Reflexiones de una nómada.

Han pasado cinco meses desde que volví a suelo Azteca y aún hay un montón de cosas a las que mi mente no se acostumbra o al menos pelea para no acostumbrarse. Me dicen que es normal.

Lo cierto, es que estos días me ha dado por pensar qué tenemos en común todas aquellas personas que decidimos dejar nuestra zona de confort y que buscamos salir de nuestra casa por más de seis meses y establecernos en otro país. Aún no encontré una respuesta clara pero les quiero compartir mis pensamientos. Y como en la mayoría de las cosas, las generalizaciones están a la orden del día y no me gustaría caer en ellas. Hablaré desde mi trinchera, desde mi propia experiencia y sobre lo que conozco y sé. Sobra decir que están más que invitados a compartirme su propio sentir y pensar al tema.

Hace unos días, platicaba con un chico que conocí en un bar en la Ciudad de México. Él vivió en Ucrania más de 5 años, después se mudó a Alemania y de ahí a no sé dónde. El caso es que ha estado más tiempo en el extranjero que en México. Me contaba sobre sus aventuras con el hielo, con los idiomas, con la nieve, con la gente, con las barreras culturales. Y al final, me dijo algo que creo que fue lo que me hizo pensar en este tema: “En este año que llevo en México, no he dejado algunas costumbres que he traído de otro lado y eso me ha hecho chocar con la gente a mi alrededor. He entendido y recordado las costumbres mexicanas, pero lo más importante es que me he percatado que tan difícil es reintegrarte a la vida que dejaste, según tú, en pausa.”

Es cierto, la vida nunca se queda en pausa, la vida no espera por nadie.

Le contaba cómo antes yo no usaba Facebook para muchas cosas, y a raíz de que me fui, era la manera en la que yo compartía mis vivencias con mi familia (que los demás en la lista se vieran afectados, fue un efecto colateral). Y al mismo tiempo, cree una barrera con personas con las que hablaba algunas veces, otras con las que los primeros días hablaba muchísimo y de pronto, algo pasó y eso terminó. Al regresar, la inercia sigue y entonces es al revés, tus amigos que se han quedado lejos, los tienes al lado por esa- u otra- red social. Pero, y ¿los que estaban aquí que abandonaste o te abandonaron? Al final, eso pasa, la gente y tú siguen su curso, con algunos aún conversas y la relación se mantiene, la distancia es canija y pone una traba que a veces tú no estás dispuesto a traspasar. Pero, al final, sobrevives… ¿será que nosotros nómadas somos más solitarios? o ¿nos acostumbramos a ser solitarios?

Recuerdo haber llegado a un pueblito perdido cerca de la frontera con Holanda, después de haber pasado un periodo prolongado con personas muy afines a mí y que ahora estaban lejos. La primera semana, entre climas otoñales, la depresión me invadió y sentía nostalgia de lugares y personas que no sé si volveré a ver. Eso fue lo que me motivó a buscar mexicanos, porque sabía que un pedacito de mi hogar me ayudaría a tener pilas para lo que viniera. Mi sorpresa (digo sorpresa porque siempre había asumido que los mexicanos estamos en todos lados) fue encontrar solo a un mexicano, además de mí,en aquel pueblo. No dudé y lo contacté,al poco tiempo se volvió mi mejor amigo y en épocas de soledad y nostalgia nos buscábamos para escuchar banda y hablar de México. Lo curioso es que con el tiempo, descubrimos cuánto teníamos de México en nuestra forma de llevar las cosas en la organización de la casa. Ser nómada te ayuda a afirmar y a no dejar ir tus costumbres familiares (aunque a veces no te guste darte cuenta de ello). Y si no son familiares, quizá sí patrióticas, al menos en la cocina eso sale a relucir primero.

En mis andares he conocido gente de todos lados del mundo, de religiones diversas, con idiomas distantes al mío y que a veces sólo compartíamos el poco o mucho alemán que pudiéramos entender, o bien del poco español que se aventuraran a balbucear en un país latinoamericano. Viajar es eso, un reto y una ventana a todo ese mundo que creemos conocer, pero que distamos de hacerlo. Pero creo que en su mayoría y sin importar qué tan diferentes seamos, la realidad es que los que decidimos vivir fuera somos curiosos, buscamos aprender, comparar, contar lo que es distinto a nuestra rutina, a lo conocido, sobre todo en un principio. Ya después eres un mar de experiencia en los pequeños trucos de supervivencia.

Me encontré con gente con diversos motivos para vivir fuera. Algunos como los que viajan por el placer de decir ‘Viví en París y ya me siento y creo todo/a un/a parisino/a, creo que nací en el lugar equivocado’, o sus opuestos aquel que te recomienda lo que no es turístico. Aquellos que buscan el arte, la música, los libros y la cultura. Encontré a más de cinco que buscaban enseñar su país por medio de sus manos, de sus cantos e historias. Conocí también aquellos que huyeron de una dictadura, a aquellos que huyen de la violencia y la inseguridad, de los que aún están refugiados porque sus países están en guerra, pero no han tenido la suerte de poder traer a toda su familia con ellos. Conozco los que viajan para estar con alguien que quieren y también los descarados que solo están con alguien por un papel. He visto a los que, como yo, viajan con una cámara y un cuaderno en la mano, porque no quieren perderse nada; porque a lo mejor, como yo, tienen miedo de olvidar lo grandioso que es vivir y viajar.

Quizá tengamos razones distintas para aventurarnos a vivir en un país en el que no entendemos ni J de su idioma o de su cultura, pero al final creo que hay algo que tenemos en común y es saciar la curiosidad y la sensación de que tenemos la posibilidad de tener al mundo en nuestras manos.

Me declaro una víctima de los viajes largos en el extranjero. Todo el tiempo es un juego de integración y adaptación. Depende mucho de que tu capacidad de adaptarte y de dejar ir recuerdos, personas y lugares. A veces, es precisamente esto último lo que no te deja volver a integrarte tan rápido como quisieras al nuevo lugar al que llegaste.

¿Será que dentro de todo, somos rebeldes o incapaces de seguir las reglas que dicen que hay que dejar ir y adaptarte lo más rápido posible?

Lo que sí creo, es que hay una cierta adicción al sentimiento de incertidumbre, de saber que todos los días hay algo nuevo, algo distinto y lejano a una rutina. Alguna vez, alguien me dijo que esto no era adicción a la adrenalina, como yo lo había sugerido, era más bien una ruta de escape a ‘sentar cabeza’ ¿será que también tenemos eso en común los viajeros nómadas irremediables?

Quizá sí. Quizá sea el pavor a enfrentarnos a algo estático.

Yo por lo pronto, me dedico a preguntarle a la gente que sé que ha vivido fuera, cómo fue su experiencia y su sentir (Prefiero eso a la eterna pregunta odiosa de ‘¿por qué te regresaste?’). En todo caso, a veces creo que somos más lobos solitarios, coleccionistas y recolectores de recuerdos y lugares. Aunque eso implique tener más vacíos emocionales que anaqueles llenos de recuerditos.

Ustedes ¿qué opinan?

@labruja_cosmica

Ayotzinapa

Al momento en el que empezamos a escribir esto han pasado 11 semanas desde ese triste 26 de septiembre (al momento de su publicación han pasado 16 semanas) (Para aquellos que de alguna forma no se han enterado aquí hay un recuento).

Escribir al respecto no es fácil, ¿por dónde empezar? ¿qué hacer con el nudo en la garganta? ¿con el enojo, la tristeza, la impotencia, la desesperación?

Ayotzi-¿quién?.

de: Ale (@pichikamonster)

Desde siempre me he considerado una persona apolítica. Los temas relacionados con el gobierno, sus juegos y sus mañas en mi país y en el resto del mundo me tienen sin cuidado. No me interesa enterarme de las artimañas utilizadas para dirigir al pueblo. Sin embargo, lo que está pasando en este momento en México (en realidad desde el periodo electoral pasado) ha logrado llegar a tocar en lo más profundo de mi ser, la única fibra nacionalista que tengo y es que ¿cómo no moverla cuando estás viendo que el país al que amas está cayendo a pedazos bajo un gobierno absurdo y retrógada? ¿Es que acaso no tenemos memoria y no recordamos la situación que se vivió en este país durante estos 70+ años de gobierno del PRI? La respuesta es no, y eso me duele. Me duele en lo más profundo porque yo, como muchos mexicanos, tengo la esperanza de que este país crezca. Porque creo que tenemos los recursos para hacerlo y creo que tenemos muchísima gente dispuesta a trabajar por ello. Lo que nos falta, claramente, es una buena dirección, y mientras los que nos gobiernan se dedican a robar y asesinar gente a diestra y siniestra, el crecimiento simplemente no puede existir; al contrario.

Sabemos que México está enterrado bajo varias capas de narcotráfico, donde se encuentran involucrados desde jóvenes que la hacen de “dealers” en la calle hasta altos funcionarios del gobierno. Ha sido así por años, pero de alguna manera y en cierta medida, antes estaba bajo un cierto control. Quiero decir, hasta hace algunos años, si escuchábamos sobre muertos y decapitados aún existía este pensamiento un tanto ingenuo “seguramente estaban involucrados. seguramente le debían algo a alguien”. Lo que pasó con los 43 estudiantes de Ayotzinapa fue un parte-aguas abre-ojos para la mayoría de la gente, nos trajo a la conciencia colectiva algo que ya estábamos pensando pero que no queríamos exteriorizar: ya nadie está seguro. No tienes que deberle nada al narco para que te maten desaparezcan en este país, basta sólo con ser estudiante e intentar manifestar (pacíficamente, por cierto) ideas distintas a lo que dicta el gobierno actual.

Es la primera vez que me siento cercana a una causa, pensar en la gente que ha salido a marchar y a manifestar su inconformidad me llena el corazón de una calidez inesperada. Aunque yo no sea una de esas personas (no me siento lista para salir a las calles, aunque me gustaría) admiro mucho su determinación y quiero ayudar desde mi trinchera. No quiero vivir con miedo, no quiero ver hundirse a este país en las manos de este gobierno. Quiero ver al México que lucha, que crece y que sale adelante.

No me queda más que compartirles un reportaje de Vice News que relata la historia de los 43 estudiantes desaparecidos. Se los recomiendo mucho y espero que puedan darse el tiempo para verlo.

“Mira tus huesos rotos y tu belleza desfallecer…”

de: Bex (@labruja_cosmica)

Llegué a México hace poco más de un mes y medio. Llegué con una mezcla de sentimientos, por un lado llegué a la expectativa de enfrentar una realidad que me parecía lejana y que solo había podido imaginar a través de las redes sociales y de las noticias tendenciosas que me llegaban hasta el que fue mi hogar por casi dos años. Llegué también ilusionada y esperanzada (quizá demasiado) en que por fin el pueblo despertara, se manifestara y pusiera un hasta aquí de todo lo que ha pasado. Sabía también que este último detalle no sería fácil ni inmediato, lo cual me hacía pensar que yo también podría participar y generar un cambio.

Día a día mi esperanza decae y mi tristeza avanza conquistando un territorio que debía de pertenecer al optimismo. Día con día me encuentro con gente joven que llama revoltosos a quien se atreve a criticar a un gobierno corrupto e impuesto en muchos sentidos, me encuentro gente no tan joven que ha tenido la sangre fría para decir que aquellos normalistas se lo merecían y que critican a sus padres por no haberlos detenido sabiendo que eran un problema. Me he encontrado a aquellos, que como yo, están hartos de vivir con miedo y que de alguna manera buscan levantar su voz y hacer el cambio.

Ya lo hemos dicho y no somos las primeras en hacerlo, el cambio está en nosotros sí y definitivamente no todo es marchar, me parece que lo que hace falta son propuestas y alternativas que complementen ese cambio o esas manifestaciones. Me rompe el corazón que lo siguiente es preguntar ¿a quién se las proponemos? ¿qué diferencia hace que yo proponga algo si nadie está ahí para escuchar? Lo sé, no es fácil, las mejores cosas nacen de su dificultad.

Me preocupa que somos un país tan grande que los gritos de ayuda de tantas personas en la sierra se pierden y no los logramos escuchar hasta la jungla de concreto que es el D.F. Me preocupa que somos tantos que es fácil perder una causa y distraernos con cualquier artilugio o con cualquier festividad venidera. Paradójicamente eso también me da un poco de esperanza, porque dentro de todo, sigo siendo idealista y  creo que la grandeza de este país tiene que resurgir y crear un cambio,  aunque también estoy consciente que esto tomará un tiempo.

No me queda más que poner mi granito de arena, pelear sin bandera partidista por aquello que creo, la justicia, la libertad y la paz… porque yo definitivamente no quiero un país en el que viva con miedo, en donde no puedo salir y conocer tantas bellezas que se esconden y que nos esperan.

“Aunque callen mi voz, el eco permanecerá…”

N.A. El título pertenece a la canción “Volcán” de Café Tacuba.

Puntos sobre las íes.

de: Argen (@petite_argen)

Soy mexicana. Amo a mi país. Y mi país me ha roto el corazón más de una vez. Ayotzinapa no es la primera vez que mi México querido me duele hasta el alma y que me deja un sentimiento de náusea por la crueldad de la que somos capaces los seres humanos, más bien se une a una colección de grietas y huecos que han ido creciendo mientras lo hago yo.

Quizá desde un punto de vista diferente, estos son mis puntos sobre las íes:

Internacional. Pese a las cosas que no me gustan de las redes sociales, sé que son herramientas útiles (cuando las sabemos usar) y que permiten que nos organicemos para expresar de forma multitudinaria nuestro desacuerdo. De lejos se me han llenado los ojos de lágrimas con la pesadilla que parece no terminar nunca, pero también al ver la respuesta de miles para exigir algo que por derecho nos corresponde.  Las redes sociales han ayudado mucho a denunciar abusos y omisiones de nuestro gobierno. En el extranjero, han ayudado a que otros mexicanos se unan y apoyen desde lejos. También han fijado la mirada internacional (a ratos) en México y se ha logrado que a nivel internacional se discuta y se cuestione al país aunque sea un poco. La parte difícil de todo esto es ver que tan fácil un discurso vacío puede cambiar lo que la prensa internacional reporta.

Información. Viviendo lejos, leer para estar informado es imprescindible y de las pocas opciones que hay. Hay muchos textos circulando escritos por personas con más conocimientos en el área que los míos, por lo que no intentaré decirles qué opciones tenemos o qué podemos hacer, solo diré que me parece importante tener varias fuentes con puntos de vista diferentes.

Internet.  Nuestro aliado y nuestra maldición, somos increíblemente propensos a generalizar: Si me critican o me cuestionan están contra mi. Si no marchan no están haciendo nada, si marchan son unos revoltosos. Algunos activistas piensan que con dar RT y Like es suficiente. ¿Quién toma en cuenta la diferencia entre estados? ¿Organizamos marchas por internet, mientras que 3 de 10 personas tienen acceso a internet en todo el país? ¿Cómo los incluimos? ¿Consideramos en las demandas la diferencia entre las necesidades de lugares urbanizados vs. los rurales?  ¡Válgame, hasta si a uno le gusta el fútbol es parámetro crítico cuando uno quiere protestar!

Lo influenciables que somos. ¿Cuántos periódicos se mantienen objetivos cuando escriben sobre el tema? ¿Cuánta gente lee más de una versión? ¿Cuántos retuits y likes (o quejas) reciben artículos con títulos que no van exactamente con su contenido? Incluso los anarquistas, provocadores e infiltrados cuentan con esto para incrementar su presencia durante cualquier manifestación y ver quién se une a sus desmanes por la mera inercia. ¿Qué tan críticos somos cuando leemos a alguien que “esta de nuestro lado”? En relación al punto anterior y considerando la enorme diferencia en educación entre ciudades y zonas rurales, ¿Cómo esperamos que tengan opiniones propias y críticas si apenas tienen educación? Y tristemente, aún cuando (supuestamente) tienen educación, abundan los ejemplos donde nuestro gobierno se escuda en esto y hasta de excusa lo utiliza para cometer más abusos.

Lo fácil que es dividirnos. Aún cuando parece que estamos todos del mismo lado, inconformes con la injusticia e impunidad del país es increíblemente fácil hacer que existan bandos. No falta también quien busca politizar absolutamente todo y culpar a un solo color de lo que sucede. Y para poner la cereza en el pastel, las reacciones más comunes suelen ser agresivas en vez de argumentativas.

Indiferencia. Entiendo que muchos de nosotros estemos cansados de ver a nuestro país así y que estemos frustrados porque las cosas que hayamos intentado hacer antes no hayan funcionado. Nuestras expectativas cuando intentamos ayudar es que los efectos sean a largo plazo, pero desafortunadamente la situación (los políticos, los problemas, nuestras actitudes como sociedad, etc.) lo impiden. Aún así, personalmente creo que siempre es mejor una pequeña ayuda (aunque sea temporal) a nada, aunque no cambiemos permanentemente al país, tal vez le cambies el día a una persona y aveces más. Sin importar si vivimos fuera, por elección o porque no hay de otra, si queremos regresar o no, casi sin excepción tenemos gente que queremos y por la que esperamos que el país mejore en vez de empeorar. Se vale sentirse frustrados y cansados y es decisión de cada quién cómo y cuándo se involucra, pero creo que en lugar de desanimar a alguien que en este/ese momento busca hacer algo más y que algunos ya no están dispuestos a hacer, podríamos usar sus malas experiencias para señalar que se puede hacer mejor en vez de por qué no va a funcionar. Si lo quieren ver así, lo que hicieron al menos le servirá a alguien más como punto de partida en vez de ayudar a que más gente no haga nada. Nadie dijo que ayudar es fácil y salir de la zona de confort para hacerlo menos.

Mensaje incluyente. Este es uno de los puntos más difíciles. ¿Cómo y quién decide qué tomar en cuenta para unificar todas las voces del movimiento? Hay muchas opiniones al respecto. En mi opinión, #TodosSomosAyotzinapa nos es común porque todos hemos sido o conocemos a alguien directamente que ha sido víctima no solo de la violencia que se vive en el país , sino de la IMPUNIDAD. Me he preguntado muchas veces ¿qué pasará si (cuando) se resuelva el caso de los 43 estudiantes desaparecidos? El mensaje actual del movimiento gira en torno a la justicia y resolución de este caso. ¿Cómo podemos cambiar el mensaje para hacerlo más incluyente sin que éste pierda fuerza? ¿O dejaremos de exigir si (cuando) se resuelva? Desde la denuncia de la desaparición de los estudiantes, en Guerrero se han encontrado ~18 fosas comunes, ¿protestamos por ellos también? ¿La guardería ABC? ¿Aguas blancas? ¿Tlatlaya? ¿Cómo protestamos por los ~26 mil (varía según donde se lea) desaparecidos ?

Involucrarse. Confundir protestar con marchar. He leído varios artículos que hablan sobre si cada uno de nosotros cambiamos, podemos cambiar a México (ejemplo aquí). Coincido con algunas cosas, necesitamos urgentemente cultura cívica en el país. ¿Quién ha leído la constitución completa? ¿Qué pasa si Peña renuncia? ¿Cuántos saben quiénes son sus representantes en las cámaras legislativas? ¿Qué opciones tenemos como ciudadanos para exigir rendición de cuentas de nuestros gobernantes? ¿Empezar la limpieza de abajo para arriba o de arriba a abajo? ¿#QueSeVayanTodos? A ciencia cierta, no sé cual sea la respuesta. Sé que en nuestro gobierno, al menos alguien en todos los niveles y todos los colores están comprometidos. Sé que se necesita gente valiente, que proteste y no solo marche. Mexicanos que se INVOLUCREN. ¿Cuántos estamos dispuestos a dejar la zona de confort en la que vivimos para cambiar al país de verdad? No podría decirlo mejor que el tuit de abajo:

 

 

No soy una sombra.

Hace algunos años, tuve un amigo que afirmaba que la razón por la cual la mayoría de las mujeres terminaban solas era por ser feministas. El día que me lo dijo, sabía que de una manera sutil me ‘recomendaba’ no serlo. En ese momento, no me di cuenta de todo el trasfondo de este comentario y mi reacción fue, como siempre, pasivo agresiva.

No planeo dar toda una explicación sobre el feminismo y el machismo en culturas como la nuestra, tampoco hablaré de todas aquellas cosas que hoy no deberían existir pero que existen. Creo que ya hay demasiados artículos y comentarios al respecto como para que los llene de uno más. Por el contrario, hoy les quiero contar lo que me sucedió el primer día que tuve una reunión con mis compañeras de maestría y que me puse un Al-Amira (o como la mayoría de las personas lo conocen: Burka). Ese día cambió por completo mi percepción de feminismo.

Durante mi universidad, tomé algunos cursos que me acercaron un poco a Medio Oriente y un poco a las distintas religiones que existen en nuestro planeta. En México, jamás me encontré con alguna mujer que cubriera su cabello y en realidad podía delimitar- tristemente- dos tipos de Burka, la que cubre el cuerpo completo y la que no. Así de malo era mi conocimiento sobre todo este mundo tan lejano al mío. Sabiendo que no era toda una erudita en el tema, me dediqué a investigar un poco antes de cometer algún error todavía más vergonzoso.

Al llegar a Alemania, tuve la oportunidad de conocer a muchísimas personas de todas partes del mundo. Durante mi curso de alemán conviví con hombres y mujeres musulmanes y budistas que en las conversaciones del día a día, me daban un vistazo de su perspectiva. En algún momento, me topé con una persona de un país de África, la cual, al contar su historia de vida no pude más que pensar ‘qué sociedad tan machista’.

Nunca lo dije en voz alta y quizá me hubiera podido quedar con esa imagen de por vida, si no fuera porque unos días después conversé con un mexicano que conocí en un parque y, para mi sorpresa, la visión era un poco similar a la de esta persona africana. La concepción que podemos tener sobre un término  está ligado a nuestras experiencias, a nuestra historia y religión y a nuestra cultura. Eso no había más que aclararlo.

Los meses pasaron rápidamente y yo aún inmersa en mi perspectiva occidental, comencé mi maestría. En este momento, creo que es pertinente aclarar que de mi grupo de maestría yo era la única persona del continente americano y me contaba entre las 4 personas no musulmanas o budistas del grupo. Las pocas materias en las que mi grupo coincidía con otro grupo de alemanes trascendían sin mayor detalle. Y por el contrario, en las clases en las que sólo estábamos nosotros me parecían fascinantes.

Las conversaciones dentro del salón de clases eran tan distintas a las que estaba acostumbrada. Me sorprendía escuchar sus relatos de guerra, refugiados, pobreza y educación. Todos siempre hablaban de sus países con un amor desmedido y contaban las historias a detalle, como si jamás nadie las hubiera contado. En más de una ocasión lo que más me sorprendió fue el hecho de que aún dentro de tantas cosas negativas, aún conservaban la fuerza para ser positivos y decir comentarios buenos con una sonrisa en los labios y lo más importante, sin sarcasmo. Más de una vez tuve que pensar lo que debía decir, porque mi costumbre mexicana me metía el pie cada que alguien preguntaba por el gobierno o por la delincuencia. Aprendí a no ser sarcástica y por el contrario, buscar lo positivo y negativo del problema.

No voy a mentir, me costaba mucho trabajo juntarme con ellos y raramente lo hacía. No porque me aburriera o porque no quisiera escuchar lo que podrían contarme, sino porque muchas veces me costaba trabajo acostumbrarme a salir solo niñas a hablar sobre cuestiones culinarias y hogareñas. Los que me conocen bien saben que ese no es mi fuerte, y para mi lado ‘feminista occidental’ eso hacía corto circuito. Sin embargo, lo hice y no me arrepentí de cambiar noches de cerveza, por tardes de té y henna.

Llegó el Ramadán y con ello, una soledad anunciada en las clases y reuniones fuera de la escuela. Las conversaciones se limitaban a un mensaje al celular o en el muro de Facebook. El calor y los días tan largos suponían una amenaza a mis compañeros que debían pasar desde las 3 de la mañana hasta las 10 de la noche sin comer ni beber. Sin embargo, un buen día me llegó una invitación a casa de una de mis compañeras, ¡me invitaban a un ‘Iftar’!, lo cual se refiere al momento en el que los musulmanes rompen su ayuno al caer el sol.

Aprendí tantas cosas esa noche entre niñas como antes nunca lo había hecho ni imaginado. Probé comida deliciosa y aprendí también que les encanta el agua de jamaica para después de comer y antes del café o del té. Por primera vez en muchos meses vi el cabello largo y oscuro de mi amiga, el cual siempre lo oculta debajo de bellos pedazos de tela que combina a la perfección con su ropa día a día.

Esperamos un tiempo hasta que su aplicación le indicaba la hora exacta en la que podía romper el ayuno. La alarma de la aplicación sonaba como el típico llamado a rezo que se escucha en las ciudades musulmanas, para mí, por supuesto, todo era nuevo. Pasaron una a una a la habitación de mi amiga a rezar de manera individual; fue entonces cuando una chica alemana preguntó si podía entrar para ver cómo rezaban.

En lo personal, me dio mucha curiosidad, pero no dije nada, pues asumí que era un momento personal y que en realidad esas cosas no son como acostumbramos al ser turistas, para ir y tomar cuanta foto podamos. La respuesta no se hizo esperar, y aunque no fue directa, se daba a entender que ese no sería el lugar para hablar de eso o referirnos a temas religiosos.

Mientras comíamos hablábamos sobre todo y sobre nada, se hacían chistes sobre la escuela y sobre la temida tesis, la cual nos comenzaba a atormentar. De pronto, una de las chicas contaba cómo había viajado unas semanas de vacaciones a Egipto y se ‘había enfrentado’ a un chico que la miraba desde el otro lado de la calle. Ella al notarlo, se había acercado y le había dicho ‘¿te debo algo?’ y entre risas se había ido.

El comentario causó revuelo entre las demás asistentes de la cena. Comentarios como ‘qué valentía’ y ‘¿te regresaste a disculpar?’ no se hicieron esperar, mientras yo pregunté sobre la reacción del chico en cuestión.Por un momento no sabía qué había dicho mal, todas me miraron sorprendidas, salvo la chica alemana quién a la vez me miraba a mí confundida.

Tardamos unos cuantos minutos en entender que en realidad no nos debía de importar la respuesta del chico, pues la importancia radicaba en la valentía no permitida de una mujer de dirigirse de esa manera hacia un hombre desconocido. Una de ellas me dijo textual: ‘si yo hubiera hecho eso, seguro me cortan la mano, bueno… quizá no, pero sí me encierran unos días. Mi hermano, hubiera tenido que ir a disculparse y yo, bueno, sería la desgracia de la familia.’

Para no hacerles el cuento largo, la conversación derivó a la manera en la que ellas, como mujeres musulmanas, debían dirigirse en su día a día hacia la sociedad. Cómo vivían, sus costumbres y sus perspectivas al respecto. La noción de ser mujer es lo más importante dentro de sus culturas, ya que ellas son las dadoras de vida,por lo cual los hombres deben de protegerlas. Aunque en teoría los hombres y las mujeres son iguales ante los ojos del Corán, en la realidad las cosas son muy distintas, pues los hombres son los proveedores de bienestar y dada su condición de superioridad las deben de proteger. Todo esto se debe entender que sucede en lugares como Afganistán, Pakistán, Palestina o Egipto, pues es completamente diferente en Arabia Saudita, por ejemplo.

Me contaron, por ejemplo, cómo al regreso a sus países estarían esperando la lista de pretendientes que sus padres han armado en este período para que ellas comiencen su ronda de presentaciones para al final casarse. Para todas es algo normal, algo que les ilusiona y que esperan ansiosas para poder cocinarle algo rico después del trabajo. No les parece malo pues como me dijeron ‘¿Quién te conoce mejor en este mundo que tus padres? Confiamos en que ellos decidan a alguien que nos merecemos.’En realidad les preocupa que no funcione su matrimonio pues ‘a los hombres no les gusta tener competencia en la casa’, me dijeron refiriéndose a tener una mujer con una carrera exitosa ¿qué eso no podría pasarnos a nosotras también? Lo que les asusta es que al final no puedan quererse ¿pero que eso no nos pasa hasta a las que no nos arreglan el matrimonio?

Me cuentan cómo sus hermanos mayores, primos o dado el caso el esposo (y si no tienen, el papá es el elegido) son las que deben protegerlas, ellas no pueden enfrentarse o contestarle de la manera en la que estamos acostumbradas en México a un hombre que decide decir un piropo mal intencionado en la calle. Pese a que yo hubiera pensado distinto, ellas están cómodas con ello porque así han crecido y de todos modos ‘no les interesa contestarles’ (Y aún así, todas se emocionaron cuando la chica le contestó al otro chico en Egipto…).

Antes de terminar, les pregunté cómo se sentían con el hecho de tener que cubrir su cuerpo, pues es algo que ha llamado mucho mi atención. En algunos países musulmanes es obligatorio que las mujeres cubran su cabello, su cuerpo y su rostro. Ello depende de cada país, de la edad de cada mujer y si se encuentra casada, de la decisión de su esposo. La primera vez que yo vi personalmente a un grupo de mujeres utilizando una Burka, fue durante mi visita a Bonn, la antigua capital alemana. Cuando las vi pasar fue un gran shock para mí, aunque había visto fotos, definitivamente en vivo es otra experiencia. En ese momento llegué a pensar fue ‘es que quieren que sean unas sombras, que no existen’. Les comenté incluso de esa imagen que se alguna vez me encontré en las redes sociales:

Ellas entre risas me comentan lo evidente, todo depende de cómo lo veas. Para ellas les parece innecesario tener que encuerarse para sentirse libres y en realidad hay mujeres que se sienten libres aún a pesar de estar cubiertas totalmente, todo depende de su situación. Pero no se trata de estigmatizar a la religión o a la cultura, cuando muchas veces es la decisión de una mujer a traer una prenda que la cubra por completo.

Para mi compañera afgana, fue muy fácil llegar a Alemania y dejar de utilizar su Shayla, pero a la vez muy complicado explicar a sus conocidos en Facebook porqué en las fotos aparecía sin ella. Me explicó que su familia en realidad no es muy conservadora, sin embargo al salir de casa y de la oficina, ella debía cubrir su cabello, pero para las demás personas más religiosas es complicado explicar por qué fuera de Afganistán ella decide no utilizarla.

Mi compañera de Egipto me comentó que en su país es todo distinto, es el ‘desmadroso’ de la zona y en realidad no te obligan a usarlo. Solamente al entrar a templos o lugares con mucha gente, pues aún hay gente muy extremista a la que no les gusta tanta libertad. Ella lo hace de vez en cuando, pues le parece un accesorio lindo y femenino.

Mi compañera Palestina, por ejemplo, decide utilizar su Al-Almira todos los días desde que cumplió 15 años aún sin estar en su país. A ella no le causa un problema y por el contrario, lo ve como una muestra de respeto hacia su cuerpo y su persona. Me dijo: ‘la primera vez que te ves con uno puesto, en realidad te comienzas a ver a ti misma, más allá del maquillaje o de la ropa o de cómo decidas peinarte, porque el valor de una mujer va más allá de eso’.

Sin más, se levantó y volvió con unos pedazos de tela. Me enseñó a recogerme el cabello para que no me estorbara en el momento de usarlo, me enseñó a ponerme cada una de las partes de su Al-Almira, (para cuando vaya a visitarla) y finalmente, me enseñó a mirarme distinta en el espejo. Es una sensación extraña y a la vez tranquilizante, es mirarte más allá de lo que estás acostumbrada. Tu autoconfianza sale a relucir en esos momentos en los que nada más importa, de pronto, el peso de tus reacciones son mucho más grandes que cualquier otra prenda o estilo de maquillaje. Definitivamente, no eres una sombra aunque cubras tu cabello, sino todo lo contrario, buscas la manera de lucir más.

No podría decir que entiendo a la perfección su religión o su cultura. Tampoco si es correcto o no cubrir tu cuerpo entero y permanecer como tantas mujeres permanecen sumisas detrás de su esposo. La realidad es que entre el tiempo pasó y pude conversar más con ellas, me di cuenta que los problemas de género que podemos tener en occidente también los tienen en oriente.

¿Es que acaso no somos encasilladas a no vestir vestidos cortos para no parecer mujeres ‘fáciles’? O peor ¿tener que utilizar uno para conseguir cosas? Quizá no llegamos a que nos arreglen el matrimonio pero finalmente aún hay partes conservadoras en las que sino te casas o formas una familia en realidad no existes como mujer. También hay violencia de género en donde la mujer no puede levantar su voz contra el hombre que la maltrata psicológica o verbalmente, pues es menospreciada o maltratada. ¿En qué medida en nuestra sociedad también tratamos a las mujeres como si solo fueran una sombra?

Aquí les dejo una guía para entender un poco más los distintos tipos de cubierta utilizadas por mujeres musulmanas.

Espero sus comentarios y opiniones respecto al tema.

@labruja_cosmica

El libro de todos los libros

Los libros siempre han sido uno de los amores de mi vida, quizá uno de mis amores más viejos y profundos. Hace unos días terminaba de leer un libro cuando me invadió un sentimiento de nostalgia. Déjenme explicar.

Había pasado los últimos dos días abriendo y cerrando el libro en cuestión para evitar llorar, pero sin poder parar de leer. Cuando por fin le di la vuelta a la última página y llegué a las últimas líneas no pude evitar cerrar los ojos y dejar el libro recargado sobre mi. Me detuve un momento para intentar descubrir que era lo que sentía y concluí que a pesar de que el libro que acababa de terminar era algo trágico, mi sentir era más bien algo parecido a la nostalgia al reencontrar a un viejo amigo después de un largo tiempo de no verlo.

Quien me conoce sabe que los libros – mis libros – son una parte imprescindible de mi. Dicen las malas lenguas que desde que aprendí a leer no he dejado los libros, sin embargo durante y después de la Universidad leí, pero no tanto ni con tanto gusto.  No sé qué pasó, supongo que como a veces con los amigos, nos alejamos. El tiempo terminé gastándolo en tráfico, trabajo y otras cosas. El cansancio y el estrés no me dejaban disfrutar tanto y tampoco había vuelto a encontrar libros que revivieran mi adicción.

Confieso que me preocupaba mucho dejar que algunos obstáculos de la vida adulta me llevaran a ser una más de la triste estadística mexicana que lee menos de dos libros al año. En un momento de desesperación, compré un Kindle que me prometía leerme mientras perdía mi vida en el tráfico y que sería más fácil llevar libros a cualquier lado, entre otras cosas. No esperé ni un minuto y lo llené con mi gran lista de deudas literarias. Lo que fuera para recuperar a ese amigo que tanto extrañaba y darle batalla a esa lista que nunca ha dejado de crecer. Así pasé leyendo los últimos dos años, escapando algunas veces con pretextos godínez para reservar algún día al mes una comida y dedicarle un poco de tiempo a mi viejo amigo. Leí varios libros que me mantuvieron despierta toda la noche y me mandaron en vivo a las juntas del día siguiente y sin embargo no me había vuelto a sentir así.

No me malentiendan, he leído muy buenos libros en formato electrónico. Definitivamente fue una ventaja cargar un aparato en vez de mi colección completa al cruzar el charco. Nunca tengo que preocuparme por cargar dos libros, por si acaso llego a terminar uno y me quedo sin tener que leer. El casting para elegir que libro llevar a un viaje se ha hecho menos difícil y mi espalda agradece no tener que cargar el peso extra. Y sin embargo, algo falta.

Tal vez tiene que ver con poder sentir el peso del libro en mis manos, con percibir cómo transcurre el tiempo con el paso de las hojas y la manera en que marcan el avance de la historia. Esas páginas delatan por si solas cuanto ha pasado entre el principio de todo y el poco tiempo que le queda a los personajes para salir del último aprieto en el que se metieron.

Tal vez tiene que ver con mi infancia, porque como muchos antes que yo y como muchos personajes en los libros pasé buena parte de mi infancia con un libro entre mis manos. Vacaciones completas leyendo en un sillón, mecedora o hamaca, con explicaciones interminables de por qué tenía que llevar 5 libros distintos cuando salíamos de viaje. Los regaños por manejar expertamente el libro en mi regazo mientras comíamos en familia, o las noches enteras bajo las sábanas con una linterna para no molestar a mi hermana. Como algún buen cliché, en muchas ocasiones encontré mejores amigos en los libros que en la vida real y cuando mi familia tenía dificultades por dinero, nada me impedía viajar a tierras extrañas, explorar territorios desconocidos y vivir aventuras increíbles. Recuerdo orgullosa mi primera credencial de la biblioteca local, cerca de mi casa.

Una parte de mi decisión de estar aquí ahora, de renunciar a mi viejo trabajo, fue para tener más tiempo para leer. Descubrí que había crecido, pero no había olvidado a ese viejo amigo. Que había cosas nuevas: Lo divertido que fue hacer clubs de lectura y los debates con un buen vino. Lo delicioso que es tirarse en un parque a leer y olvidar que el tiempo pasa. Por coincidencia, descubrí que no era la única que disfrutaba leer en los trenes, que adoro tener un sistema de transporte que me permite ir cómoda, sentada y leyendo. Volví a sentir la emoción de descubrir cosas nuevas de mi, encontrar respuestas a preguntas que nunca hice y explorar culturas y perspectivas que no conocía, como si crecer nos hubiera hecho bien a los dos. También noté que hay cosas que nunca cambian como el hecho de disfrutar (y a veces sufrir) mucho más ir a comprar libros que ropa o lo difícil que es querer comprar casi toda la librería.

Pensé también en cómo había leído últimamente, pegada a un aparato. Sin respirar el olor ese olor tan característico de las páginas llenas de hazañas, héroes o heroínas o mundos sin explorar. Sin poder recorrer las páginas con mis dedos o sentir el peso y la importancia de cada una de las hojas, ni poder ver la forma delicada en que están unidas o su resistencia a desprenderse del resto. Sin poder ver la portada de el libro, que a ratos parecía que existía solo en mi cabeza y que además no podía sonsacarme a tomarlo sólo 5 minutos más antes de dormir en vez de dejarlo en la mesita de noche.

En la Historia sin Fin (Sí, niños de los 90s, originalmente es un libro) Michael Ende, uno de mis autores favoritos, escribió lo siguiente:

“Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas. (…)

La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros. Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado…

Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito…

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido…

Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces.

Miró fijamente el título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso era, exactamente, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡Una historia que no acabase nunca! ¡El libro de todos los libros!”

Aunque técnicamente algún lector electrónico podría considerarse el libro de todos los libros, pues la cantidad de ebooks dentro de él prácticamente lo convierten en una especie de libro sin fin y cuyo contenido es esencialmente el mismo que su contraparte en papel, no puedo evitar pensar que aunque existen ventajas de tener dos millones de libros en un pequeño aparato, difícilmente sustituyen ese sentimiento que provoca tener un libro de verdad en mis manos. Me pregunto cómo será el futuro donde la mayoría del tiempo lo invertimos en las redes sociales en vez de pasar tiempo con nuestros amigos, donde la música y los libros viven dentro de pequeños aparatos y la consumimos sin detenernos a disfrutarla. ¿Será que eventualmente nuestra realidad la veremos a través de una pantalla? ¿Qué será de las generaciones que quizá ni si quiera aprenderán a leer en libros?

A decir verdad, me siento dividida. Quizá en parte por encontrarme del otro lado del charco, esta tecnología salva mi vida. Estoy segura, por otro lado, que estando en la misma ciudad elijo sin dudarlo un segundo la vida real. Y en lo que se refiere al libro de todos los libros, el de la vida real lo construyo en mi cabeza con mis amigos y sus increíbles sugerencias que siguen expandiendo mi lista de pendientes al infinito.

Me encantaría leer sus comentarios. ¿Digital o en papel? ¿Libros favoritos? ¿Recomendaciones?

¿De qué escribes cuando no sabes de qué escribir?

En los últimos meses cada vez que abro un documento para empezar a escribir me pasa lo mismo: escribo un párrafo y lo borro. Intento escribirlo de otra manera, intento cambiarlo completamente y al final de todos modos lo  borro. ¿por qué?

Millones de temas interesantes me rondan la mente y cuando me siento a poner las palabras en la pantalla, todo lo que creía que los hacía interesantes desaparecen y se convierten en palabras sin sentido que termino eliminando con furiosos golpes al teclado. He pensado en escribir sobre cervezas, sobre mujeres cerveceras, sobre tolerancia, libertad, ciencia, y vaya, hasta empecé a escribir sobre mi perro, un tema que parecería de lo más fácil de desarrollar pero que al final se convirtió en otra montaña gigante que no pude escalar.
No consigo dar orden sensato a mis pensamientos y quizás esto sea sólo un síntoma de lo que me pasa en la vida diaria, que entre el trabajo y la vida fuera de él estoy creando un pequeño caos con temas y tramas que no tienen pies ni cabeza, que no acaban de satisfacerme y que desearía poder eliminar con un par de golpes en las teclas correctas.
Quiero creer que algún día voy a poder superar este bloqueo y quiero creer que muy pronto estarán leyendo sobre mujeres que hacen cerveza artesanal, pero con toda honestidad, no se cuando sucederá. No sé cuál es el camino que debo de tomar para superar este bloqueo, o las cosas que necesito poner en orden en mi mundo real que me ayuden a dar sentido a mis palabras en papel.
Hasta entonces, se aceptan sugerencias.

Preguntas sin respuesta.

Acabo de cumplir 27 años. Quisiera decir que no tuve una de esas tan famosas crisis, pero ¿para qué negar la realidad? Tuve y tengo una crisis. Pero ésta no tiene nada que ver con cumplir años y acercarme a los ‘temidos’ 30 años. En realidad, eso es lo que menos me preocupa. Siempre he creído que la edad es un número más…

Cumplí 27 en un ambiente distinto al que estoy acostumbrada, aunque no es la primera vez que festejo mi cumpleaños lejos de casa y lejos de mi familia y amigos, es la primera vez que lo sentí completamente distinto. Basta con decir que ahora en mi momento estelar cuando perdí los cinco sentidos que normalmente me acompañan, me sale más fácil hablar alemán que ser cómica en español. Así de distinta es la cosa.

Como es mi mala costumbre, festejé desde el primer día del mes de julio hasta el último momento del mes. Esto solo me trajo una bancarrota anunciada, pocas energías de querer hacer algo más (prueba de que la edad no sólo es un número, ya sé…), muchas dudas, muchas más preocupaciones y millones de ganas de correr hacia otro lado para que el tiempo no me alcance.

En fin, ayer, después de un largo período de meditación, llegué a la conclusión de que tengo un síndrome al que denominé: el síndrome del metro en hora pico. Mientras todos empujan porque quieren entrar, yo me muero por salir. Ahora lo trataré de explicar para ver si ustedes, queridos lectores, también lo han sentido o lo sienten en este momento.

Lo cierto es que entrar al fabuloso grupo rockero de los 27 años me trajo un poco más que una recuperación dolorosa de más de un día por una cruda endemoniada. Me trajo saldo rojo en mis tarjetas, ojeras que ya no se pueden difuminar y una presión enorme por terminar lo que irresponsablemente dejé al final. El día de hoy, dos semanas después de mi cumpleaños, me encuentro a poco menos de dos meses de terminar mi maestría, con tesis y todo incluido (¿quién dijo miedo?). En ese período tengo planes, muchos. Quiero hacer mil cosas porque ahora lo siento como una bomba de tiempo que está a punto de estallar en mis manos ¿por qué? Porque quiero regresar a México. Probablemente sea la única persona que sí quiere regresar a su país después de probar los vicios y beneficios de la cultura europea, no lo sé, quizá exagero también.

No sólo estoy presionada por hacer una tesis que más allá de emocionarme, me quita el sueño. Apenas llevaba tres meses de vuelta en la escuela cuando decidí que lo mío no es estudiar y que realmente no lo quiero hacer más. Pero bueno, ya estaba aquí, así que mejor acabar bien lo que ya había empezado… Por lo menos eso sé que se acaba ya y podré continuar con mi vida sin más tesis o ensayos que hacer.

Me encuentro, además, entre la maldita y odiosa pregunta que nos acosa desde que tenemos, creo, doce o trece años. Esa pregunta que cuando ves a tus tíos y te dicen ‘ay mijita, qué grande estás.. ¿ya sabes qué vas a estudiar?’ Lo bueno que nuestro sistema educativo no nos hace prepararnos desde que tenemos 7 con esa decisión, como algunos otros europeos que he conocido. Lo cierto es que ya estoy en el punto en el que ‘ya soy grande’ y de todos modos sigo sin saber qué voy a hacer de mi vida.

Cuando era niña pequeña pensaba que a los 20 ya sería una embajadora súper exitosa que habría viajado por todo el mundo y hablaría mil idiomas. Pues estoy 7 años tarde y ni embajadora rica ni mil idiomas. Ya no puedo pensar ‘¿qué quiero ser de grande?’ Porque ¡oh sorpresa, ya soy grande! Estoy segura que no necesité venir hasta el otro lado del océano para darme cuenta de eso, simplemente la situación y circunstancia lo agravó.

A sólo unos meses de terminar el proyecto que inicié hace un poco más de dos años. Me encuentro en mi departamento compartido, lleno de fotos de lugares y personas que he tenido oportunidad de conocer y algunos otros rostros que me esperan ansiosos en México. Estoy rodeada de libros en un idioma que adoro pero que es tan lejano al mío que a veces me pregunto si ese accidente en las escaleras cuando tenía 6 años en realidad logró que perdiera la poca cordura que me quedaba. Veo ropa y zapatos que se multiplicaron y que no sé cómo haré para devolver. Probablemente meta todo en una bolsa y los aviente por ahí… (ok, quizá los regale eso es lo políticamente correcto, pero entendieron la gravedad de la situación).

Sí, muero de ganas de volver a México. Sentarme a comer un platote de pozole, ir por unos tacos a las tres de la mañana y escuchar mariachi de vez en cuando sin que me cuelguen un estereotipo que los obligue a preguntar por mi sombrero. También es cierto que muero de miedo de volver. No, no voy a hablar de la inseguridad del país y esas cosas tristes. Me da miedo volver y enfrentarme a ese monstruo que conocemos como Ciudad de México. Entiéndanme, llevo viviendo exiliada en un pueblo bicicletero desde hace más de un año, siento que a la primera de cambio un taxista me va a aplastar porque olvidé que ahí no hay preferencia por el peatón.

Pero más allá de eso, siento miedo terrible porque regreso endeudada sin trabajo. Sin ninguna idea de lo que quiero hacer y sin ningún trazo de dónde es que debo buscar primero por esa misma razón. No sé a quién preguntar ni a quién dirigirme. Regreso a México un poco más sabia pero mucho más pobre que cuando me fui. En números rojos, con deudas, pero eso sí, con mucha emoción de tragar toda la deliciosa comida prometida.

Reviso mis redes sociales a diario, para encontrarme con la sorpresa que más de la mitad de mis conocidos están viniendo a Europa a estudiar, con vistas de quedarse quizá. Todos me mandan mails preguntando cómo le hice, qué se siente, qué quiero hacer, qué consejos les doy (también hay otros chismosos que les interesa saber por qué no he conseguido marido…) y lo más importante ¡¿por qué te quieres regresar?!

Así es, mientras yo, a mis 27 no tengo idea de qué quiero hacer de mi vida, ni cómo hacerle para saber. Desempleada, con un título, otro idioma más a la lista y sin dinero en la bolsa, empujo contra toda esa presión social que insiste en empujarme al lado contrario. Quizá, como de costumbre, sea yo la loca que quiere hacer exactamente lo contrario a lo que todo mundo dice que debe de ser, quizá no, quizá haya más por el mundo como yo y pocos lo expresan.

Al final, mi crisis ya no sé si es por tener 27 o no, voy a pretender que no es así y que simplemente es porque me enfrento a esa maldita pregunta ‘¿y ahora, qué hago?

@labruja_cosmica

Canta y no llores..

El mundial, como las olimpiadas, nos enamora, nos conquista poco a poco. Vivimos inmersos en colores, ritmos y en la belleza y magia que surge en cada momento que pasa. Es único.

Antes de que empezara el mundial, yo estaba enojada con nuestra selección. No me gustó la manera en la que calificaron y pensaba que no merecían estar ahí. Pensaba incluso que llegarían con trabajos a la segunda ronda y que no traerían nada con qué competir. Sin embargo, al comienzo y como ya lo decía Argen estando lejos de casa, todo se exacerba. Todo huele y sabe a Tu país. En este caso mi México.

Con desconfianza miré el primer partido, grité, me emocioné por cada jugada, patada y canté como muchas otras veces lo hice en el estadio. Con cada jugada que pasó recordé por qué es tan bella esta temporada que llega cada 4 años. La selección hizo su trabajo y lo hizo cada vez mejor. Verlos jugar de maravilla contra Brasil y callar bocas de más de un ingenuo, que como yo, habían preferido ser pesimistas a creer.

Creí una vez más en mi selección. Grité cada falta, cada gol, cada tarjeta. Pedí perdón a mi nacionalismo herido por no haber creído desde el principio. Aún cuando en otros ámbitos soy la primera en defender y creer en que México puede ser más, y lo va a ser.

Estaba asustada, pero creía en el México que se para digno en la cancha sin importar si se enfrenta contra un campeón del mundo o no. El nerviosismo se sentía desde las 10 de la mañana en nuestra casa. Los colores y sabores de México aparecieron insistentes y hasta hoy, en la tristeza y en la cruda, siguen aquí. Y seguirán.
Ayer resonó en mi mente una vez más esa odiada frase ‘jugamos como nunca, perdimos como siempre’. La odio porque representa justo el punto pesimista que me inundó en un principio. La odio porque ayer México se paró y demostró tener presencia del nivel al que el mundial nos acostumbra y nos hace esperarlo con ansias cada 4 años. Jugó como nunca, nos hizo vibrar. Nos hizo creer, la sentimos cerca, muy cerca. Pero no, no perdieron como siempre. Perdieron peleando hasta el último momento; perdieron, por errores que no fueron los de siempre y que hasta al más hábil le sucede. Perdieron con la frente en alto.

Traigo un nudo en mí. Me dolieron esos últimos 5 minutos. Esos minutos que nos separaban de romper con el maldito fantasma que nos acecha desde hace 20 años.. Esta vez no fue Argentina o Estados Unidos, esta vez fue Holanda. Se une a la lista que reafirma nuestro fantasma.

Quizá sea mala mexicana por no creer desde el principio y de todos modos festejar la victoria,  quizá sea el doble de mala por empezar sin creer y después llorar amargamente la derrota de ayer. Quizá, me dirán villamelona y creerán que soy de las que dicen ganamos pero se amarga diciendo que perdieron, aún cuando está muy lejos de ser así.

Pero hoy, aún en la tristeza y la desazón, aún apoyo a mi México que me hizo vibrar, me hizo creer de nuevo, me hizo cantar y me hizo recordar qué bonito es ser mexicana.

Gracias selección por dar todo y darme una lección de vida.

El nuevo activismo.

Hace unos días revisaba las actualizaciones de mi página de Facebook y después de ver cientos de fotos de bodas e hijos de mis conocidos (¡paren, ya!), me topé con una imagen peculiar. Mostraban una fotografía de los caudillos de la Revolución mexicana y sobre ella se lee lo siguiente: ‘Nosotros no teniamos internet. Teniamos huevos!!!’ Me quedé unos minutos reflexionando al respecto, más allá de las faltas de ortografía y gramática que siempre me hacen pensar que esa es una de las razones de por qué estamos como estamos, comencé a pensar en lo que implicaba esta imagen.

La persona que compartió la foto, escribía sencillamente: ‘una más de ciberactivismo’. Tuvo muchos ‘likes’ pero ningún comentario. Fui a la fuente de la foto y me espantó ver los comentarios que encontré ahí. Muchas, muchas, alarmantemente, muchas mujeres haciendo comentarios sobre cuestiones de género ‘porque ya no se encuentran hombres con huevos’ o ‘antes eran caballeros ahora solo juegan con el celular’. Creo que alguien no entendió el mensaje de la fotografía, en lo más mínimo. No voy a opinar sobre esas cuestiones de género una vez más, sin embargo si creo que el mensaje, al menos para mí, está clarísimo.

Sí, es un problema que nos la vivamos pegados al aparato y dejemos de ver a nuestro alrededor como antes o de socializar como antes. Pero también es cierto que las sociedades cambian y el mundo no se deja de mover, no nos queda más que subirnos al barco de los cambios y vivir con lo nuevo que nos vaya trayendo la tecnología y en lugar de cambiar enteramente con ellos, se trata de también adaptar los cambios a nuestra vida, ¿no?

Sin embargo, creo que está claro que algo nos está haciendo falta. ¿Involucrarnos más? ¿Informarnos más? ¿Involucrar a los que no tienen acceso a estas tecnologías?

Creo que todas tienen un algo de cierto. No sólo se trata de crear HT* en Twitter para presionar que Peña Nieto renuncie o para detener la violencia en nuestro país, o únicamente juntar firmas electrónicas para ayudar a resolver un caso de injusticia (que por cierto he trabajado en el medio y he sido testigo de qué cosas se pueden cambiar por cosas así de ‘pequeñas’) o dar likes hasta llegar a un millón para que alguien done un dólar**.

Creo que cosas maravillosas podrían suceder si pudiéramos involucrarnos más con una causa de cambio, así como pasaron grandes cosas en los países árabes en donde las redes sociales jugaron un papel importante. Porque, en realidad, la mayor ventaja de estas redes sociales son el alcance que tienen, la rapidez y la fuerza con la que pueden involucrar a tanta gente.

Pero ¿qué pasa si en lugar de involucrarnos más lo dejamos ahí? Mandamos nuestra aportación de tuits al día y ya, en la vida real seguimos siendo apáticos, seguimos dando mordida al poli porque sí, seguramente aunque yo no le dé dinero eso no se va a acabar, aún tiramos basura en las calles e imploramos porque no nos inundemos. No sé, tiendo a ser demasiado idealista (aún cuando estoy en proceso de convertirme en politóloga jaja), y pienso que podemos aprovechar muchísimo lo que ahora lo conocemos como ciberactivismo (y vaya que se los dice alguien que es grinch tecnológica).

Quizá la imagen sea cierta y los caudillos de la revolución puedan juzgarnos porque ahora es muy fácil estar en tu casa en pijama dando likes y haciendo comentarios ofensivos detrás de un pseudónimo. Nada tiene de malo escribir tu opinión, debatir y presionar al gobierno desde tu casa, no me malinterpreten. Porque además me hace pensar ¿quién dice que ahora no tenemos huevos /ovarios para hacerlo?

Creo que los tenemos sólo no hemos encontrado el coraje suficiente para hacerlo y que nos distraemos fácilmente en las redes sociales en lugar de usarlas para bien.

Acá les dejo a los caudillos … ¿Ustedes que opinan?

Caudillos

@labruja_cosmica

*HT: Hashtag es un término que se utiliza en varias redes sociales y en el cual se utiliza un signo de gato (#) seguido por el tema a tratar, por ejemplo #ciberactivismo. De esta manera, se agrupan todos los comentarios que se hayan hecho en referencia al tema.

**A propósito de ello, hace unos días, llegó a mis manos esta noticia en alemán sobre cómo UNICEF está cambiando la manera de hacer publicidad y pide no sólo hacer like, aquí pueden ver un post al respecto en inglés. 

 

¿Destinada a la desgracia?

Recuerdo perfecto que por ahí de la primera semana de clases en la universidad, uno de los profesores nos preguntó si estábamos seguros de querer estudiar esta carrera, ya que de acuerdo a las estadísticas era una de las profesiones con mayor porcentaje de divorcios o de solteros en México. La explicación vino después acompañada de un tono condescendiente: “porque claro, cuando uno se decide por el camino de la diplomacia, se requiere viajar mucho o estar lejos de su país de nacimiento y no hay persona, más bien dicho mujer, que aguante eso, finalmente la familia es lo más importante.”

No recuerdo que nadie hiciera algún comentario sobre el argumento recién descrito, lo que sí recuerdo es que en la generación éramos mayoría mujeres y me da tristeza el pensar que nadie de nosotras pudiéramos decir algo al respecto. De todos los que nos graduamos hace un tiempo, somos realmente pocos los que nos dedicamos a trabajar o a estudiar algo en el campo de relaciones internacionales, ciencia política o diplomacia. Creo, hasta donde sé, que solo 2 personas se han casado y también trabajan en algo relacionado con nuestra carrera y no, las mujeres no tienen ningún problema con ello. En realidad ellas son muy exitosas y una de ella ya es mamá de dos bellos niños.

Hace una semana platicaba con una amiga alemana que también terminará su maestría este año, le conté sobre este incidente ya que salió el tema de género en alguna clase (ya escribiré después de ese tema también) y después de reír un poco me contestó: “Aquí en Alemania, también nos dicen eso, y no sólo eso, sino que estamos predestinados a ser alcohólicos o al suicidio”.

La verdad es que aunque el futuro no es alentador (y dudo mucho que ésta sea la única profesión en la que las estadísticas nos cuentan el camino a la perdición al que podemos llegar) lo que me sorprendió fue que me hiciera la pregunta que nosotras debimos de haber hecho el día que nos sucedió “¿Qué tiene que ver el género en todo esto? ¿Por qué decir que no hay mujer que aguante eso?” La respuesta, aparentemente, puede ser muy sencilla, porque la mujer es la que se encarga de llevar a los hijos en su vientre por 9 meses, cuidarlos y darles de comer hasta un tiempo considerable y .. ¿y luego qué?

Es evidente, que la línea de pensamiento entonces nos lleva a decir, claro porque entonces si el esposo o pareja trabaja en el medio diplomático, político o algo similar, nunca va a estar en la casa para estar con la mujer y su hijo recién nacido y eso no lo aguantaría ella ¿y… es así? ¿realmente no lo aguantaría? ¿qué pasaría si fuera al revés y la mujer es la diplomática? ¿no es capaz de formar una familia porque no tiene tiempo para ello? ¿está entonces destinada a la soledad y ahora resulta hasta al alcoholismo?

Nos encontramos ahora en una sociedad que aboga por la igualdad de géneros, que entonces me hace pensar que me puedo dedicar libremente a ejercer mi profesión, que aunque esté maldecida por las peores desgracias de la humanidad, me encanta. Además puedo estar segura de tener el apoyo de un hombre que pueda entender que quizá tenga que viajar y dedicar mucho tiempo a proyectos y reuniones laborales. También que en el momento en el que decidiéramos tener hijos, él también tendría que contribuir y no sería enteramente yo la encargada de su cuidado, en otras palabras, yo no tendría por qué abandonarlo todo, y para esos efectos, él tampoco. ¿Verdad que es así? ¿¡Verdad que sí!?

Como yo lo veo, tenemos unos conceptos de libertad e igualdad distorsionados, y tristemente sé de más casos de mujeres que tienen que ‘sacrificar’ sus objetivos porque a su pareja no les pareció (sí, sí pasa, aún en pleno 2014). No es cuestión de qué profesión ejerzas, tampoco es cuestión del trabajo que tengas o de la personalidad que tengas (porque ya los escuché diciendo que eso pasa por ser ‘workaholic’). Tampoco se trata de decir que pobres de nosotras mujeres porque siempre somos las víctimas y ahora los hombres deben estar todo el día en la casa. No, no va por ahí.

Es más simple que eso y a la vez resulta muy complicado de llevar a cabo. Es tener el simple entendimiento que tanto hombres como mujeres podemos seguir con nuestros sueños y objetivos, que ambos podemos hacer sacrificios y ambos podemos trabajar porque las cosas sucedan como debieran de ser. Es ir un poco más allá de decir que debemos dejar de ver que las labores del hogar son solo para las mujeres y que los hombres son los que deben de trabajar más. Por fortuna, creo que eso ya lo estamos entendiendo.

Quizá yo esté destinada a divorciarme de mi primer esposo porque no entiendo cómo funciona la situación con las profesiones y los géneros. Es más, quizá ni llegue a casarme porque ‘estoy tan ocupada con mi trabajo que no tengo tiempo para nada más’ (ya me la han aplicado, no se crean). Aunque lo quisiera, no sé leer el futuro y no sé cómo vaya a ser mi vida a detalle. Lo que sí sé es qué es lo que quiero, y quisiera eso que decía arriba, una vida en pareja en la que nadie tenga que sacrificar más de la cuenta, porque estoy consciente que sacrificios tiene que haber, solo que no sea por cuestión de género.

¿O estoy mal yo?

@labruja_cosmica