es lo que quiero, y quisiera eso que decía arriba, una vida en pareja en la que nadie tenga que sacrificar más de la cuenta, porque estoy consciente que sacrificios tiene que haber, solo que no sea por cuestión de género.

¿O estoy mal yo?

@labruja_cosmica