Ayotzinapa

Al momento en el que empezamos a escribir esto han pasado 11 semanas desde ese triste 26 de septiembre (al momento de su publicación han pasado 16 semanas) (Para aquellos que de alguna forma no se han enterado aquí hay un recuento).

Escribir al respecto no es fácil, ¿por dónde empezar? ¿qué hacer con el nudo en la garganta? ¿con el enojo, la tristeza, la impotencia, la desesperación?

Ayotzi-¿quién?.

de: Ale (@pichikamonster)

Desde siempre me he considerado una persona apolítica. Los temas relacionados con el gobierno, sus juegos y sus mañas en mi país y en el resto del mundo me tienen sin cuidado. No me interesa enterarme de las artimañas utilizadas para dirigir al pueblo. Sin embargo, lo que está pasando en este momento en México (en realidad desde el periodo electoral pasado) ha logrado llegar a tocar en lo más profundo de mi ser, la única fibra nacionalista que tengo y es que ¿cómo no moverla cuando estás viendo que el país al que amas está cayendo a pedazos bajo un gobierno absurdo y retrógada? ¿Es que acaso no tenemos memoria y no recordamos la situación que se vivió en este país durante estos 70+ años de gobierno del PRI? La respuesta es no, y eso me duele. Me duele en lo más profundo porque yo, como muchos mexicanos, tengo la esperanza de que este país crezca. Porque creo que tenemos los recursos para hacerlo y creo que tenemos muchísima gente dispuesta a trabajar por ello. Lo que nos falta, claramente, es una buena dirección, y mientras los que nos gobiernan se dedican a robar y asesinar gente a diestra y siniestra, el crecimiento simplemente no puede existir; al contrario.

Sabemos que México está enterrado bajo varias capas de narcotráfico, donde se encuentran involucrados desde jóvenes que la hacen de “dealers” en la calle hasta altos funcionarios del gobierno. Ha sido así por años, pero de alguna manera y en cierta medida, antes estaba bajo un cierto control. Quiero decir, hasta hace algunos años, si escuchábamos sobre muertos y decapitados aún existía este pensamiento un tanto ingenuo “seguramente estaban involucrados. seguramente le debían algo a alguien”. Lo que pasó con los 43 estudiantes de Ayotzinapa fue un parte-aguas abre-ojos para la mayoría de la gente, nos trajo a la conciencia colectiva algo que ya estábamos pensando pero que no queríamos exteriorizar: ya nadie está seguro. No tienes que deberle nada al narco para que te maten desaparezcan en este país, basta sólo con ser estudiante e intentar manifestar (pacíficamente, por cierto) ideas distintas a lo que dicta el gobierno actual.

Es la primera vez que me siento cercana a una causa, pensar en la gente que ha salido a marchar y a manifestar su inconformidad me llena el corazón de una calidez inesperada. Aunque yo no sea una de esas personas (no me siento lista para salir a las calles, aunque me gustaría) admiro mucho su determinación y quiero ayudar desde mi trinchera. No quiero vivir con miedo, no quiero ver hundirse a este país en las manos de este gobierno. Quiero ver al México que lucha, que crece y que sale adelante.

No me queda más que compartirles un reportaje de Vice News que relata la historia de los 43 estudiantes desaparecidos. Se los recomiendo mucho y espero que puedan darse el tiempo para verlo.

“Mira tus huesos rotos y tu belleza desfallecer…”

de: Bex (@labruja_cosmica)

Llegué a México hace poco más de un mes y medio. Llegué con una mezcla de sentimientos, por un lado llegué a la expectativa de enfrentar una realidad que me parecía lejana y que solo había podido imaginar a través de las redes sociales y de las noticias tendenciosas que me llegaban hasta el que fue mi hogar por casi dos años. Llegué también ilusionada y esperanzada (quizá demasiado) en que por fin el pueblo despertara, se manifestara y pusiera un hasta aquí de todo lo que ha pasado. Sabía también que este último detalle no sería fácil ni inmediato, lo cual me hacía pensar que yo también podría participar y generar un cambio.

Día a día mi esperanza decae y mi tristeza avanza conquistando un territorio que debía de pertenecer al optimismo. Día con día me encuentro con gente joven que llama revoltosos a quien se atreve a criticar a un gobierno corrupto e impuesto en muchos sentidos, me encuentro gente no tan joven que ha tenido la sangre fría para decir que aquellos normalistas se lo merecían y que critican a sus padres por no haberlos detenido sabiendo que eran un problema. Me he encontrado a aquellos, que como yo, están hartos de vivir con miedo y que de alguna manera buscan levantar su voz y hacer el cambio.

Ya lo hemos dicho y no somos las primeras en hacerlo, el cambio está en nosotros sí y definitivamente no todo es marchar, me parece que lo que hace falta son propuestas y alternativas que complementen ese cambio o esas manifestaciones. Me rompe el corazón que lo siguiente es preguntar ¿a quién se las proponemos? ¿qué diferencia hace que yo proponga algo si nadie está ahí para escuchar? Lo sé, no es fácil, las mejores cosas nacen de su dificultad.

Me preocupa que somos un país tan grande que los gritos de ayuda de tantas personas en la sierra se pierden y no los logramos escuchar hasta la jungla de concreto que es el D.F. Me preocupa que somos tantos que es fácil perder una causa y distraernos con cualquier artilugio o con cualquier festividad venidera. Paradójicamente eso también me da un poco de esperanza, porque dentro de todo, sigo siendo idealista y  creo que la grandeza de este país tiene que resurgir y crear un cambio,  aunque también estoy consciente que esto tomará un tiempo.

No me queda más que poner mi granito de arena, pelear sin bandera partidista por aquello que creo, la justicia, la libertad y la paz… porque yo definitivamente no quiero un país en el que viva con miedo, en donde no puedo salir y conocer tantas bellezas que se esconden y que nos esperan.

“Aunque callen mi voz, el eco permanecerá…”

N.A. El título pertenece a la canción “Volcán” de Café Tacuba.

Puntos sobre las íes.

de: Argen (@petite_argen)

Soy mexicana. Amo a mi país. Y mi país me ha roto el corazón más de una vez. Ayotzinapa no es la primera vez que mi México querido me duele hasta el alma y que me deja un sentimiento de náusea por la crueldad de la que somos capaces los seres humanos, más bien se une a una colección de grietas y huecos que han ido creciendo mientras lo hago yo.

Quizá desde un punto de vista diferente, estos son mis puntos sobre las íes:

Internacional. Pese a las cosas que no me gustan de las redes sociales, sé que son herramientas útiles (cuando las sabemos usar) y que permiten que nos organicemos para expresar de forma multitudinaria nuestro desacuerdo. De lejos se me han llenado los ojos de lágrimas con la pesadilla que parece no terminar nunca, pero también al ver la respuesta de miles para exigir algo que por derecho nos corresponde.  Las redes sociales han ayudado mucho a denunciar abusos y omisiones de nuestro gobierno. En el extranjero, han ayudado a que otros mexicanos se unan y apoyen desde lejos. También han fijado la mirada internacional (a ratos) en México y se ha logrado que a nivel internacional se discuta y se cuestione al país aunque sea un poco. La parte difícil de todo esto es ver que tan fácil un discurso vacío puede cambiar lo que la prensa internacional reporta.

Información. Viviendo lejos, leer para estar informado es imprescindible y de las pocas opciones que hay. Hay muchos textos circulando escritos por personas con más conocimientos en el área que los míos, por lo que no intentaré decirles qué opciones tenemos o qué podemos hacer, solo diré que me parece importante tener varias fuentes con puntos de vista diferentes.

Internet.  Nuestro aliado y nuestra maldición, somos increíblemente propensos a generalizar: Si me critican o me cuestionan están contra mi. Si no marchan no están haciendo nada, si marchan son unos revoltosos. Algunos activistas piensan que con dar RT y Like es suficiente. ¿Quién toma en cuenta la diferencia entre estados? ¿Organizamos marchas por internet, mientras que 3 de 10 personas tienen acceso a internet en todo el país? ¿Cómo los incluimos? ¿Consideramos en las demandas la diferencia entre las necesidades de lugares urbanizados vs. los rurales?  ¡Válgame, hasta si a uno le gusta el fútbol es parámetro crítico cuando uno quiere protestar!

Lo influenciables que somos. ¿Cuántos periódicos se mantienen objetivos cuando escriben sobre el tema? ¿Cuánta gente lee más de una versión? ¿Cuántos retuits y likes (o quejas) reciben artículos con títulos que no van exactamente con su contenido? Incluso los anarquistas, provocadores e infiltrados cuentan con esto para incrementar su presencia durante cualquier manifestación y ver quién se une a sus desmanes por la mera inercia. ¿Qué tan críticos somos cuando leemos a alguien que “esta de nuestro lado”? En relación al punto anterior y considerando la enorme diferencia en educación entre ciudades y zonas rurales, ¿Cómo esperamos que tengan opiniones propias y críticas si apenas tienen educación? Y tristemente, aún cuando (supuestamente) tienen educación, abundan los ejemplos donde nuestro gobierno se escuda en esto y hasta de excusa lo utiliza para cometer más abusos.

Lo fácil que es dividirnos. Aún cuando parece que estamos todos del mismo lado, inconformes con la injusticia e impunidad del país es increíblemente fácil hacer que existan bandos. No falta también quien busca politizar absolutamente todo y culpar a un solo color de lo que sucede. Y para poner la cereza en el pastel, las reacciones más comunes suelen ser agresivas en vez de argumentativas.

Indiferencia. Entiendo que muchos de nosotros estemos cansados de ver a nuestro país así y que estemos frustrados porque las cosas que hayamos intentado hacer antes no hayan funcionado. Nuestras expectativas cuando intentamos ayudar es que los efectos sean a largo plazo, pero desafortunadamente la situación (los políticos, los problemas, nuestras actitudes como sociedad, etc.) lo impiden. Aún así, personalmente creo que siempre es mejor una pequeña ayuda (aunque sea temporal) a nada, aunque no cambiemos permanentemente al país, tal vez le cambies el día a una persona y aveces más. Sin importar si vivimos fuera, por elección o porque no hay de otra, si queremos regresar o no, casi sin excepción tenemos gente que queremos y por la que esperamos que el país mejore en vez de empeorar. Se vale sentirse frustrados y cansados y es decisión de cada quién cómo y cuándo se involucra, pero creo que en lugar de desanimar a alguien que en este/ese momento busca hacer algo más y que algunos ya no están dispuestos a hacer, podríamos usar sus malas experiencias para señalar que se puede hacer mejor en vez de por qué no va a funcionar. Si lo quieren ver así, lo que hicieron al menos le servirá a alguien más como punto de partida en vez de ayudar a que más gente no haga nada. Nadie dijo que ayudar es fácil y salir de la zona de confort para hacerlo menos.

Mensaje incluyente. Este es uno de los puntos más difíciles. ¿Cómo y quién decide qué tomar en cuenta para unificar todas las voces del movimiento? Hay muchas opiniones al respecto. En mi opinión, #TodosSomosAyotzinapa nos es común porque todos hemos sido o conocemos a alguien directamente que ha sido víctima no solo de la violencia que se vive en el país , sino de la IMPUNIDAD. Me he preguntado muchas veces ¿qué pasará si (cuando) se resuelva el caso de los 43 estudiantes desaparecidos? El mensaje actual del movimiento gira en torno a la justicia y resolución de este caso. ¿Cómo podemos cambiar el mensaje para hacerlo más incluyente sin que éste pierda fuerza? ¿O dejaremos de exigir si (cuando) se resuelva? Desde la denuncia de la desaparición de los estudiantes, en Guerrero se han encontrado ~18 fosas comunes, ¿protestamos por ellos también? ¿La guardería ABC? ¿Aguas blancas? ¿Tlatlaya? ¿Cómo protestamos por los ~26 mil (varía según donde se lea) desaparecidos ?

Involucrarse. Confundir protestar con marchar. He leído varios artículos que hablan sobre si cada uno de nosotros cambiamos, podemos cambiar a México (ejemplo aquí). Coincido con algunas cosas, necesitamos urgentemente cultura cívica en el país. ¿Quién ha leído la constitución completa? ¿Qué pasa si Peña renuncia? ¿Cuántos saben quiénes son sus representantes en las cámaras legislativas? ¿Qué opciones tenemos como ciudadanos para exigir rendición de cuentas de nuestros gobernantes? ¿Empezar la limpieza de abajo para arriba o de arriba a abajo? ¿#QueSeVayanTodos? A ciencia cierta, no sé cual sea la respuesta. Sé que en nuestro gobierno, al menos alguien en todos los niveles y todos los colores están comprometidos. Sé que se necesita gente valiente, que proteste y no solo marche. Mexicanos que se INVOLUCREN. ¿Cuántos estamos dispuestos a dejar la zona de confort en la que vivimos para cambiar al país de verdad? No podría decirlo mejor que el tuit de abajo:

 

 

No soy una sombra.

Hace algunos años, tuve un amigo que afirmaba que la razón por la cual la mayoría de las mujeres terminaban solas era por ser feministas. El día que me lo dijo, sabía que de una manera sutil me ‘recomendaba’ no serlo. En ese momento, no me di cuenta de todo el trasfondo de este comentario y mi reacción fue, como siempre, pasivo agresiva.

No planeo dar toda una explicación sobre el feminismo y el machismo en culturas como la nuestra, tampoco hablaré de todas aquellas cosas que hoy no deberían existir pero que existen. Creo que ya hay demasiados artículos y comentarios al respecto como para que los llene de uno más. Por el contrario, hoy les quiero contar lo que me sucedió el primer día que tuve una reunión con mis compañeras de maestría y que me puse un Al-Amira (o como la mayoría de las personas lo conocen: Burka). Ese día cambió por completo mi percepción de feminismo.

Durante mi universidad, tomé algunos cursos que me acercaron un poco a Medio Oriente y un poco a las distintas religiones que existen en nuestro planeta. En México, jamás me encontré con alguna mujer que cubriera su cabello y en realidad podía delimitar- tristemente- dos tipos de Burka, la que cubre el cuerpo completo y la que no. Así de malo era mi conocimiento sobre todo este mundo tan lejano al mío. Sabiendo que no era toda una erudita en el tema, me dediqué a investigar un poco antes de cometer algún error todavía más vergonzoso.

Al llegar a Alemania, tuve la oportunidad de conocer a muchísimas personas de todas partes del mundo. Durante mi curso de alemán conviví con hombres y mujeres musulmanes y budistas que en las conversaciones del día a día, me daban un vistazo de su perspectiva. En algún momento, me topé con una persona de un país de África, la cual, al contar su historia de vida no pude más que pensar ‘qué sociedad tan machista’.

Nunca lo dije en voz alta y quizá me hubiera podido quedar con esa imagen de por vida, si no fuera porque unos días después conversé con un mexicano que conocí en un parque y, para mi sorpresa, la visión era un poco similar a la de esta persona africana. La concepción que podemos tener sobre un término  está ligado a nuestras experiencias, a nuestra historia y religión y a nuestra cultura. Eso no había más que aclararlo.

Los meses pasaron rápidamente y yo aún inmersa en mi perspectiva occidental, comencé mi maestría. En este momento, creo que es pertinente aclarar que de mi grupo de maestría yo era la única persona del continente americano y me contaba entre las 4 personas no musulmanas o budistas del grupo. Las pocas materias en las que mi grupo coincidía con otro grupo de alemanes trascendían sin mayor detalle. Y por el contrario, en las clases en las que sólo estábamos nosotros me parecían fascinantes.

Las conversaciones dentro del salón de clases eran tan distintas a las que estaba acostumbrada. Me sorprendía escuchar sus relatos de guerra, refugiados, pobreza y educación. Todos siempre hablaban de sus países con un amor desmedido y contaban las historias a detalle, como si jamás nadie las hubiera contado. En más de una ocasión lo que más me sorprendió fue el hecho de que aún dentro de tantas cosas negativas, aún conservaban la fuerza para ser positivos y decir comentarios buenos con una sonrisa en los labios y lo más importante, sin sarcasmo. Más de una vez tuve que pensar lo que debía decir, porque mi costumbre mexicana me metía el pie cada que alguien preguntaba por el gobierno o por la delincuencia. Aprendí a no ser sarcástica y por el contrario, buscar lo positivo y negativo del problema.

No voy a mentir, me costaba mucho trabajo juntarme con ellos y raramente lo hacía. No porque me aburriera o porque no quisiera escuchar lo que podrían contarme, sino porque muchas veces me costaba trabajo acostumbrarme a salir solo niñas a hablar sobre cuestiones culinarias y hogareñas. Los que me conocen bien saben que ese no es mi fuerte, y para mi lado ‘feminista occidental’ eso hacía corto circuito. Sin embargo, lo hice y no me arrepentí de cambiar noches de cerveza, por tardes de té y henna.

Llegó el Ramadán y con ello, una soledad anunciada en las clases y reuniones fuera de la escuela. Las conversaciones se limitaban a un mensaje al celular o en el muro de Facebook. El calor y los días tan largos suponían una amenaza a mis compañeros que debían pasar desde las 3 de la mañana hasta las 10 de la noche sin comer ni beber. Sin embargo, un buen día me llegó una invitación a casa de una de mis compañeras, ¡me invitaban a un ‘Iftar’!, lo cual se refiere al momento en el que los musulmanes rompen su ayuno al caer el sol.

Aprendí tantas cosas esa noche entre niñas como antes nunca lo había hecho ni imaginado. Probé comida deliciosa y aprendí también que les encanta el agua de jamaica para después de comer y antes del café o del té. Por primera vez en muchos meses vi el cabello largo y oscuro de mi amiga, el cual siempre lo oculta debajo de bellos pedazos de tela que combina a la perfección con su ropa día a día.

Esperamos un tiempo hasta que su aplicación le indicaba la hora exacta en la que podía romper el ayuno. La alarma de la aplicación sonaba como el típico llamado a rezo que se escucha en las ciudades musulmanas, para mí, por supuesto, todo era nuevo. Pasaron una a una a la habitación de mi amiga a rezar de manera individual; fue entonces cuando una chica alemana preguntó si podía entrar para ver cómo rezaban.

En lo personal, me dio mucha curiosidad, pero no dije nada, pues asumí que era un momento personal y que en realidad esas cosas no son como acostumbramos al ser turistas, para ir y tomar cuanta foto podamos. La respuesta no se hizo esperar, y aunque no fue directa, se daba a entender que ese no sería el lugar para hablar de eso o referirnos a temas religiosos.

Mientras comíamos hablábamos sobre todo y sobre nada, se hacían chistes sobre la escuela y sobre la temida tesis, la cual nos comenzaba a atormentar. De pronto, una de las chicas contaba cómo había viajado unas semanas de vacaciones a Egipto y se ‘había enfrentado’ a un chico que la miraba desde el otro lado de la calle. Ella al notarlo, se había acercado y le había dicho ‘¿te debo algo?’ y entre risas se había ido.

El comentario causó revuelo entre las demás asistentes de la cena. Comentarios como ‘qué valentía’ y ‘¿te regresaste a disculpar?’ no se hicieron esperar, mientras yo pregunté sobre la reacción del chico en cuestión.Por un momento no sabía qué había dicho mal, todas me miraron sorprendidas, salvo la chica alemana quién a la vez me miraba a mí confundida.

Tardamos unos cuantos minutos en entender que en realidad no nos debía de importar la respuesta del chico, pues la importancia radicaba en la valentía no permitida de una mujer de dirigirse de esa manera hacia un hombre desconocido. Una de ellas me dijo textual: ‘si yo hubiera hecho eso, seguro me cortan la mano, bueno… quizá no, pero sí me encierran unos días. Mi hermano, hubiera tenido que ir a disculparse y yo, bueno, sería la desgracia de la familia.’

Para no hacerles el cuento largo, la conversación derivó a la manera en la que ellas, como mujeres musulmanas, debían dirigirse en su día a día hacia la sociedad. Cómo vivían, sus costumbres y sus perspectivas al respecto. La noción de ser mujer es lo más importante dentro de sus culturas, ya que ellas son las dadoras de vida,por lo cual los hombres deben de protegerlas. Aunque en teoría los hombres y las mujeres son iguales ante los ojos del Corán, en la realidad las cosas son muy distintas, pues los hombres son los proveedores de bienestar y dada su condición de superioridad las deben de proteger. Todo esto se debe entender que sucede en lugares como Afganistán, Pakistán, Palestina o Egipto, pues es completamente diferente en Arabia Saudita, por ejemplo.

Me contaron, por ejemplo, cómo al regreso a sus países estarían esperando la lista de pretendientes que sus padres han armado en este período para que ellas comiencen su ronda de presentaciones para al final casarse. Para todas es algo normal, algo que les ilusiona y que esperan ansiosas para poder cocinarle algo rico después del trabajo. No les parece malo pues como me dijeron ‘¿Quién te conoce mejor en este mundo que tus padres? Confiamos en que ellos decidan a alguien que nos merecemos.’En realidad les preocupa que no funcione su matrimonio pues ‘a los hombres no les gusta tener competencia en la casa’, me dijeron refiriéndose a tener una mujer con una carrera exitosa ¿qué eso no podría pasarnos a nosotras también? Lo que les asusta es que al final no puedan quererse ¿pero que eso no nos pasa hasta a las que no nos arreglan el matrimonio?

Me cuentan cómo sus hermanos mayores, primos o dado el caso el esposo (y si no tienen, el papá es el elegido) son las que deben protegerlas, ellas no pueden enfrentarse o contestarle de la manera en la que estamos acostumbradas en México a un hombre que decide decir un piropo mal intencionado en la calle. Pese a que yo hubiera pensado distinto, ellas están cómodas con ello porque así han crecido y de todos modos ‘no les interesa contestarles’ (Y aún así, todas se emocionaron cuando la chica le contestó al otro chico en Egipto…).

Antes de terminar, les pregunté cómo se sentían con el hecho de tener que cubrir su cuerpo, pues es algo que ha llamado mucho mi atención. En algunos países musulmanes es obligatorio que las mujeres cubran su cabello, su cuerpo y su rostro. Ello depende de cada país, de la edad de cada mujer y si se encuentra casada, de la decisión de su esposo. La primera vez que yo vi personalmente a un grupo de mujeres utilizando una Burka, fue durante mi visita a Bonn, la antigua capital alemana. Cuando las vi pasar fue un gran shock para mí, aunque había visto fotos, definitivamente en vivo es otra experiencia. En ese momento llegué a pensar fue ‘es que quieren que sean unas sombras, que no existen’. Les comenté incluso de esa imagen que se alguna vez me encontré en las redes sociales:

Ellas entre risas me comentan lo evidente, todo depende de cómo lo veas. Para ellas les parece innecesario tener que encuerarse para sentirse libres y en realidad hay mujeres que se sienten libres aún a pesar de estar cubiertas totalmente, todo depende de su situación. Pero no se trata de estigmatizar a la religión o a la cultura, cuando muchas veces es la decisión de una mujer a traer una prenda que la cubra por completo.

Para mi compañera afgana, fue muy fácil llegar a Alemania y dejar de utilizar su Shayla, pero a la vez muy complicado explicar a sus conocidos en Facebook porqué en las fotos aparecía sin ella. Me explicó que su familia en realidad no es muy conservadora, sin embargo al salir de casa y de la oficina, ella debía cubrir su cabello, pero para las demás personas más religiosas es complicado explicar por qué fuera de Afganistán ella decide no utilizarla.

Mi compañera de Egipto me comentó que en su país es todo distinto, es el ‘desmadroso’ de la zona y en realidad no te obligan a usarlo. Solamente al entrar a templos o lugares con mucha gente, pues aún hay gente muy extremista a la que no les gusta tanta libertad. Ella lo hace de vez en cuando, pues le parece un accesorio lindo y femenino.

Mi compañera Palestina, por ejemplo, decide utilizar su Al-Almira todos los días desde que cumplió 15 años aún sin estar en su país. A ella no le causa un problema y por el contrario, lo ve como una muestra de respeto hacia su cuerpo y su persona. Me dijo: ‘la primera vez que te ves con uno puesto, en realidad te comienzas a ver a ti misma, más allá del maquillaje o de la ropa o de cómo decidas peinarte, porque el valor de una mujer va más allá de eso’.

Sin más, se levantó y volvió con unos pedazos de tela. Me enseñó a recogerme el cabello para que no me estorbara en el momento de usarlo, me enseñó a ponerme cada una de las partes de su Al-Almira, (para cuando vaya a visitarla) y finalmente, me enseñó a mirarme distinta en el espejo. Es una sensación extraña y a la vez tranquilizante, es mirarte más allá de lo que estás acostumbrada. Tu autoconfianza sale a relucir en esos momentos en los que nada más importa, de pronto, el peso de tus reacciones son mucho más grandes que cualquier otra prenda o estilo de maquillaje. Definitivamente, no eres una sombra aunque cubras tu cabello, sino todo lo contrario, buscas la manera de lucir más.

No podría decir que entiendo a la perfección su religión o su cultura. Tampoco si es correcto o no cubrir tu cuerpo entero y permanecer como tantas mujeres permanecen sumisas detrás de su esposo. La realidad es que entre el tiempo pasó y pude conversar más con ellas, me di cuenta que los problemas de género que podemos tener en occidente también los tienen en oriente.

¿Es que acaso no somos encasilladas a no vestir vestidos cortos para no parecer mujeres ‘fáciles’? O peor ¿tener que utilizar uno para conseguir cosas? Quizá no llegamos a que nos arreglen el matrimonio pero finalmente aún hay partes conservadoras en las que sino te casas o formas una familia en realidad no existes como mujer. También hay violencia de género en donde la mujer no puede levantar su voz contra el hombre que la maltrata psicológica o verbalmente, pues es menospreciada o maltratada. ¿En qué medida en nuestra sociedad también tratamos a las mujeres como si solo fueran una sombra?

Aquí les dejo una guía para entender un poco más los distintos tipos de cubierta utilizadas por mujeres musulmanas.

Espero sus comentarios y opiniones respecto al tema.

@labruja_cosmica

Viajar me cambia

Quien dice que la gente nunca cambia, miente. Si bien es cierto que a través del tiempo nuestra esencia puede permanecer intacta, los seres humanos somos producto de una evolución, un aprendizaje continuo y una recolección de experiencias que nos ayudan a modelar nuestra persona. Quien no evoluciona está muerto. En mi caso personal, cada vez que viajo y visito un nuevo lugar, experimento estos cambios en forma más intensa y radical y a mi regreso, siempre intento adaptarlos a mi vida diaria.

Antes de continuar debo hacer una confesión: nunca he viajado sola. Me he subido sola al avión pero al llegar siempre ha habido alguien esperando. Dicen que viajar solo es algo que hay que hacer al menos una vez en la vida y estoy esperando mi oportunidad, sin embargo creo que soy el tipo de persona que disfruta mucho compartiendo momentos y descubrimientos con alguien más y hasta el momento me ha funcionado muy bien.

Recuerdo desde chica los viajes que hacía con mi mamá y mis tías que no desperdiciaban vacaciones para llevarme a Disneylandia, Nueva York, San Francisco, Canadá… Desde que tengo memoria, cada verano era un lugar diferente. A veces, como en Disneylandia, la diversión no paraba hasta el momento en que terminaban los fuegos artificiales del parque y yo colapsaba automáticamente en los brazos de alguna de ellas. A veces era más cultural, como en Nueva York, ciudad en la cual aprendí a amar los museos y de donde nunca olvidaré a Gus, el oso polar con OCD del zoológico de Central Park (que en paz descanse). Nunca olvidaré la primera vez que vi un Pollock en persona en el MOMA de San Francisco ni los increíbles dioramas de animales en el Smithsonian. O la vez que mi primo nos llevó de sorpresa a ver un partido de basquetbol o la primera vez que vi un musical de Broadway (Le Mis y me quedé dormida). En fin, ustedes entienden la idea: imposible no cambiar mi visión de la vida creciendo de esta manera. Imposible permanecer inmutable. Cada viaje es un aprendizaje y cada vez que regresaba a casa siempre quería más.

A los 20 años hice el que quizás sea el viaje más importante de mi vida hasta ahora, cuando decidí hacer un semestre de intercambio en Italia. Era la primera vez que salía del continente americano, la primera vez que no hablaba el idioma y la primera vez que viviría sola y sería responsable de mi propia supervivencia. Vivir en un lugar en el que las reglas cambian, las porciones de comida son más pequeñas y el sistema de transporte público funciona bien, es una experiencia que aunque no quieras, te saca de tu zona de confort y te enfrenta a una situación completamente nueva y desconocida. Tuve que aprender a vivir en estas nuevas condiciones y en esos meses adquirí nuevas costumbres y procesos de vida que hasta hoy forman parte de mi rutina. Obtuve una nueva perspectiva sobre muchas cosas que nunca me había cuestionado (¿por qué los mexicanos decimos ‘salud’ cada vez que alguien estornuda? ¿Acaso la vida del estornudador se verá afectada si no lo hacemos?) o que me parecían simplemente normales (uno no puede emitir los mismos juicios después de sentarse a fumar una shisha junto a dos mujeres cubiertas por burkas).

Pero lo cierto es que al final, siempre regreso a casa. Pero regreso siempre un poco distinta. Los primeros días es más obvio: no acepto un café que no esté preparado en la moka o me rehuso a tomar una cerveza que no esté en la lista preparada por mis amigas en el viaje a Alemania y aunque poco a poco con el tiempo empiezo a ser más flexible con estas condiciones superficiales, siempre hay un cambio intrínseco que va mucho más allá en mi forma de pensar y de vivir la vida. Pequeños destellos que me recuerdan que viajé, conocí y aprendí.

Y ustedes, ¿alguna vez han hecho un viaje que les haya cambiado la vida?

 

Su servidora, en pleno cambio.

Su servidora, en pleno cambio.

@pichikamonster