Reflexiones de una nómada.

Han pasado cinco meses desde que volví a suelo Azteca y aún hay un montón de cosas a las que mi mente no se acostumbra o al menos pelea para no acostumbrarse. Me dicen que es normal.

Lo cierto, es que estos días me ha dado por pensar qué tenemos en común todas aquellas personas que decidimos dejar nuestra zona de confort y que buscamos salir de nuestra casa por más de seis meses y establecernos en otro país. Aún no encontré una respuesta clara pero les quiero compartir mis pensamientos. Y como en la mayoría de las cosas, las generalizaciones están a la orden del día y no me gustaría caer en ellas. Hablaré desde mi trinchera, desde mi propia experiencia y sobre lo que conozco y sé. Sobra decir que están más que invitados a compartirme su propio sentir y pensar al tema.

Hace unos días, platicaba con un chico que conocí en un bar en la Ciudad de México. Él vivió en Ucrania más de 5 años, después se mudó a Alemania y de ahí a no sé dónde. El caso es que ha estado más tiempo en el extranjero que en México. Me contaba sobre sus aventuras con el hielo, con los idiomas, con la nieve, con la gente, con las barreras culturales. Y al final, me dijo algo que creo que fue lo que me hizo pensar en este tema: “En este año que llevo en México, no he dejado algunas costumbres que he traído de otro lado y eso me ha hecho chocar con la gente a mi alrededor. He entendido y recordado las costumbres mexicanas, pero lo más importante es que me he percatado que tan difícil es reintegrarte a la vida que dejaste, según tú, en pausa.”

Es cierto, la vida nunca se queda en pausa, la vida no espera por nadie.

Le contaba cómo antes yo no usaba Facebook para muchas cosas, y a raíz de que me fui, era la manera en la que yo compartía mis vivencias con mi familia (que los demás en la lista se vieran afectados, fue un efecto colateral). Y al mismo tiempo, cree una barrera con personas con las que hablaba algunas veces, otras con las que los primeros días hablaba muchísimo y de pronto, algo pasó y eso terminó. Al regresar, la inercia sigue y entonces es al revés, tus amigos que se han quedado lejos, los tienes al lado por esa- u otra- red social. Pero, y ¿los que estaban aquí que abandonaste o te abandonaron? Al final, eso pasa, la gente y tú siguen su curso, con algunos aún conversas y la relación se mantiene, la distancia es canija y pone una traba que a veces tú no estás dispuesto a traspasar. Pero, al final, sobrevives… ¿será que nosotros nómadas somos más solitarios? o ¿nos acostumbramos a ser solitarios?

Recuerdo haber llegado a un pueblito perdido cerca de la frontera con Holanda, después de haber pasado un periodo prolongado con personas muy afines a mí y que ahora estaban lejos. La primera semana, entre climas otoñales, la depresión me invadió y sentía nostalgia de lugares y personas que no sé si volveré a ver. Eso fue lo que me motivó a buscar mexicanos, porque sabía que un pedacito de mi hogar me ayudaría a tener pilas para lo que viniera. Mi sorpresa (digo sorpresa porque siempre había asumido que los mexicanos estamos en todos lados) fue encontrar solo a un mexicano, además de mí,en aquel pueblo. No dudé y lo contacté,al poco tiempo se volvió mi mejor amigo y en épocas de soledad y nostalgia nos buscábamos para escuchar banda y hablar de México. Lo curioso es que con el tiempo, descubrimos cuánto teníamos de México en nuestra forma de llevar las cosas en la organización de la casa. Ser nómada te ayuda a afirmar y a no dejar ir tus costumbres familiares (aunque a veces no te guste darte cuenta de ello). Y si no son familiares, quizá sí patrióticas, al menos en la cocina eso sale a relucir primero.

En mis andares he conocido gente de todos lados del mundo, de religiones diversas, con idiomas distantes al mío y que a veces sólo compartíamos el poco o mucho alemán que pudiéramos entender, o bien del poco español que se aventuraran a balbucear en un país latinoamericano. Viajar es eso, un reto y una ventana a todo ese mundo que creemos conocer, pero que distamos de hacerlo. Pero creo que en su mayoría y sin importar qué tan diferentes seamos, la realidad es que los que decidimos vivir fuera somos curiosos, buscamos aprender, comparar, contar lo que es distinto a nuestra rutina, a lo conocido, sobre todo en un principio. Ya después eres un mar de experiencia en los pequeños trucos de supervivencia.

Me encontré con gente con diversos motivos para vivir fuera. Algunos como los que viajan por el placer de decir ‘Viví en París y ya me siento y creo todo/a un/a parisino/a, creo que nací en el lugar equivocado’, o sus opuestos aquel que te recomienda lo que no es turístico. Aquellos que buscan el arte, la música, los libros y la cultura. Encontré a más de cinco que buscaban enseñar su país por medio de sus manos, de sus cantos e historias. Conocí también aquellos que huyeron de una dictadura, a aquellos que huyen de la violencia y la inseguridad, de los que aún están refugiados porque sus países están en guerra, pero no han tenido la suerte de poder traer a toda su familia con ellos. Conozco los que viajan para estar con alguien que quieren y también los descarados que solo están con alguien por un papel. He visto a los que, como yo, viajan con una cámara y un cuaderno en la mano, porque no quieren perderse nada; porque a lo mejor, como yo, tienen miedo de olvidar lo grandioso que es vivir y viajar.

Quizá tengamos razones distintas para aventurarnos a vivir en un país en el que no entendemos ni J de su idioma o de su cultura, pero al final creo que hay algo que tenemos en común y es saciar la curiosidad y la sensación de que tenemos la posibilidad de tener al mundo en nuestras manos.

Me declaro una víctima de los viajes largos en el extranjero. Todo el tiempo es un juego de integración y adaptación. Depende mucho de que tu capacidad de adaptarte y de dejar ir recuerdos, personas y lugares. A veces, es precisamente esto último lo que no te deja volver a integrarte tan rápido como quisieras al nuevo lugar al que llegaste.

¿Será que dentro de todo, somos rebeldes o incapaces de seguir las reglas que dicen que hay que dejar ir y adaptarte lo más rápido posible?

Lo que sí creo, es que hay una cierta adicción al sentimiento de incertidumbre, de saber que todos los días hay algo nuevo, algo distinto y lejano a una rutina. Alguna vez, alguien me dijo que esto no era adicción a la adrenalina, como yo lo había sugerido, era más bien una ruta de escape a ‘sentar cabeza’ ¿será que también tenemos eso en común los viajeros nómadas irremediables?

Quizá sí. Quizá sea el pavor a enfrentarnos a algo estático.

Yo por lo pronto, me dedico a preguntarle a la gente que sé que ha vivido fuera, cómo fue su experiencia y su sentir (Prefiero eso a la eterna pregunta odiosa de ‘¿por qué te regresaste?’). En todo caso, a veces creo que somos más lobos solitarios, coleccionistas y recolectores de recuerdos y lugares. Aunque eso implique tener más vacíos emocionales que anaqueles llenos de recuerditos.

Ustedes ¿qué opinan?

@labruja_cosmica

Viajar me cambia

Quien dice que la gente nunca cambia, miente. Si bien es cierto que a través del tiempo nuestra esencia puede permanecer intacta, los seres humanos somos producto de una evolución, un aprendizaje continuo y una recolección de experiencias que nos ayudan a modelar nuestra persona. Quien no evoluciona está muerto. En mi caso personal, cada vez que viajo y visito un nuevo lugar, experimento estos cambios en forma más intensa y radical y a mi regreso, siempre intento adaptarlos a mi vida diaria.

Antes de continuar debo hacer una confesión: nunca he viajado sola. Me he subido sola al avión pero al llegar siempre ha habido alguien esperando. Dicen que viajar solo es algo que hay que hacer al menos una vez en la vida y estoy esperando mi oportunidad, sin embargo creo que soy el tipo de persona que disfruta mucho compartiendo momentos y descubrimientos con alguien más y hasta el momento me ha funcionado muy bien.

Recuerdo desde chica los viajes que hacía con mi mamá y mis tías que no desperdiciaban vacaciones para llevarme a Disneylandia, Nueva York, San Francisco, Canadá… Desde que tengo memoria, cada verano era un lugar diferente. A veces, como en Disneylandia, la diversión no paraba hasta el momento en que terminaban los fuegos artificiales del parque y yo colapsaba automáticamente en los brazos de alguna de ellas. A veces era más cultural, como en Nueva York, ciudad en la cual aprendí a amar los museos y de donde nunca olvidaré a Gus, el oso polar con OCD del zoológico de Central Park (que en paz descanse). Nunca olvidaré la primera vez que vi un Pollock en persona en el MOMA de San Francisco ni los increíbles dioramas de animales en el Smithsonian. O la vez que mi primo nos llevó de sorpresa a ver un partido de basquetbol o la primera vez que vi un musical de Broadway (Le Mis y me quedé dormida). En fin, ustedes entienden la idea: imposible no cambiar mi visión de la vida creciendo de esta manera. Imposible permanecer inmutable. Cada viaje es un aprendizaje y cada vez que regresaba a casa siempre quería más.

A los 20 años hice el que quizás sea el viaje más importante de mi vida hasta ahora, cuando decidí hacer un semestre de intercambio en Italia. Era la primera vez que salía del continente americano, la primera vez que no hablaba el idioma y la primera vez que viviría sola y sería responsable de mi propia supervivencia. Vivir en un lugar en el que las reglas cambian, las porciones de comida son más pequeñas y el sistema de transporte público funciona bien, es una experiencia que aunque no quieras, te saca de tu zona de confort y te enfrenta a una situación completamente nueva y desconocida. Tuve que aprender a vivir en estas nuevas condiciones y en esos meses adquirí nuevas costumbres y procesos de vida que hasta hoy forman parte de mi rutina. Obtuve una nueva perspectiva sobre muchas cosas que nunca me había cuestionado (¿por qué los mexicanos decimos ‘salud’ cada vez que alguien estornuda? ¿Acaso la vida del estornudador se verá afectada si no lo hacemos?) o que me parecían simplemente normales (uno no puede emitir los mismos juicios después de sentarse a fumar una shisha junto a dos mujeres cubiertas por burkas).

Pero lo cierto es que al final, siempre regreso a casa. Pero regreso siempre un poco distinta. Los primeros días es más obvio: no acepto un café que no esté preparado en la moka o me rehuso a tomar una cerveza que no esté en la lista preparada por mis amigas en el viaje a Alemania y aunque poco a poco con el tiempo empiezo a ser más flexible con estas condiciones superficiales, siempre hay un cambio intrínseco que va mucho más allá en mi forma de pensar y de vivir la vida. Pequeños destellos que me recuerdan que viajé, conocí y aprendí.

Y ustedes, ¿alguna vez han hecho un viaje que les haya cambiado la vida?

 

Su servidora, en pleno cambio.

Su servidora, en pleno cambio.

@pichikamonster