Ayotzinapa

Al momento en el que empezamos a escribir esto han pasado 11 semanas desde ese triste 26 de septiembre (al momento de su publicación han pasado 16 semanas) (Para aquellos que de alguna forma no se han enterado aquí hay un recuento).

Escribir al respecto no es fácil, ¿por dónde empezar? ¿qué hacer con el nudo en la garganta? ¿con el enojo, la tristeza, la impotencia, la desesperación?

Ayotzi-¿quién?.

de: Ale (@pichikamonster)

Desde siempre me he considerado una persona apolítica. Los temas relacionados con el gobierno, sus juegos y sus mañas en mi país y en el resto del mundo me tienen sin cuidado. No me interesa enterarme de las artimañas utilizadas para dirigir al pueblo. Sin embargo, lo que está pasando en este momento en México (en realidad desde el periodo electoral pasado) ha logrado llegar a tocar en lo más profundo de mi ser, la única fibra nacionalista que tengo y es que ¿cómo no moverla cuando estás viendo que el país al que amas está cayendo a pedazos bajo un gobierno absurdo y retrógada? ¿Es que acaso no tenemos memoria y no recordamos la situación que se vivió en este país durante estos 70+ años de gobierno del PRI? La respuesta es no, y eso me duele. Me duele en lo más profundo porque yo, como muchos mexicanos, tengo la esperanza de que este país crezca. Porque creo que tenemos los recursos para hacerlo y creo que tenemos muchísima gente dispuesta a trabajar por ello. Lo que nos falta, claramente, es una buena dirección, y mientras los que nos gobiernan se dedican a robar y asesinar gente a diestra y siniestra, el crecimiento simplemente no puede existir; al contrario.

Sabemos que México está enterrado bajo varias capas de narcotráfico, donde se encuentran involucrados desde jóvenes que la hacen de “dealers” en la calle hasta altos funcionarios del gobierno. Ha sido así por años, pero de alguna manera y en cierta medida, antes estaba bajo un cierto control. Quiero decir, hasta hace algunos años, si escuchábamos sobre muertos y decapitados aún existía este pensamiento un tanto ingenuo “seguramente estaban involucrados. seguramente le debían algo a alguien”. Lo que pasó con los 43 estudiantes de Ayotzinapa fue un parte-aguas abre-ojos para la mayoría de la gente, nos trajo a la conciencia colectiva algo que ya estábamos pensando pero que no queríamos exteriorizar: ya nadie está seguro. No tienes que deberle nada al narco para que te maten desaparezcan en este país, basta sólo con ser estudiante e intentar manifestar (pacíficamente, por cierto) ideas distintas a lo que dicta el gobierno actual.

Es la primera vez que me siento cercana a una causa, pensar en la gente que ha salido a marchar y a manifestar su inconformidad me llena el corazón de una calidez inesperada. Aunque yo no sea una de esas personas (no me siento lista para salir a las calles, aunque me gustaría) admiro mucho su determinación y quiero ayudar desde mi trinchera. No quiero vivir con miedo, no quiero ver hundirse a este país en las manos de este gobierno. Quiero ver al México que lucha, que crece y que sale adelante.

No me queda más que compartirles un reportaje de Vice News que relata la historia de los 43 estudiantes desaparecidos. Se los recomiendo mucho y espero que puedan darse el tiempo para verlo.

“Mira tus huesos rotos y tu belleza desfallecer…”

de: Bex (@labruja_cosmica)

Llegué a México hace poco más de un mes y medio. Llegué con una mezcla de sentimientos, por un lado llegué a la expectativa de enfrentar una realidad que me parecía lejana y que solo había podido imaginar a través de las redes sociales y de las noticias tendenciosas que me llegaban hasta el que fue mi hogar por casi dos años. Llegué también ilusionada y esperanzada (quizá demasiado) en que por fin el pueblo despertara, se manifestara y pusiera un hasta aquí de todo lo que ha pasado. Sabía también que este último detalle no sería fácil ni inmediato, lo cual me hacía pensar que yo también podría participar y generar un cambio.

Día a día mi esperanza decae y mi tristeza avanza conquistando un territorio que debía de pertenecer al optimismo. Día con día me encuentro con gente joven que llama revoltosos a quien se atreve a criticar a un gobierno corrupto e impuesto en muchos sentidos, me encuentro gente no tan joven que ha tenido la sangre fría para decir que aquellos normalistas se lo merecían y que critican a sus padres por no haberlos detenido sabiendo que eran un problema. Me he encontrado a aquellos, que como yo, están hartos de vivir con miedo y que de alguna manera buscan levantar su voz y hacer el cambio.

Ya lo hemos dicho y no somos las primeras en hacerlo, el cambio está en nosotros sí y definitivamente no todo es marchar, me parece que lo que hace falta son propuestas y alternativas que complementen ese cambio o esas manifestaciones. Me rompe el corazón que lo siguiente es preguntar ¿a quién se las proponemos? ¿qué diferencia hace que yo proponga algo si nadie está ahí para escuchar? Lo sé, no es fácil, las mejores cosas nacen de su dificultad.

Me preocupa que somos un país tan grande que los gritos de ayuda de tantas personas en la sierra se pierden y no los logramos escuchar hasta la jungla de concreto que es el D.F. Me preocupa que somos tantos que es fácil perder una causa y distraernos con cualquier artilugio o con cualquier festividad venidera. Paradójicamente eso también me da un poco de esperanza, porque dentro de todo, sigo siendo idealista y  creo que la grandeza de este país tiene que resurgir y crear un cambio,  aunque también estoy consciente que esto tomará un tiempo.

No me queda más que poner mi granito de arena, pelear sin bandera partidista por aquello que creo, la justicia, la libertad y la paz… porque yo definitivamente no quiero un país en el que viva con miedo, en donde no puedo salir y conocer tantas bellezas que se esconden y que nos esperan.

“Aunque callen mi voz, el eco permanecerá…”

N.A. El título pertenece a la canción “Volcán” de Café Tacuba.

Puntos sobre las íes.

de: Argen (@petite_argen)

Soy mexicana. Amo a mi país. Y mi país me ha roto el corazón más de una vez. Ayotzinapa no es la primera vez que mi México querido me duele hasta el alma y que me deja un sentimiento de náusea por la crueldad de la que somos capaces los seres humanos, más bien se une a una colección de grietas y huecos que han ido creciendo mientras lo hago yo.

Quizá desde un punto de vista diferente, estos son mis puntos sobre las íes:

Internacional. Pese a las cosas que no me gustan de las redes sociales, sé que son herramientas útiles (cuando las sabemos usar) y que permiten que nos organicemos para expresar de forma multitudinaria nuestro desacuerdo. De lejos se me han llenado los ojos de lágrimas con la pesadilla que parece no terminar nunca, pero también al ver la respuesta de miles para exigir algo que por derecho nos corresponde.  Las redes sociales han ayudado mucho a denunciar abusos y omisiones de nuestro gobierno. En el extranjero, han ayudado a que otros mexicanos se unan y apoyen desde lejos. También han fijado la mirada internacional (a ratos) en México y se ha logrado que a nivel internacional se discuta y se cuestione al país aunque sea un poco. La parte difícil de todo esto es ver que tan fácil un discurso vacío puede cambiar lo que la prensa internacional reporta.

Información. Viviendo lejos, leer para estar informado es imprescindible y de las pocas opciones que hay. Hay muchos textos circulando escritos por personas con más conocimientos en el área que los míos, por lo que no intentaré decirles qué opciones tenemos o qué podemos hacer, solo diré que me parece importante tener varias fuentes con puntos de vista diferentes.

Internet.  Nuestro aliado y nuestra maldición, somos increíblemente propensos a generalizar: Si me critican o me cuestionan están contra mi. Si no marchan no están haciendo nada, si marchan son unos revoltosos. Algunos activistas piensan que con dar RT y Like es suficiente. ¿Quién toma en cuenta la diferencia entre estados? ¿Organizamos marchas por internet, mientras que 3 de 10 personas tienen acceso a internet en todo el país? ¿Cómo los incluimos? ¿Consideramos en las demandas la diferencia entre las necesidades de lugares urbanizados vs. los rurales?  ¡Válgame, hasta si a uno le gusta el fútbol es parámetro crítico cuando uno quiere protestar!

Lo influenciables que somos. ¿Cuántos periódicos se mantienen objetivos cuando escriben sobre el tema? ¿Cuánta gente lee más de una versión? ¿Cuántos retuits y likes (o quejas) reciben artículos con títulos que no van exactamente con su contenido? Incluso los anarquistas, provocadores e infiltrados cuentan con esto para incrementar su presencia durante cualquier manifestación y ver quién se une a sus desmanes por la mera inercia. ¿Qué tan críticos somos cuando leemos a alguien que “esta de nuestro lado”? En relación al punto anterior y considerando la enorme diferencia en educación entre ciudades y zonas rurales, ¿Cómo esperamos que tengan opiniones propias y críticas si apenas tienen educación? Y tristemente, aún cuando (supuestamente) tienen educación, abundan los ejemplos donde nuestro gobierno se escuda en esto y hasta de excusa lo utiliza para cometer más abusos.

Lo fácil que es dividirnos. Aún cuando parece que estamos todos del mismo lado, inconformes con la injusticia e impunidad del país es increíblemente fácil hacer que existan bandos. No falta también quien busca politizar absolutamente todo y culpar a un solo color de lo que sucede. Y para poner la cereza en el pastel, las reacciones más comunes suelen ser agresivas en vez de argumentativas.

Indiferencia. Entiendo que muchos de nosotros estemos cansados de ver a nuestro país así y que estemos frustrados porque las cosas que hayamos intentado hacer antes no hayan funcionado. Nuestras expectativas cuando intentamos ayudar es que los efectos sean a largo plazo, pero desafortunadamente la situación (los políticos, los problemas, nuestras actitudes como sociedad, etc.) lo impiden. Aún así, personalmente creo que siempre es mejor una pequeña ayuda (aunque sea temporal) a nada, aunque no cambiemos permanentemente al país, tal vez le cambies el día a una persona y aveces más. Sin importar si vivimos fuera, por elección o porque no hay de otra, si queremos regresar o no, casi sin excepción tenemos gente que queremos y por la que esperamos que el país mejore en vez de empeorar. Se vale sentirse frustrados y cansados y es decisión de cada quién cómo y cuándo se involucra, pero creo que en lugar de desanimar a alguien que en este/ese momento busca hacer algo más y que algunos ya no están dispuestos a hacer, podríamos usar sus malas experiencias para señalar que se puede hacer mejor en vez de por qué no va a funcionar. Si lo quieren ver así, lo que hicieron al menos le servirá a alguien más como punto de partida en vez de ayudar a que más gente no haga nada. Nadie dijo que ayudar es fácil y salir de la zona de confort para hacerlo menos.

Mensaje incluyente. Este es uno de los puntos más difíciles. ¿Cómo y quién decide qué tomar en cuenta para unificar todas las voces del movimiento? Hay muchas opiniones al respecto. En mi opinión, #TodosSomosAyotzinapa nos es común porque todos hemos sido o conocemos a alguien directamente que ha sido víctima no solo de la violencia que se vive en el país , sino de la IMPUNIDAD. Me he preguntado muchas veces ¿qué pasará si (cuando) se resuelva el caso de los 43 estudiantes desaparecidos? El mensaje actual del movimiento gira en torno a la justicia y resolución de este caso. ¿Cómo podemos cambiar el mensaje para hacerlo más incluyente sin que éste pierda fuerza? ¿O dejaremos de exigir si (cuando) se resuelva? Desde la denuncia de la desaparición de los estudiantes, en Guerrero se han encontrado ~18 fosas comunes, ¿protestamos por ellos también? ¿La guardería ABC? ¿Aguas blancas? ¿Tlatlaya? ¿Cómo protestamos por los ~26 mil (varía según donde se lea) desaparecidos ?

Involucrarse. Confundir protestar con marchar. He leído varios artículos que hablan sobre si cada uno de nosotros cambiamos, podemos cambiar a México (ejemplo aquí). Coincido con algunas cosas, necesitamos urgentemente cultura cívica en el país. ¿Quién ha leído la constitución completa? ¿Qué pasa si Peña renuncia? ¿Cuántos saben quiénes son sus representantes en las cámaras legislativas? ¿Qué opciones tenemos como ciudadanos para exigir rendición de cuentas de nuestros gobernantes? ¿Empezar la limpieza de abajo para arriba o de arriba a abajo? ¿#QueSeVayanTodos? A ciencia cierta, no sé cual sea la respuesta. Sé que en nuestro gobierno, al menos alguien en todos los niveles y todos los colores están comprometidos. Sé que se necesita gente valiente, que proteste y no solo marche. Mexicanos que se INVOLUCREN. ¿Cuántos estamos dispuestos a dejar la zona de confort en la que vivimos para cambiar al país de verdad? No podría decirlo mejor que el tuit de abajo:

 

 

El libro de todos los libros

Los libros siempre han sido uno de los amores de mi vida, quizá uno de mis amores más viejos y profundos. Hace unos días terminaba de leer un libro cuando me invadió un sentimiento de nostalgia. Déjenme explicar.

Había pasado los últimos dos días abriendo y cerrando el libro en cuestión para evitar llorar, pero sin poder parar de leer. Cuando por fin le di la vuelta a la última página y llegué a las últimas líneas no pude evitar cerrar los ojos y dejar el libro recargado sobre mi. Me detuve un momento para intentar descubrir que era lo que sentía y concluí que a pesar de que el libro que acababa de terminar era algo trágico, mi sentir era más bien algo parecido a la nostalgia al reencontrar a un viejo amigo después de un largo tiempo de no verlo.

Quien me conoce sabe que los libros – mis libros – son una parte imprescindible de mi. Dicen las malas lenguas que desde que aprendí a leer no he dejado los libros, sin embargo durante y después de la Universidad leí, pero no tanto ni con tanto gusto.  No sé qué pasó, supongo que como a veces con los amigos, nos alejamos. El tiempo terminé gastándolo en tráfico, trabajo y otras cosas. El cansancio y el estrés no me dejaban disfrutar tanto y tampoco había vuelto a encontrar libros que revivieran mi adicción.

Confieso que me preocupaba mucho dejar que algunos obstáculos de la vida adulta me llevaran a ser una más de la triste estadística mexicana que lee menos de dos libros al año. En un momento de desesperación, compré un Kindle que me prometía leerme mientras perdía mi vida en el tráfico y que sería más fácil llevar libros a cualquier lado, entre otras cosas. No esperé ni un minuto y lo llené con mi gran lista de deudas literarias. Lo que fuera para recuperar a ese amigo que tanto extrañaba y darle batalla a esa lista que nunca ha dejado de crecer. Así pasé leyendo los últimos dos años, escapando algunas veces con pretextos godínez para reservar algún día al mes una comida y dedicarle un poco de tiempo a mi viejo amigo. Leí varios libros que me mantuvieron despierta toda la noche y me mandaron en vivo a las juntas del día siguiente y sin embargo no me había vuelto a sentir así.

No me malentiendan, he leído muy buenos libros en formato electrónico. Definitivamente fue una ventaja cargar un aparato en vez de mi colección completa al cruzar el charco. Nunca tengo que preocuparme por cargar dos libros, por si acaso llego a terminar uno y me quedo sin tener que leer. El casting para elegir que libro llevar a un viaje se ha hecho menos difícil y mi espalda agradece no tener que cargar el peso extra. Y sin embargo, algo falta.

Tal vez tiene que ver con poder sentir el peso del libro en mis manos, con percibir cómo transcurre el tiempo con el paso de las hojas y la manera en que marcan el avance de la historia. Esas páginas delatan por si solas cuanto ha pasado entre el principio de todo y el poco tiempo que le queda a los personajes para salir del último aprieto en el que se metieron.

Tal vez tiene que ver con mi infancia, porque como muchos antes que yo y como muchos personajes en los libros pasé buena parte de mi infancia con un libro entre mis manos. Vacaciones completas leyendo en un sillón, mecedora o hamaca, con explicaciones interminables de por qué tenía que llevar 5 libros distintos cuando salíamos de viaje. Los regaños por manejar expertamente el libro en mi regazo mientras comíamos en familia, o las noches enteras bajo las sábanas con una linterna para no molestar a mi hermana. Como algún buen cliché, en muchas ocasiones encontré mejores amigos en los libros que en la vida real y cuando mi familia tenía dificultades por dinero, nada me impedía viajar a tierras extrañas, explorar territorios desconocidos y vivir aventuras increíbles. Recuerdo orgullosa mi primera credencial de la biblioteca local, cerca de mi casa.

Una parte de mi decisión de estar aquí ahora, de renunciar a mi viejo trabajo, fue para tener más tiempo para leer. Descubrí que había crecido, pero no había olvidado a ese viejo amigo. Que había cosas nuevas: Lo divertido que fue hacer clubs de lectura y los debates con un buen vino. Lo delicioso que es tirarse en un parque a leer y olvidar que el tiempo pasa. Por coincidencia, descubrí que no era la única que disfrutaba leer en los trenes, que adoro tener un sistema de transporte que me permite ir cómoda, sentada y leyendo. Volví a sentir la emoción de descubrir cosas nuevas de mi, encontrar respuestas a preguntas que nunca hice y explorar culturas y perspectivas que no conocía, como si crecer nos hubiera hecho bien a los dos. También noté que hay cosas que nunca cambian como el hecho de disfrutar (y a veces sufrir) mucho más ir a comprar libros que ropa o lo difícil que es querer comprar casi toda la librería.

Pensé también en cómo había leído últimamente, pegada a un aparato. Sin respirar el olor ese olor tan característico de las páginas llenas de hazañas, héroes o heroínas o mundos sin explorar. Sin poder recorrer las páginas con mis dedos o sentir el peso y la importancia de cada una de las hojas, ni poder ver la forma delicada en que están unidas o su resistencia a desprenderse del resto. Sin poder ver la portada de el libro, que a ratos parecía que existía solo en mi cabeza y que además no podía sonsacarme a tomarlo sólo 5 minutos más antes de dormir en vez de dejarlo en la mesita de noche.

En la Historia sin Fin (Sí, niños de los 90s, originalmente es un libro) Michael Ende, uno de mis autores favoritos, escribió lo siguiente:

“Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas. (…)

La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros. Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado…

Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito…

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido…

Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces.

Miró fijamente el título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso era, exactamente, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡Una historia que no acabase nunca! ¡El libro de todos los libros!”

Aunque técnicamente algún lector electrónico podría considerarse el libro de todos los libros, pues la cantidad de ebooks dentro de él prácticamente lo convierten en una especie de libro sin fin y cuyo contenido es esencialmente el mismo que su contraparte en papel, no puedo evitar pensar que aunque existen ventajas de tener dos millones de libros en un pequeño aparato, difícilmente sustituyen ese sentimiento que provoca tener un libro de verdad en mis manos. Me pregunto cómo será el futuro donde la mayoría del tiempo lo invertimos en las redes sociales en vez de pasar tiempo con nuestros amigos, donde la música y los libros viven dentro de pequeños aparatos y la consumimos sin detenernos a disfrutarla. ¿Será que eventualmente nuestra realidad la veremos a través de una pantalla? ¿Qué será de las generaciones que quizá ni si quiera aprenderán a leer en libros?

A decir verdad, me siento dividida. Quizá en parte por encontrarme del otro lado del charco, esta tecnología salva mi vida. Estoy segura, por otro lado, que estando en la misma ciudad elijo sin dudarlo un segundo la vida real. Y en lo que se refiere al libro de todos los libros, el de la vida real lo construyo en mi cabeza con mis amigos y sus increíbles sugerencias que siguen expandiendo mi lista de pendientes al infinito.

Me encantaría leer sus comentarios. ¿Digital o en papel? ¿Libros favoritos? ¿Recomendaciones?

El Síndrome del Jamaicón

¿Qué nos pasa a los mexicanos fuera de México? Con este ambiente mundialista, alguien se preguntaba por ahí: por qué no somos tan nacionalistas cuando estamos en México como cuando estamos fuera de él. Bien decía Ale que viajar nos cambia. Y aprovecho que estamos en pleno Mundial para recordarles la anécdota del síndrome del Jamaicón.

José ‘El Jamaicón Villegas’ fue un futbolista mexicano que después de que la selección recibiera una goliza frente a Inglaterra (8-0) declaró que no había podido jugar bien ‘porque extrañaba a a su mamacita, que llevaba días sin comer birria y que la vida no era vida si no estaba en su tierra’. Durante otra eliminatoria, después de escaparse de la cena le explicó a su entrenador por qué no había cenado: ‘Cómo voy a cenar si tienen preparada una cena de rotos. Yo lo que quiero son mis chalupas, unos buenos sopes y no esas porquerías que ni de México son.’

Éste es mi primer mundial fuera de México, aunque no la primera vez que vivo fuera de él. Esta es la segunda ocasión que vivo lejos de mi México lindo y querido, la primera venía preparada con una botella de Valentina, habanero, dos latas de rajas y unos frijoles.  No repararé en detalles, pero basta decir que esta vez tuve que pagar sobrepeso en mi maleta para traer toda la comida que quería y que ni así fue suficiente. También he de confesar que he aprendido o he intentado cocinar más cosas mexicanas desde que estoy fuera. En la medida de lo posible, busco sustitutos o ingredientes que me hagan recordar un poco a mi querido país. Pregúntenle a cualquier persona que haya intentado una dieta donde le prohiban comer tortillas la tortura que es. Imaginen no poder saciar un antojo por cualquier alimento rico en vitamina T (y ni me pidan elegir entre una simple tortilla, tacos, tortas, tlacoyos, tlayudas, tamales y cualquier otro que usted, amable lector, quiera agregar a la lista) o no tener limón o salsa a la mano para darle sabor a su comida.

Estando fuera tendemos a buscar más las cosas que tenemos en común entre mexicanos (y con otros latinos) que pelearnos por nuestras diferencias. Ver jugar a la selección es estar un paso más cerquita de México, aunque no te guste el futbol. Las cosas que suelen separarnos estando en México no son un motivo suficiente para distanciarnos estando fuera. Solemos ser más pacientes y tolerantes con cosas con las que no estamos de acuerdo porque ese alguien es como nosotros. ¿No sería lindo si supiéramos hacer eso estando en México?

Recuerdo perfectamente la primera vez que volví a México después de una larga ausencia; la primera parada a unos 30 minutos del aeropuerto fue un plato de Pozole. No hace falta decir que lloré con mis primeros tacos al pastor. Y no sólo es la comida. ¡Cuando uno está fuera extraña tantas cosas que estando en México damos por sentado! ¡La familia y los amigos! ¡El sentido del humor! ¡La lindura de nuestro idioma! ¡La belleza de nuestras ciudades! ¡La música! ¡La increíbe riqueza cultural! ¡Nuestra historia!

Darse cuenta o reafirmar que amamos a nuestro querido México (estando a la distancia o no) no tiene por que volvernos ciegos. Quizá es una forma simplista de verlo. Los problemas que tenemos no desaparecen porque no estemos ahí o porque no los veamos diario, pero nos dan cierta distancia para verlos desde otra perspectiva y un sentimiento de necesidad por cambiarlo. No sé ustedes, pero estando en México me quejaba mucho de muchas cosas. Estando fuera recordé el México que siempre he querido. Dejé de definirlo en términos de políticos y problemas y lo vuelvo a ver con todas las cosas increíbles que tenemos, más los (muchos) retos y oportunidades. Dejé de quejarme, porque ahora pienso en qué cosas puedo hacer para cambiarlo, porque creo que no debemos dejar que todo dependa de los políticos. Tal vez es indispensable viajar para padecer el síndrome del Jamaicón y recordar las cosas buenas que no podríamos ver de otra manera. Me encantaría que fuera contagioso para llevar un poco de esto de regreso a México.

¿Y a ustedes qué les ha hecho padecer este síndrome?

Maléfica

Este fin de semana se estrenó en cines la película Maléfica, dirigida por Robert Stromberg, escrita por Linda Woolverton (Alice in Wonderland) y protagonizada por Angelina Jolie. Las colaboradoras de este blog asistimos con entusiasmo a las salas de cine sólo para encontrarnos con una no tan grata sorpresa. Debido a las reacciones que esta cinta desencadenó en cada una de nosotras hemos decidido crear este mega-post conjunto, esperando que se convierta en un formato permanente en este blog.

Disney no creció con sus princesas.

de: Argen (@petite_argen)

Cuando tenía unos 3 o 4  años, la película de la Bella Durmiente de Disney solía ser mi favorita. Crecí, como muchas otras niñas, viendo películas de princesas. Por algún motivo, esta película en particular fue la que terminé memorizando después de verla una y otra vez. La película no tiene quizá ningún personaje sobresaliente, salvo la villana. En mi defensa, debo decir que casi 25 años después me da cierta vergüenza decir que crecí viendo ese tipo de películas y que solo años después vendrían la Bella y la Bestia, el Rey León y Mulan.

No pasaron muchos años antes de que dejara de querer ser una princesa. ¡Qué hueva quedarse en el castillo a no hacer nada! Afortunadamente el tiempo no pasa en balde y después de todo ahora sé que lo que menos quiero en este mundo es vivir en un cuento de hadas. Me molestan muuuchas cosas de Disney, en especial la manera en la que representan a las mujeres. Me da dolor de cabeza pensar los personajes femeninos que vi una y otra vez y que no pueden hacer nada más que ser rescatadas, cantar y casarse. Con el paso del tiempo Disney fue agregando otras princesas como Mulan o Pocahontas, que aunque eran más valientes y aventureras, no dejaron de estar definidas por su relación con los hombres. Algo de esto era “entendible” por el contexto histórico en el que se hicieron esas películas. A fin de cuentas, las películas muestran en gran parte el reflejo de nuestra sociedad.

Al ver el trailer de Maléfica sentí mucha curiosidad. ¿Qué podría esperar de una película casi 25 años después de haberla visto por primera vez? ¿Qué habría cambiado Disney casi 50 años después de la primera versión de la Bella Durmiente? Y la realidad fue algo totalmente inesperado. Una decepción devastadora. La villana más malvada del universo de Disney resulto una mujer despechada y nada más. ¡Que hueva!

Quizá era entendible que cuando éramos niñas quisiéramos ser princesas, no sabíamos mucho de la vida ni de lo que significaba. También que en algún punto quisiéramos ser algo mucho más interesante. ¿Y ahora que crecimos? ¿Qué les parece que dice esta película de nuestra sociedad? Me parece chicas que hemos crecido más nosotras en 25 años que Disney en 50.

 

Disney: del amor verdadero a la maldad de género.

de: Bex (@labruja_cosmica)

Corrí a ver Maléfica por el recuerdo que tengo de esta villana, quien extrañamente se volvió mi favorita desde hace mucho tiempo. La verdad es que nunca he sido niña de princesas, recuerdo haber ido al cine a ver el Rey León y mi trauma con Aladdin, pero hasta ahí. Las películas de las princesas las recuerdo como en una nube, tiendo a confundirlas y a veces recuerdo las escenas de las películas pero nada más, no tengo recuerdos de sentarme a conciencia a verlas y aprenderme diálogos (como con Simba, no me juzguen).

Hace una semana, salí del cine realmente decepcionada y enojada pensaba ¿realmente era necesario hacer un spinoff de esa manera? La verdad es que siento que se fueron por la salida fácil y predecible. Sé que no es fácil crear una historia de la nada (créanme, lo sé), pero también sé que hay mil y un posibilidades para hacer algo maravilloso e interesante. Mi molestia no sólo se quedó en la historia sino que fue más allá de eso, se trasladó a la reacción que ésta pudiera causar a nuestro alrededor.

Les contaré lo primero que me sucedió. La gente que estaba a nuestro alrededor en el cine en su mayoría eran parejas (hombre-mujer), de vez en cuando un grupo mixto como el nuestro. Justo 5 minutos antes de empezar la película, dos hombres grandes y altos se sentaron a nuestro lado, me causó gracia pues, ¿qué estarían pensando estos dos hombres al entrar a ver una película de Disney? Lo comenté y nos reímos, sin darnos cuenta que el comentario que había hecho estaba marcado por una generación Disney sexista en donde nos han acostumbrado a que la marca es exclusivamente para niños pequeños o bien para el género femenino.

En fin, al empezar la película no sabía qué esperar, pensé en una villana impresionante y una historia igual de interesante que pudiera ser del calibre de Maléfica. No fue así. Me molestó mucho que la razón por la cual una niña tan buena (aún con el nombre de Maléfica) se convirtiera en mala era por un hombre ¿Es en serio, Disney? Quitas que el beso del ‘verdadero amor’ sea entre el príncipe y la princesa que intercambiaron 5 palabras y que es tu costumbre habitual (lo cual aplaudo) y en su lugar pones a un hada poderosa con capacidad de hacer que todo el reino tiemble y la reduces a que sus motivos y acciones sean por despecho, porque un hombre la traicionó. No sé qué tanta inercia lleva mi mente por leer temas de género en todos lados, pero esto lo veo mal. Muy mal.

Después de esa amarga experiencia, llegué a mi casa para leer un poco sobre la película, sobre la historia original de la Bella Durmiente y al final los comentarios de la gente al respecto.Esto último fue lo que más me entristeció y desesperó.

Encontré comentarios cómo: ‘De Maléfica aprendí que las mujeres no somos malas, los hombres nos hacen así.’ ¿¡Perdón?! No sé, yo no me considero una persona mala, aunque todos tenemos maldad dentro de nosotros, estoy segura que es cosa de decisión y no ‘por culpa’ de un género, ese comentario es de las que se quejan que los hombres dicen ‘nosotros somos así por culpa de las mujeres’… cuidado con la doble moral, chavas. Encontré también el siguiente tuit: ‘Las mujeres son como Maléfica, si les cortas las alas, se desquitan con los cuernos.’ 21 personas lo marcaron como favorito, de las cuales 11 fueron mujeres.

Como en todo, estas cosas son decisiones de cada persona, cada quién decide como ver y llevar su vida, eso me queda más que claro y ciertamente no es lo que me molesta. Me preocupa el mensaje que estamos recibiendo. Alabamos que Disney cambiara la perspectiva de la damisela en peligro, porque sé que muchas estamos contra la idea de ser o pertenecer a la idea social de mujeres como princesas esperando por un príncipe azul que nos rescate; pero al mismo tiempo aceptamos la idea de que una mujer solo es mala porque los hombres nos hacen así. Quizá las que lo acepten son las mismas que siguen defendiendo su estatus de princesa esperando por el príncipe.

En lo personal, tiré la corona de princesa en peligro hace mucho y me molesta mucho la idea de la villana por despecho. Así que prefiero quedarme con la idea de la Maléfica que conocí de niña, teniendo un libro abierto para pensar en sus orígenes, en lugar de esta versión, plana y sexista que intentan hacerme creer.

Reescribiendo el mito: Maléfica y La Bruja Mala del Oeste

de: Ale (@pichikamonster)

Nunca me han gustado las películas de princesas. Quizá porque ya desde chica me identificaba más con Dumbo, el elefantito que al no poder volar ahogaba sus penas en alcohol, que con las niñas que a los dieciséis estaban ya buscando a su príncipe azul. No es de sorprender entonces que mi primer recuerdo consciente de Maléfica y la Bella Durmiente sea más bien reciente (pasaditos los veinte) cuando la vi con una de mis sobrinas. No me gustó la historia y me impresionó muchísimo la pobre capacidad intelectual de los personajes, con la única excepción de Maléfica, que en esta versión animada era la única que, al parecer, sabía lo que estaba pasando en el mundo y esto le garantizaba una posición de control sobre el resto de los personajes. Pero bueno, se justifica porque era 1959, ¿no?

Pero entonces, ¿cuál es la excusa para lo que Disney nos pone en pantalla en pleno 2014? Vivimos en una época en la que lo hemos visto (casi) todo, el internet es una fuente vasta de información y vivimos con mucho más conciencia sobre igualdad de género, diversidad sexual y libertad de culto que cualquier otra generación que nos ha precedido. Entonces, ¿por qué insistimos en aferrarnos a los cuentos de hadas donde las princesas (y las mujeres, en general) viven esperando a su príncipe azul? ¿No es hora de que empecemos a reescribir los mitos? Y no, no se engañen: cambiar una escena al final de la película no cuenta.

Sí, el personaje principal de Maléfica es una mujer, pero está muy lejos de ser una película que enaltezca al género con un digno protagónico. Las acciones y motivaciones de Maléfica están todas en el lugar equivocado: el hombre que le rompió el corazón. Si bien, además de romperle el corazón le cortó las alas, en ningún momento se maneja éste como el tema o la motivación principal para sus acciones y su venganza. En ningún momento vemos a Maléfica tomar una decisión por su propia convicción o sus propios ideales.

Ahora quiero platicarles el caso de otra villana clásica de la cultura popular readaptada a una versión más actual: La Bruja Mala del Oeste, en este caso la versión del libro de Gregory Maguire, Wicked. En esta novela de 1995, conocemos a Elphaba (sí, tiene nombre) una niña sana y juguetona, perfectamente normal, excepto por el color verde de su piel y unos colmillos afilados que aterrorizan a sus padres desde su nacimiento. Elphaba vive enfrentándose a una discriminación constante, incluso por parte de su hermana, quien a pesar de no tener brazos, cuenta con su asombrosa belleza y bondad para lograr todo lo que se propone. Al llegar a la universidad en Oz, Elphaba se encuentra con una sociedad llena de prejuicios y discriminación en la que existen incluso leyes promulgadas por el Mago que decretan que los Animales, capaces de razonar y poseedores de consciencia humana (piensen en el León cobarde), deben de ser ejecutados por ser de una especie distinta. Identificada con la causa, Elphaba rápidamente se vuelve aliada de estos seres y emprende una revolución contra el régimen del Mago para que todos en Oz puedan vivir en condición de igualdad social. Una vida llena de conspiraciones, asesinatos, pérdidas y decepciones, la llevan a ser conocida como la Bruja Mala del Oeste y su encuentro final con Dorothy lo conocemos muy bien.

Me parece que el contraste es clarísimo; lejos de ser una mujer despechada cuyas acciones son motivadas por la falta de amor y la inexistencia del beso de amor verdadero, Elphaba vive una vida convencida de luchar por una causa, buscando siempre el bien mayor y la libertad de los oprimidos. Al final no logra sus objetivos y la realidad es demasiado abrumadora hasta para una mujer tan fuerte como ella, empieza a cuestionar sus decisiones y el peso de las mismas y esto la lleva a cometer actos que la convierten en el antagónico que conocemos en el cuento.

¿Acaso es mucho pedir para Disney que le de un poco de complejidad y profundidad a sus personajes femeninos? Y bueno, éste es sólo un ejemplo, pero me vienen a la mente muchas protagonistas femeninas con historias complejas y motivaciones reales que son mucho más inspiradoras. ¿Cuál es su favorita?

Mujeres ¿a la banca?

Empecé escribiendo esto mientras pensaba ¿Será cierto que a pocas mujeres nos gusta el fútbol? Los números no cuadraban en mi cabeza. Puedo decir con certeza que he conocido más mujeres a las que les gusta el fútbol, que a las que no. Quizá no todas sean hinchas de corazón, vean 3 ligas diferentes cada semana o puedan citar estadísticas y partidos históricos, pero sin duda disfrutan de una buena tarde de fútbol. Reconozco también que hay aficionadas de ocasión, pero ¿qué tanto ama el fútbol un villamelón de cualquier tipo?

Muchos de mis mejores recuerdos me llevan inevitablemente a tardes futboleras. Los entrenamientos, partidos y torneos mientras jugué para el equipo de mi universidad. Las veces que había que infiltrarse al estadio enemigo para poder ver a mi equipo favorito. Lo impresionante del Estadio Azteca cuando todos apoyamos al mismo equipo, cantamos el himno a una sola voz y coreamos el cielito lindo con todo el corazón. El estrés por escuchar los goles mientras estás atorada camino al estadio para ver a la selección. Los latidos en tus orejas mientras esperas que el árbitro pite el final del partido. Los festejos en el ángel cuando te vuelves campeón del mundo en casa. Los viajes en coche donde te aventuras a conocer la ciudad mientras te apresuras para ver a tu equipo jugar en tu casa. Ahogar los gritos de gol por haberte sentado cerca de la porra incorrecta. La detallada preparación para ver una final de la champions con una cantidad brutal de comida. Los días de jugar FIFA en Xbox mientras resuelves dudas existenciales. La emoción infinita al tener en tu mano un boleto para un juego de Champions, donde al fin verás jugar a tu equipo de alguna liga europea. Y podría seguir así por un buen rato.

Sin embargo, cada vez que confieso mi amor por este lindo deporte, la reacción más común es de…¿sorpresa? Pareciera que el fútbol fuera solo para hombres…Esperen un minuto… A decir verdad, ser una mujer a la que le gusta el fútbol no es sencillo. A pesar de lo mucho que me gusta, llevo varios años con piedritas en el taco. Les dejo tres ejemplos de a lo que me refiero:

La marca de cervezas Heineken tiene un concurso cada año para llevar a una afortunada pareja a la final de la Champions. Los concursos varían un poco cada año, pero en general se basan en que el hombre tiene ya un boleto y debe ganar el segundo boleto para su novia cumpliendo algún reto, en el que por lo general la novia es parte de ¡los obstáculos! Incluso hace poco lanzaron una campaña polémica donde ‘liberaban’ a los hombres para que pudieran ver la final de la champions, ofreciendo descuentos en zapatos justo a la hora del partido para sus novias. ¿Cuántos concursos han visto dónde las mujeres podamos ganar boletos? ¿Por qué tenemos que ser consideradas obstáculos a vencer? ¿Y quién dijo que tengo que elegir entre zapatos y fútbol?

Tres o cuatro sitios de deportes de los más populares (al menos en chilangolandia) tienen una sección específica y normalmente en primera plana (y que a veces raya en spam en sus redes sociales) dedicada a mujeres, usualmente modelando en bikini o algo por el estilo. Y por otro lado ni las luces de secciones de fútbol femenil. Las únicas señales de los equipos femeniles son algunos artículos cuando se juega el mundial. ¿Por qué tengo que chutarme 25 tuits al día diciéndome que vea las nuevas fotos en bikini de la novia de Ronaldo, cuando lo que me importa es el fútbol? ¿Por qué estoy dedicándole mi tiempo a un sitio que en su mayoría nos hace ver como un objeto? ¿No les parece totalmente misógino e innecesario? ¿De verdad es necesario que para que pueda leer de fútbol sin encontrar estas cosas necesito que mujeres futboleras creen un sitio y escriban de fútbol? Me pregunto a cuántos hombres les gustaría que hubiera secciones de futbolistas guapos modelando ropa interior.

Las mujeres también tenemos vela en este entierro. Tristemente hace unas semanas encontré que alguna de mis conocidas había publicado en alguna infame red social un artículo que decía como teníamos que comportarnos las mujeres durante el mundial. No incluiré el link, pero en resumen las instrucciones iban desde comprar, preparar y servir la comida hasta quedarse callada mientras transmitieran el partido. ¿Por qué algunas mujeres tienen la percepción de que por ser mujeres no debe gustarles el fútbol? ¿O que debe gustarles menos que a los hombres y por ende para hacerlo feliz hay que disfrutarlo menos? De hecho, ¿quién les dijo que por ser mujeres tienen que hacer o dejar de hacer, disfrutar o amar algo?

Muy lejos de ser Fair play, ¿no? ¿Mi sugerencia para bajar este balón? El amor al juego. Personalmente dejé fuera todo aquello que no fue fútbol. Di unfollows y unlikes a los sitios con esas secciones, y busco nuevas fuentes para leer noticias deportivas (¡Se aceptan recomendaciones!). Trabajo y ahorro para comprar mis boletos. Quizá en algún futuro pueda tomar turnos con algún afortunado para ver a quién le toca comprar los boletos para el siguiente partido (Y no tomo esa cerveza, iugh). Es cierto que no resuelve el problema, pero podemos empezar acomodando bien la barrera. ¿Qué tenemos que hacer las mujeres éste mundial? Lo que se nos pegue la gana. Tarjeta roja y a correr en dirección opuesta a cualquier espécimen que se atreva a sugerir reglas así te guste o no el fútbol. Y si te gusta, ¡grita, festeja, maldice, brinca y corre con cada gol! Y si alguien esperaba algo distinto, como diría Albert Camus: “La pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga”. ¿Ustedes qué opinan?

@petite_argen