El libro de todos los libros

Los libros siempre han sido uno de los amores de mi vida, quizá uno de mis amores más viejos y profundos. Hace unos días terminaba de leer un libro cuando me invadió un sentimiento de nostalgia. Déjenme explicar.

Había pasado los últimos dos días abriendo y cerrando el libro en cuestión para evitar llorar, pero sin poder parar de leer. Cuando por fin le di la vuelta a la última página y llegué a las últimas líneas no pude evitar cerrar los ojos y dejar el libro recargado sobre mi. Me detuve un momento para intentar descubrir que era lo que sentía y concluí que a pesar de que el libro que acababa de terminar era algo trágico, mi sentir era más bien algo parecido a la nostalgia al reencontrar a un viejo amigo después de un largo tiempo de no verlo.

Quien me conoce sabe que los libros – mis libros – son una parte imprescindible de mi. Dicen las malas lenguas que desde que aprendí a leer no he dejado los libros, sin embargo durante y después de la Universidad leí, pero no tanto ni con tanto gusto.  No sé qué pasó, supongo que como a veces con los amigos, nos alejamos. El tiempo terminé gastándolo en tráfico, trabajo y otras cosas. El cansancio y el estrés no me dejaban disfrutar tanto y tampoco había vuelto a encontrar libros que revivieran mi adicción.

Confieso que me preocupaba mucho dejar que algunos obstáculos de la vida adulta me llevaran a ser una más de la triste estadística mexicana que lee menos de dos libros al año. En un momento de desesperación, compré un Kindle que me prometía leerme mientras perdía mi vida en el tráfico y que sería más fácil llevar libros a cualquier lado, entre otras cosas. No esperé ni un minuto y lo llené con mi gran lista de deudas literarias. Lo que fuera para recuperar a ese amigo que tanto extrañaba y darle batalla a esa lista que nunca ha dejado de crecer. Así pasé leyendo los últimos dos años, escapando algunas veces con pretextos godínez para reservar algún día al mes una comida y dedicarle un poco de tiempo a mi viejo amigo. Leí varios libros que me mantuvieron despierta toda la noche y me mandaron en vivo a las juntas del día siguiente y sin embargo no me había vuelto a sentir así.

No me malentiendan, he leído muy buenos libros en formato electrónico. Definitivamente fue una ventaja cargar un aparato en vez de mi colección completa al cruzar el charco. Nunca tengo que preocuparme por cargar dos libros, por si acaso llego a terminar uno y me quedo sin tener que leer. El casting para elegir que libro llevar a un viaje se ha hecho menos difícil y mi espalda agradece no tener que cargar el peso extra. Y sin embargo, algo falta.

Tal vez tiene que ver con poder sentir el peso del libro en mis manos, con percibir cómo transcurre el tiempo con el paso de las hojas y la manera en que marcan el avance de la historia. Esas páginas delatan por si solas cuanto ha pasado entre el principio de todo y el poco tiempo que le queda a los personajes para salir del último aprieto en el que se metieron.

Tal vez tiene que ver con mi infancia, porque como muchos antes que yo y como muchos personajes en los libros pasé buena parte de mi infancia con un libro entre mis manos. Vacaciones completas leyendo en un sillón, mecedora o hamaca, con explicaciones interminables de por qué tenía que llevar 5 libros distintos cuando salíamos de viaje. Los regaños por manejar expertamente el libro en mi regazo mientras comíamos en familia, o las noches enteras bajo las sábanas con una linterna para no molestar a mi hermana. Como algún buen cliché, en muchas ocasiones encontré mejores amigos en los libros que en la vida real y cuando mi familia tenía dificultades por dinero, nada me impedía viajar a tierras extrañas, explorar territorios desconocidos y vivir aventuras increíbles. Recuerdo orgullosa mi primera credencial de la biblioteca local, cerca de mi casa.

Una parte de mi decisión de estar aquí ahora, de renunciar a mi viejo trabajo, fue para tener más tiempo para leer. Descubrí que había crecido, pero no había olvidado a ese viejo amigo. Que había cosas nuevas: Lo divertido que fue hacer clubs de lectura y los debates con un buen vino. Lo delicioso que es tirarse en un parque a leer y olvidar que el tiempo pasa. Por coincidencia, descubrí que no era la única que disfrutaba leer en los trenes, que adoro tener un sistema de transporte que me permite ir cómoda, sentada y leyendo. Volví a sentir la emoción de descubrir cosas nuevas de mi, encontrar respuestas a preguntas que nunca hice y explorar culturas y perspectivas que no conocía, como si crecer nos hubiera hecho bien a los dos. También noté que hay cosas que nunca cambian como el hecho de disfrutar (y a veces sufrir) mucho más ir a comprar libros que ropa o lo difícil que es querer comprar casi toda la librería.

Pensé también en cómo había leído últimamente, pegada a un aparato. Sin respirar el olor ese olor tan característico de las páginas llenas de hazañas, héroes o heroínas o mundos sin explorar. Sin poder recorrer las páginas con mis dedos o sentir el peso y la importancia de cada una de las hojas, ni poder ver la forma delicada en que están unidas o su resistencia a desprenderse del resto. Sin poder ver la portada de el libro, que a ratos parecía que existía solo en mi cabeza y que además no podía sonsacarme a tomarlo sólo 5 minutos más antes de dormir en vez de dejarlo en la mesita de noche.

En la Historia sin Fin (Sí, niños de los 90s, originalmente es un libro) Michael Ende, uno de mis autores favoritos, escribió lo siguiente:

“Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas. (…)

La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros. Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado…

Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito…

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido…

Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces.

Miró fijamente el título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso era, exactamente, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡Una historia que no acabase nunca! ¡El libro de todos los libros!”

Aunque técnicamente algún lector electrónico podría considerarse el libro de todos los libros, pues la cantidad de ebooks dentro de él prácticamente lo convierten en una especie de libro sin fin y cuyo contenido es esencialmente el mismo que su contraparte en papel, no puedo evitar pensar que aunque existen ventajas de tener dos millones de libros en un pequeño aparato, difícilmente sustituyen ese sentimiento que provoca tener un libro de verdad en mis manos. Me pregunto cómo será el futuro donde la mayoría del tiempo lo invertimos en las redes sociales en vez de pasar tiempo con nuestros amigos, donde la música y los libros viven dentro de pequeños aparatos y la consumimos sin detenernos a disfrutarla. ¿Será que eventualmente nuestra realidad la veremos a través de una pantalla? ¿Qué será de las generaciones que quizá ni si quiera aprenderán a leer en libros?

A decir verdad, me siento dividida. Quizá en parte por encontrarme del otro lado del charco, esta tecnología salva mi vida. Estoy segura, por otro lado, que estando en la misma ciudad elijo sin dudarlo un segundo la vida real. Y en lo que se refiere al libro de todos los libros, el de la vida real lo construyo en mi cabeza con mis amigos y sus increíbles sugerencias que siguen expandiendo mi lista de pendientes al infinito.

Me encantaría leer sus comentarios. ¿Digital o en papel? ¿Libros favoritos? ¿Recomendaciones?

El Síndrome del Jamaicón

¿Qué nos pasa a los mexicanos fuera de México? Con este ambiente mundialista, alguien se preguntaba por ahí: por qué no somos tan nacionalistas cuando estamos en México como cuando estamos fuera de él. Bien decía Ale que viajar nos cambia. Y aprovecho que estamos en pleno Mundial para recordarles la anécdota del síndrome del Jamaicón.

José ‘El Jamaicón Villegas’ fue un futbolista mexicano que después de que la selección recibiera una goliza frente a Inglaterra (8-0) declaró que no había podido jugar bien ‘porque extrañaba a a su mamacita, que llevaba días sin comer birria y que la vida no era vida si no estaba en su tierra’. Durante otra eliminatoria, después de escaparse de la cena le explicó a su entrenador por qué no había cenado: ‘Cómo voy a cenar si tienen preparada una cena de rotos. Yo lo que quiero son mis chalupas, unos buenos sopes y no esas porquerías que ni de México son.’

Éste es mi primer mundial fuera de México, aunque no la primera vez que vivo fuera de él. Esta es la segunda ocasión que vivo lejos de mi México lindo y querido, la primera venía preparada con una botella de Valentina, habanero, dos latas de rajas y unos frijoles.  No repararé en detalles, pero basta decir que esta vez tuve que pagar sobrepeso en mi maleta para traer toda la comida que quería y que ni así fue suficiente. También he de confesar que he aprendido o he intentado cocinar más cosas mexicanas desde que estoy fuera. En la medida de lo posible, busco sustitutos o ingredientes que me hagan recordar un poco a mi querido país. Pregúntenle a cualquier persona que haya intentado una dieta donde le prohiban comer tortillas la tortura que es. Imaginen no poder saciar un antojo por cualquier alimento rico en vitamina T (y ni me pidan elegir entre una simple tortilla, tacos, tortas, tlacoyos, tlayudas, tamales y cualquier otro que usted, amable lector, quiera agregar a la lista) o no tener limón o salsa a la mano para darle sabor a su comida.

Estando fuera tendemos a buscar más las cosas que tenemos en común entre mexicanos (y con otros latinos) que pelearnos por nuestras diferencias. Ver jugar a la selección es estar un paso más cerquita de México, aunque no te guste el futbol. Las cosas que suelen separarnos estando en México no son un motivo suficiente para distanciarnos estando fuera. Solemos ser más pacientes y tolerantes con cosas con las que no estamos de acuerdo porque ese alguien es como nosotros. ¿No sería lindo si supiéramos hacer eso estando en México?

Recuerdo perfectamente la primera vez que volví a México después de una larga ausencia; la primera parada a unos 30 minutos del aeropuerto fue un plato de Pozole. No hace falta decir que lloré con mis primeros tacos al pastor. Y no sólo es la comida. ¡Cuando uno está fuera extraña tantas cosas que estando en México damos por sentado! ¡La familia y los amigos! ¡El sentido del humor! ¡La lindura de nuestro idioma! ¡La belleza de nuestras ciudades! ¡La música! ¡La increíbe riqueza cultural! ¡Nuestra historia!

Darse cuenta o reafirmar que amamos a nuestro querido México (estando a la distancia o no) no tiene por que volvernos ciegos. Quizá es una forma simplista de verlo. Los problemas que tenemos no desaparecen porque no estemos ahí o porque no los veamos diario, pero nos dan cierta distancia para verlos desde otra perspectiva y un sentimiento de necesidad por cambiarlo. No sé ustedes, pero estando en México me quejaba mucho de muchas cosas. Estando fuera recordé el México que siempre he querido. Dejé de definirlo en términos de políticos y problemas y lo vuelvo a ver con todas las cosas increíbles que tenemos, más los (muchos) retos y oportunidades. Dejé de quejarme, porque ahora pienso en qué cosas puedo hacer para cambiarlo, porque creo que no debemos dejar que todo dependa de los políticos. Tal vez es indispensable viajar para padecer el síndrome del Jamaicón y recordar las cosas buenas que no podríamos ver de otra manera. Me encantaría que fuera contagioso para llevar un poco de esto de regreso a México.

¿Y a ustedes qué les ha hecho padecer este síndrome?

Mujeres ¿a la banca?

Empecé escribiendo esto mientras pensaba ¿Será cierto que a pocas mujeres nos gusta el fútbol? Los números no cuadraban en mi cabeza. Puedo decir con certeza que he conocido más mujeres a las que les gusta el fútbol, que a las que no. Quizá no todas sean hinchas de corazón, vean 3 ligas diferentes cada semana o puedan citar estadísticas y partidos históricos, pero sin duda disfrutan de una buena tarde de fútbol. Reconozco también que hay aficionadas de ocasión, pero ¿qué tanto ama el fútbol un villamelón de cualquier tipo?

Muchos de mis mejores recuerdos me llevan inevitablemente a tardes futboleras. Los entrenamientos, partidos y torneos mientras jugué para el equipo de mi universidad. Las veces que había que infiltrarse al estadio enemigo para poder ver a mi equipo favorito. Lo impresionante del Estadio Azteca cuando todos apoyamos al mismo equipo, cantamos el himno a una sola voz y coreamos el cielito lindo con todo el corazón. El estrés por escuchar los goles mientras estás atorada camino al estadio para ver a la selección. Los latidos en tus orejas mientras esperas que el árbitro pite el final del partido. Los festejos en el ángel cuando te vuelves campeón del mundo en casa. Los viajes en coche donde te aventuras a conocer la ciudad mientras te apresuras para ver a tu equipo jugar en tu casa. Ahogar los gritos de gol por haberte sentado cerca de la porra incorrecta. La detallada preparación para ver una final de la champions con una cantidad brutal de comida. Los días de jugar FIFA en Xbox mientras resuelves dudas existenciales. La emoción infinita al tener en tu mano un boleto para un juego de Champions, donde al fin verás jugar a tu equipo de alguna liga europea. Y podría seguir así por un buen rato.

Sin embargo, cada vez que confieso mi amor por este lindo deporte, la reacción más común es de…¿sorpresa? Pareciera que el fútbol fuera solo para hombres…Esperen un minuto… A decir verdad, ser una mujer a la que le gusta el fútbol no es sencillo. A pesar de lo mucho que me gusta, llevo varios años con piedritas en el taco. Les dejo tres ejemplos de a lo que me refiero:

La marca de cervezas Heineken tiene un concurso cada año para llevar a una afortunada pareja a la final de la Champions. Los concursos varían un poco cada año, pero en general se basan en que el hombre tiene ya un boleto y debe ganar el segundo boleto para su novia cumpliendo algún reto, en el que por lo general la novia es parte de ¡los obstáculos! Incluso hace poco lanzaron una campaña polémica donde ‘liberaban’ a los hombres para que pudieran ver la final de la champions, ofreciendo descuentos en zapatos justo a la hora del partido para sus novias. ¿Cuántos concursos han visto dónde las mujeres podamos ganar boletos? ¿Por qué tenemos que ser consideradas obstáculos a vencer? ¿Y quién dijo que tengo que elegir entre zapatos y fútbol?

Tres o cuatro sitios de deportes de los más populares (al menos en chilangolandia) tienen una sección específica y normalmente en primera plana (y que a veces raya en spam en sus redes sociales) dedicada a mujeres, usualmente modelando en bikini o algo por el estilo. Y por otro lado ni las luces de secciones de fútbol femenil. Las únicas señales de los equipos femeniles son algunos artículos cuando se juega el mundial. ¿Por qué tengo que chutarme 25 tuits al día diciéndome que vea las nuevas fotos en bikini de la novia de Ronaldo, cuando lo que me importa es el fútbol? ¿Por qué estoy dedicándole mi tiempo a un sitio que en su mayoría nos hace ver como un objeto? ¿No les parece totalmente misógino e innecesario? ¿De verdad es necesario que para que pueda leer de fútbol sin encontrar estas cosas necesito que mujeres futboleras creen un sitio y escriban de fútbol? Me pregunto a cuántos hombres les gustaría que hubiera secciones de futbolistas guapos modelando ropa interior.

Las mujeres también tenemos vela en este entierro. Tristemente hace unas semanas encontré que alguna de mis conocidas había publicado en alguna infame red social un artículo que decía como teníamos que comportarnos las mujeres durante el mundial. No incluiré el link, pero en resumen las instrucciones iban desde comprar, preparar y servir la comida hasta quedarse callada mientras transmitieran el partido. ¿Por qué algunas mujeres tienen la percepción de que por ser mujeres no debe gustarles el fútbol? ¿O que debe gustarles menos que a los hombres y por ende para hacerlo feliz hay que disfrutarlo menos? De hecho, ¿quién les dijo que por ser mujeres tienen que hacer o dejar de hacer, disfrutar o amar algo?

Muy lejos de ser Fair play, ¿no? ¿Mi sugerencia para bajar este balón? El amor al juego. Personalmente dejé fuera todo aquello que no fue fútbol. Di unfollows y unlikes a los sitios con esas secciones, y busco nuevas fuentes para leer noticias deportivas (¡Se aceptan recomendaciones!). Trabajo y ahorro para comprar mis boletos. Quizá en algún futuro pueda tomar turnos con algún afortunado para ver a quién le toca comprar los boletos para el siguiente partido (Y no tomo esa cerveza, iugh). Es cierto que no resuelve el problema, pero podemos empezar acomodando bien la barrera. ¿Qué tenemos que hacer las mujeres éste mundial? Lo que se nos pegue la gana. Tarjeta roja y a correr en dirección opuesta a cualquier espécimen que se atreva a sugerir reglas así te guste o no el fútbol. Y si te gusta, ¡grita, festeja, maldice, brinca y corre con cada gol! Y si alguien esperaba algo distinto, como diría Albert Camus: “La pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga”. ¿Ustedes qué opinan?

@petite_argen